Como todo el mundo estará hablando hoy de la vuelta al cole, el síndrome postvacacional o la depresión preotoñal, voy a centrarme en revisar las pequeñas modificaciones que se pueden ir incluyendo en época estival. Tras dos veranos, como poco, extraños y rarunos, conviene ir planteando acciones alternativas en esta época del año, por aquello de ir acostumbrándose a otras opciones que pudieran venirnos de manera obligada. O simplemente, por probar que lo que habíamos hecho hasta ahora o lo que se nos dice que hagamos, es posible ya no funcione.

Quizás no tenga mucha ciencia hacerlo una vez pasado el verano y tendría que haberme esforzado en contártelo antes, pero es que puede que haya que tenido que pasar antes por ello para poder contártelo ;).

1.- 0 expectativas en las vacaciones: y cuando digo 0… es 0. Evita sobredimensionar tus fuerzas, energía, tiempo y los de los demás. El verano, con suerte, son 2 meses y se pasan volando. No pretendas quedar con todas esas personas pendientes de antes de la COVID-19, ni mucho menos realizar en 2 meses lo que no has hecho en 2 años. El verano, da para lo que da. No más.

2.- Planifica lo justo. O no planifiques nada de lo que puedas hacer en el verano, porque lo más posible es que no llegues ni a la mitad de la lista. Y todo esto, sin pandemia ni perímetros, ni nada de nada. Con ello, evitarás tanto frustraciones como desgastes innecesarios.

3.- Tómate vacaciones de verdad, sin culpabilidad ninguna. Déjate de “travacacionar” y además, hacer que ver que es una maravilla. Si hay que hacerlo, se hace, pero admite que eso no es descansar y tu cuerpo (y por supuesto tu mente) lo necesitan. Por más que nos lo pongan quieran meter por la vista, viajar con el portátil o el móvil o estar en la playa los 7 días al año que te puedes permitir, tiene poco de glamouroso.

4.- No aprendas nada. Trata de no estudiar nada más, ni leer, ni aprender, ni mejorar. Ya habrá tiempo.Prueba a quedarte en reposo (que no necesariamente en equilibrio) y ver qué ocurre. Estar en reposo no es sinónimo de estancamiento o inmovilidad, por lo que puedes viajar, probar nuevas experiencias y seguir haciendo vida social, pero sin ese ansia de aprender de cada situación vivida. Tan sólo vivirla, ya es un reto.

5.- Haz algo diferente a lo habitual y observa. Aunque sean pequeñas acciones. Si eres de ir a lugares nuevos y conocer todo lo posible durante tu estancia, prueba a ir a un hotel y no moverte más allá de 1 km de sus instalaciones, aprovechando a dormir, descansar, vegetar, etc. Si ves que te supera, puedes ampliar el radio a 2 km ;). La idea es modificar tus acciones habituales para saber si estás haciendo lo correcto para ti en estos momentos.

6.- Dedícate tiempo. Pero dedícatelo de verdad y que sea de calidad. Reservando unos minutos/horas al día para hacer cosas exclusivamente para ti: pasear, hacer deporte, leer, dormir, quedar con amigos o no hacer NADA. Es imprescindible que aprendas a sacar tiempo para ti y tu autocuidado, sea cual sea la forma.

7.- Desconecta de lo que estás conectado todo el año. Puede ser el móvil, el ordenador, las redes sociales, la familia, la pareja, los amigos o incluso un lugar. Toma distancia durante un tiempo, el que puedas y quieras, de aquello que tienes frente a ti cada día. A la vuelta, lo verás con otros ojos: quizás lo valores de otra forma, lo cojas con más ganas o simplemente te permita tener más fuerzas para seguir adelante. También cabe la posibilidad de que hayas estado tan bien desconectado de ese “algo” que te plantees no volver a tener esa conexión. Son riesgos que se corren!

8.- Limpia. En el sentido más literal de la palabra. Haz limpieza y pon orden en aquello que ya no usas, no te es útil o te hace daño. Ropa, libros, muebles, ideas o relaciones. Deja espacio a lo que te viene bien (o vendrá) y organiza lo que tienes a tu disposición.

9.- Acude al psicólogo. No lo digo por corporativismo, pues los psicólogos también necesitamos de otros colegas para ordenar ideas, reflexionar en voz alta, plantear dudas existenciales, reservar un espacio propio para pensar. No hace falta un diagnóstico patológico o tomarlo como último recurso, sino como un recurso más para estar mejor de lo que se está.

10.- Relativiza el verano. Es una época del año más, en la que a veces ponemos demasiadas esperanzas. No es necesario viajar ni mucho menos ponerse moreno. No es imprescindible enamorarse ni escribir un libro o hacer algo extraordinario. Todo eso puedes hacerlo, o no, en cualquier otra época del año.

Prometo hacerlo mejor el próximo verano.

O no…

Imagen: propia.

Hemos soplado la primera vela del aniversario de la COVID-19 a nuestras vidas y la celebración en sí misma, tiene muchos deseos aún por cumplir.

Es cierto que muchos no hemos sufrido contagios (al menos, conscientemente) ni pérdidas directas, pero todos hemos padecido y padecemos las consecuencias de los colapsos sanitarios, el miedo a los contagios, la distancia social o la tan esperada recuperación económica.

Seguro que has leído mucho sobre los efectos de la pandemia, sus causas o síntomas (en nada te comparto un post y un vídeo sobre la fatiga pandémica), pero hoy quiero hablarte sobre algo que observo en estos últimos meses de manera muy acusada.

 

En estas últimas semanas, donde parece que se acerca esa ansiada normalidad, aunque sea con matices, resulta que dicha normalidad será más fácil de poner en práctica en nuestra cabeza e imaginación que en la propia realidad.

Nuestro cuerpo y nuestro cerebro se han ralentizado durante el confinamiento y los meses posteriores. A pesar de que esos cambios de hábitos forzados, en muchas ocasiones han generado estrés en la mayoría de personas, al mismo tiempo han reducido gran parte de nuestras actividades cotidianas. Durante meses, incluso más de 1 año en algunos casos, hemos limitado al mínimo las reuniones familiares y sociales, no hemos ido a la oficina, no hemos tenido reuniones presenciales, apenas conversamos con gente nueva, hemos dejado de coger el coche, el tren, el avión…

Todas y cada una de estas acciones tan cotidianas e insignificantes, nos hacían estar en activo a un nivel desconocido para nosotros, hasta ahora que nos hemos parado en seco y la vuelta a la actividad está siendo más dura de lo que pensábamos.

 

Añoramos volver a la oficina por esas conversaciones de pasillo y esos cafés que te acercan a la gente, pero a la hora de volver, nos sentimos más perezosos que ansiosos.

Deseábamos la libertad para coger el coche o un vuelo sin destino, pero ahora nos ponemos nerviosos sólo de pensar en todos los trámites necesarios para hacerlo con la velocidad y los resultados de hace 1 año.

Echábamos de menos volver a la rutina laboral, familiar, social, pero ducharse, vestirse y ponerse en marcha, nos lleva un esfuerzo mental impensable hace un año.

 

Yo lo llamo atrofia postpandémica.

Es una sensación de enquilosamiento físico y mental, producto de esa parálisis forzada y prolongada en el tiempo que genera en nosotros una desidia generalizada por todo aquello que era natural hace 1 año.

 

Sin pensarlo.

Sin saberlo.

Sin ser conscientes de ello, nuestras áreas cerebrales han perdido conexiones sinápticas implicadas en las relaciones sociales, la planificación y organización de información o la toma de decisiones. Todo ello nos vuelve más lentos, haciendo que la sensación de pesadez y dificultad anticipatoria sea de mayor tamaño.

De ahí, que no nos hayamos vuelto locos (y creo que no nos volveremos) por salir y socializar con la intensidad que con la que los memes inundan las redes sociales. De ahí, que nuestra vuelta a la oficina sea con una media sonrisa, ocultando la inseguridad que nos genera encender de nuevo nuestro ordenador o la sorpresa de encontrarnos con un atasco en la autopista en hora punta.

 

Si todo esto te ocurre, es algo normal. Tiene la importancia que tiene: tu musculatura física y mental está atrofiada, rígida, ha perdido la flexibilidad que tenía y no sabes exactamente cómo. Pero la ha perdido.

No te agobies (bueno, lo justo), porque poco a poco, con esfuerzo y sensaciones extrañas ante situaciones que consideramos normales hace poco tiempo, pero ahora no lo son, volverás a tener una agilidad igual o similar a la de hace un año.

 

Te dejo unas sencillas recomendaciones por si te apetece seguirlas para que te sea más sencillo:

  • Acepta que eres más lento que hace un año. Y no pasa nada, es producto de una situación forzada y transitoria.
  • Piensa que es algo que desaparecerá con el tiempo y con esfuerzo, a pesar de ser actos cotidianos, supondrán un esfuerzo con el que no cuentas.
  • Asume ese esfuerzo y date un tiempo extra para pasar por ese cansancio y pereza que deberías sentir pero que ahí están.
  • Ponte metas pequeñas, incluso ridículas cuando las veas en la distancia, pero ve poco a poco cumpliendo con pequeños pasos alcanzables que te impulsen a continuar al siguiente.
  • Refuerza esos logros, por pequeños que sean y consolídalos bien antes de pasar al próximo nivel.
  • Visualiza cómo te quieres ver en un tiempo prudencial y piensa que esa energía volverá poco a poco, pero que necesitas un tiempo y un esfuerzo adicional.
  • Aprovecha el momento para introducir nuevas formas de hacer rutinas inconscientes, de mejorarlas o adaptarlas a esta situación.

 

Esta atrofia postpandémica es otra de las muchas consecuencias invisibles de esta pandemia de la que no somos plenamente conscientes y que nos harán más difícil aún la vuelta a nuestra vida anterior. Pero como la gran mayoría, es pasajera.

Lenta, pesada, incómoda, pero pasajera.

 

Imagen: pixabay.com

07,00: Suena el despertador.

¿Dónde estoy? ¿Qué hora es? Uffff

¿Me levanto ya o remoloneo 5 minutos más? ¿Qué ropa me pongo hoy? ¿Café o cacao? ¿Pelo suelto o recogido? ¿Coche o transporte público? ¿Empiezo respondiendo mails o haciendo llamadas?

Y todo esto, antes de abrir un ojo por la mañana…

Imagina la cantidad de pequeñas microdecisiones que tomamos a lo largo del día, la gran mayoría intrascendentes, hasta que nos paramos a pensar en si lo son o no. Nuestro sistema sensorial, puede llegar a percibir más de 11 millones de bits de información por segundo, a pesar de que nuestro sistema cognitivo tan sólo puede asimilar 50 bits por segundo de manera consciente (Zimmerman, M. (1989).

De ahí la necesidad de utilizar algún sistema de filtrado inconsciente que nos ayude a gestionar el ahorro innecesario que supone tener que analizar tal cantidad de información que implica tomar cerca de 35.000 decisiones diarias (Roy F. Baumeister, 1998). Baumeister y su equipo, acuñaron el término de agotamiento del ego, o agotamiento por toma de decisiones, a la circunstancia de tener una reserva limitada de autocontrol y razonamiento lógico para la toma de decisiones

Así mismo, el cerebro humano tarda unos 200 milisegundos en procesar y ser consciente de los datos que recibe, según la investigación internacional de 2019 sobre dinámicas cerebrales liderada por Gustavo Deco, director del Centro de Cognición y Cerebro de la Universidad Pompeu Fabra (UPF).

Según el estudio, los 200 milisegundos son el tiempo óptimo en que se transmiten los datos a través de las diferentes áreas cerebrales para hacer el procesamiento consciente de la información. Por otra parte, Huawei Consumer Business Group, publicó en 2017 un estudio sobre las tendencias europeas a la hora de tomar decisiones que desvela que sólo somos conscientes de un 0,26% de dicha cantidad (unas 92 decisiones conscientes).

 

Tras todos estos datos, me resulta incomprensible, o al menos poco prudente, la cantidad de mensajes dañinos e incoherentes que se lanzan en el día a día. Pero sobre manera, a través de los medios de comunicación y de los diferentes modelos de referencia que nos proponen.

 

Esos: “Puedes con todo”.

 

Esos tips para hacer mil y un cosas en un día, o que ya debería de haber hecho antes de cumplir según qué década.

 

Esos listados interminables de rituales para llegar a todo, para aumentar la productividad (sinónimo de felicidad?).

 

Con datos y evidencias científicas que siguen en constante avance, cada vez se constata más el gran potencial de la mente humana pero también su limitación a la hora de llegar a todo. Se nos olvida que todas esas pautas y recomendaciones para ser o estar en el TOP recaen en la puesta en marcha de conductas evidentes, las cuales vienen guiadas por el sistema pensamiento-emoción-conducta. Con lo que…somos producto de lo que pensamos, o de lo que nos hacen pensar, pero no dejamos de ser nunca un cuerpo, un cerebro que se agota cuando lo sobre exponemos a una constante (sobre) estimulación.

 

El exceso de información, la cantidad inasumible de relaciones y contactos, la hiperconectividad, agotan el músculo cognitivo que mueve al resto del organismo.

 

Lo primero que me gustaría que hicieses, es asumir tu limitación orgánica,, cognitiva: tu cerebro tiene una capacidad grande, pero limitada para comprender, asimilar y elaborar información.

 

Lo segundo, es que conseguirás hacer “cositas” interesantes con esa información teniendo en cuenta una serie de factores que solemos olvidar: tu estado de ánimo, la hora del día que es, tu nivel de estrés, tu cansancio, tus expectativas.

 

Con ello, llega la tercera premisa: y es que eres menos libre de lo que piensas a la hora de tomar decisiones. Eres producto de una serie de elementos físicos, sociales y psicológicos que hacen que tus decisiones tiendan a un lado de la balanza.

 

Khaneman, Piscólogo que recibió el Premio Nobel en 2002 por su aportación al proceso de toma de decisones, dice que tenemos 2 sistemas de pensamiento. El 1, más ágil, intuitivo, emocional y el 2, más racional, lento y exigente. El primero, se basa en datos intuitivos, inconscientes y emocionales, pero es rápido porque también se vale de sesgos cognitivos.

 

Estos atajos mentales, son maneras de ahorrarle a nuestro cerebro la constante necesidad de racionalizar y cuestionar nuestras decisiones, pero también nos pueden llevar a error si no los manejamos. De ahí la necesidad de conocer en detalle nuestras tendencias hacia el sesgo de confirmación, al del efecto halo, al de autoridad o al de descuento hiperbólico.

 

Como cada uno de ellos, implica un análisis y unas técnicas para mantenerlos a raya, si te apetece, te cuento cómo identificarlos y hacer uso de dichas técnicas para no caer en su trampa en otro post. O al menos, hacerlo de manera consciente.

 

Referencias bibliográficas: en enlaces.

 

Imagen: pixabay.com

 

 

 

 

 

Que vamos camino de llevar un año en una situación extraña, no es ninguna novedad. Y que la Navidad que estamos viviendo, por extensión, también lo está siendo, menos aún.
Con lo que, si cada año ya sufrías las consecuencias del espíritu navideño como, este año puede ser aún peor si no lo afrontas con una serie de pautas muy básica, pero no por ello, complejas de cumplir.

Venimos de unos meses estresantes, ambiguos y sin un final cierto (parece que con la vacuna está más cerca…). Llegamos a la Navidad ya cansados de este trajín emocional y aún con buen trecho por delante que nadie nos puede asegurar. Y a eso, hay que sumarle las batallas personales que llevamos a la espalda cada uno de nosotros.

Por ello, quiero compartir contigo, estas sencillas recomendaciones para hacer más llevadera esta época, intentando no aguar la fiesta a nadie ni crear más dramas de los necesarios:

– Anticiparse a ello: ocurre cada año y seguirá ocurriendo. No debería pillarnos por sorpresa. Cada diciembre…llega. ¿Cómo es posible que nos vuelva a ocurrir esta desidia, tristeza o hartura por estas entrañables fiestas? Pues va, y nos pilla. Con lo que, para el próximo año, sin anticiparnos en exceso (por aquello de vivir el presente), intenta mentalizarte con estas y otras estrategias que puedas ir adquiriendo durante el año. Observa, imita, lee, reflexiona, anota, actúa…prueba! Quizás el año próximo, con el precalentamiento, nos sea más fácil y no se nos atraviese la Nochebuena ni las uvas.

– Respetar la decisión de cada uno por cómo vivir esta época del año. Aunque te resulte incomprensible, hay quien pone el árbol el noviembre porque en octubre ya lo tiene todo pensado y está disfrutando de manera anticipada en septiembre sobre cómo poner el árbol este año, si comprará figuritas nuevas para el Belén o el cambio de color de las luces navideñas. Además de respetar las ilusiones ajenas, siempre haciendo ver que no las compartes y sin sentirte obligado a nada, intenta conversar, comprender y escuchar cuál es el motivo de que sean unas semanas para esas personas. Quizás descubras algo nuevo…

– Utilizar los días “especiales” para hacer cosas especiales. No las que hace todo el mundo, cosas especiales para ti. Que son épocas especiales, no cabe la menor duda. Pero quizás lo especial que hacen otras personas, familias o grupos no tiene porqué serlo para ti. Realiza acciones diferentes a lo cotidiano en estos días clave complicados pensando solamente en algo que te haga sentirte bien a ti, da igual si es la antítesis de la Navidad insuflada que vemos en las películas. Se trata de hacerla más llevadera para ti. Y si puedes y te apetece, intenta compartirlo con otras personas. Te sorprenderá la cantidad de opciones de celebraciones que existen!

– Crear nuevas tradiciones, algún día fue la primera vez de toda tradición. Nada más bonito que los recuerdos navideños, de las tradiciones que cada año se repiten. Pero muchas de ellas, vienen de otros contextos y personas que no somos nosotros ni se basan en nuestras circunstancias o necesidades. Crea nuevos recuerdos, a solas o en compañía, inventa nuevas tradiciones que te hagan sentirte bien y hazlo acompañado si te apetece. Ir a recoger piñas secas a pinares cerca de la playa, acudir a un spa solo, hacer jarrones de barro, ordenar estanterías, crear nuevas recetas en familia… Hay un sinfín de tradiciones nuevas esperando a ser creadas por ti.

– Sustituir las ausencias irremplazables por homenajes, tributos o alegorías. Emotivas pero no dramáticas, simbólicas pero no obsesivas. Sin contar con lo que nos ha robado la COVID19, cada año extrañamos más profundamente a los que ya no están con nosotros. Este año, se acentúa con la falta de despedidas y cierres de duelo, las estancias obligadas en hospitales con prohibición de visitas o los cierres de frontera. Sea como sea, habrá muchas sillas vacías, muchos huecos temporales o irremplazables en mesas que antes estaban a rebosar. Crea rituales que te haga sentirte más cerca de esas personas y hazlos en su honor pero según tus gustos y necesidades: enciende velas, pon su música favorita, deja una silla vacía y ponle un lazo bonito, rocía su colonia en pañuelo, ambienta con su olor favorito la sala. Siempre y cuando no te haga sufrir más de lo que ya lo hace la propia ausencia. Se trata de una especie de “ceremonia privada y especial”, no puede llevarte a ser más infeliz que antes de realizarla.

– Ayudarse de la tecnología y la creatividad para acortar distancias. Para esas distancias obligadas pero temporales, tira de inventiva. Cena con el ordenador en la mesa y dale uso familiar y personal a las videoconferencias, hay un montón de opciones. Tómate café o brinda con esas personas que no puedes estar y forman parte de tu vida, haz multiconferencias con parte de la familia y amigos mientras preparas la cena, tómate las uvas al teléfono con esa amiga especial o canta villancicos con un filtro típico con tus hijos. La tecnología nunca estuvo tan a nuestro favor…

– Si es necesario, aislarse los días más complicados para ti. El día de Nochebuenas o Navidad, también puede ocupar el lugar de tu “día de mierda”. Todos tenemos un día malo, pero parece que no puede ser en días clave como Nochebuena, fin de año o la víspera de Reyes. Los días malos, no preguntan cuando es bueno presentarse. A veces, llegan sin más y otras, pues ya estaban frotándose las manos para aparecer. Lejos de decirte que tires la toalla y te vuelvas un hermitaño, no pasa nada si ciertos días clave, muy difíciles de superar para ti siguiendo las normas sociales de esta época, te aislas y simplemente, esperas que pasen. Hazlo saber a aquellas personas que les gustaría estar contigo o compartir estos días contigo, asume que puede que se disgusten o enfaden, y házselo llevadero a ellos también, pero sin tener que ceder a algo que no es posible para ti en estos momentos. Si lo haces bien, no pasa nada ;).

– Aceptar la presencia de cualquier emoción en esta época y más aún, dado el año que llevamos. La Navidad es la época más feliz del año…para quien lo es. Y no todos estamos por la labor de sentirnos así. La Navidad, es una época y puedes sentirte de mil formas diferentes, según tu estado de salud, circunstancias o capacidad para afrontar lo que te esté pasando. No es necesario forzar la maquinaria de sonrisa permanente ni que aparezca ese espíritu de bondad que nos debería acompañar todo el año. Puedes sentirte de muchas otras formas y no culpar de ello a nadie, ni que nadie te culpe de ello a ti tampoco.

– Intentar disfrutar de lo que tenemos a nuestro alcance sin añorar en exceso lo perdido ni anhelar con ahínco lo que deseamos que llegue. No es la Navidad soñada, la que esperas cada año, es atípica y se veía venir hace meses. Intenta sacar partido a lo que te ofrece esta y por obligación, mira su lado positivo que en otro momento, no lo sería. Puedes ahorrar dinero al gasta menos en salidas y regalos, al tener menos relaciones sociales, puedes dedicarte más tiempo a ti mismo. Puede ser el momento de hacer cosas que nunca haces por falta de tiempo en soledad o en casa. También estarás más descansado al no deberte a los círculos sociales obligados cada año… Quizás no sea fácil, pero si te pones, le sacas algo bueno. Pero todo tiene su momento, y en plena tristeza, angustia o enfado, el lado positivo no existe. Así que una vez que pase, será el momento de ver la luz.

– Focalizar en qué está época, como cualquier otra, también se acaba. No obsesionarse con el deseo que se acabe, sino centrarse en qué con total seguridad, se acaban. Y si cada año llega y la sabíamos, cada año acaba y no debemos olvidarlo. Enero llegará y las sobras de las comidas copiosas, desaparecerán, llegarán las rebajas, la cuesta de enero, la vuelta al trabajo (o a su búsqueda), el cole y dentro de esta incertidumbre impuesta, habrá rutinas que volverán y la Navidad se desvanecerá hasta el próximo año y tú serán feliz por ello. Y eso, no te hace ser el malo de la película, por esto, ni es una película ni hay bueno ni malos.

Feliz Navidad y Felices Fiestas, siempre que te apetezca.

Imagen: istock.com

Un sesgo cognitivo es un efecto psicológico originado por una distorsión, prejuicio o interpretación errónea de la información que percibimos y damos sentido. Es una forma rápida de etiquetar situaciones que vivimos y con ello, ahorrarnos un gasto extra a la hora de abordar cada contexto situacional desde le visión y juicio críticos. Con ello, conseguimos responder de manera rápida a múltiples situaciones complejas del día a día, imposibles de abordar sin ese filtrado subjetivo dejando a un lado el procesamiento racional, pero de una manera inconsciente.

De ahí, que la psicología cognitiva hace décadas que lo estudia en profundidad para conocer y abordar esos atajos mentales (procesamiento heurístico), emociones o aspectos sociales que subyacen a estos sesgos cognitivos y que inundan nuestras tomas de decisiones continuas, ya sean más o menos importantes.

Daniel Kahneman (junto a Amos Tversky), es a quien se le atribuye el concepto y su principal divulgador desde 1972, al iniciar las primeras investigaciones sobre las dificultades de las personas para razonar ante situaciones y órdenes complejas, antes las cuales se generan esos “atajos” basados más en elementos intuitivos, irracionales, emocionales o culturales. Algo de valor tendrán estos dos señores y todo el revulsivo que vino en los años posteriores respecto a la toma de decisiones racional, cuando en 2002 Kahneman compartió con Vernon Smith el Premio Nobel de Economía.

 

Y mientras profundizo en los sesgos y sus clasificaciones, efectos y formas de manejarlos, me doy cuenta de una importante carencia en ese listado que está de rabiosa actualidad y nos entra por los ojos, que está en el aire y nos obnubila. A este enorme listado le falta la influerexia o tendencia a pensar que influimos de manera poderosa en los demás.

 

Otra vez me vengo arriba, cual @susicaramelo con su #pibonexia (ríete tú que está a un paso de ser citada en cualquier revista científica Scopus). Sigo en mi intento fallido de hacerme viral de alguna forma y dejar el mundo de los mortales, viajar en jet privado y que me graben un vídeo emocionándome al recibirlo. Allá cada uno con sus sueños y sus emociones, no? Mientras tanto, me seguiré dedicando a trabajar como psicóloga e intentando que las organizaciones y las personas con las que trabajo consigan sus objetivos de una manera más eficaz, más ecológica…con todo el esfuerzo por su parte que requiere, y no por mis poderes mágicos de influencia.

 

Veo tremendamente necesario abordar este síndrome, para poder definir y diagnosticarlo (ya sabes que a los psicólogos nos chifla eso de etiquetar todo y definir), porque quizás sea yo, pero detecto cierta influerexia en el aire. Muchas conversaciones con “colegas”, demasiados casos de transformación vital, excesos de charlas motivacionales y subidones de  oxitocina y dopamina, increíbles poderes cósmicos para modificar pensamientos instantáneamente, saturación de gurús jugando a ser dioses ... Y tengo la hipótesis de que esta influerexia es altamente contagiosa y difícil de erradicar (no está la cosa pa bromas con este tema, pero tenía que contártelo hoy).

 

La tremenda obsesión por transformar vidas, por dejar imborrables huellas en otras personas, por dejar este mundo mejor, por contar con ábacos, likes o aplausos lo importante que uno ha sido en el destino de los demás, nos ha llevado a desarrollar un síndrome.

 

Influerexia o la tendencia a creer que influimos más en los demás…de lo que realmente influimos.

 

Del “yo puedo con todo”, hemos pasado el “yo puedo influir sobre cualquiera que me lo proponga” o “yo puedo cambiar vidas”. Mira lo que te digo, de ahí a una sanación por imposición de manos o una lectura mental por mirada cósmica, estamos a un paso.

 

Poca broma…

 

Pensar que influyes en las personas de las que te rodeas, de una manera tal, como para que cada conversación sea “poderosa” y seas el inicio del CAMBIO, es como pensar que esa mesa de cristal a la que acabas de quitar el polvo, se queda limpia. Es algo momentáneo, temporal, y que sólo se producirá si la persona (o auditorios) está preparada para ello y ha realizado todo el trabajo previo necesario, además de continuar dicho proceso una vez desaparezca ese chute de motivación (influencia?) inicial. Y esto, con suerte de que alguien llegue a escuchar realmente lo que dices.

 

Por si acaso, te enumero de manera rápida y sencilla, que no está la vida para perder el tiempo con tonterías, los principales síntomas de la influerexia:

  • tendencia a la confirmación sobre el poder ejercido en los cambios de vidas ajenas.
  • disfrute y recreo en la tendencia anterior.
  • repetición constante de la importancia y valor de opiniones propias, otorgado por uno mismo o público (léase, fans).
  • necesidad imperiosa de solucionar problemas ajenos, aún no habiendo sido solicitada su ayuda.
  • firme creencia de poderes superiores únicos e intransferibles.

 

Para poder emitir un diagnóstico clínico del síndrome, han de darse y coexistir al menos 3 de estos síntomas de forma persistente durante 3 meses (a ver quién es el guapo que aguanta esto 3 meses para ver si es verdad o no que tienes frente a ti a un influeréxico).

 

El síndrome se encuentra en estos momentos en estado de investigación y validación, a través del método científico usando un muestreo por conveniencia o fórmula mixta (con muestreo intencional). Es posible que la metodología evolucione favorablemente en los próximos meses tras recabar más datos y tener una población más amplia con la que poder trabajar.

 

Si crees que conoces a alguien que pueda estar desarrollando el síndrome o presente alguno de estos síntomas sin ser diagnosticado, ponte en contacto conmigo y colabora con la humanidad en la erradicación y prevención precoz de un síndrome que, más que cambiar vidas, las puede llegar a destruir mientras levanta un tremendo dolor de cabeza y agotamiento a quienes lo sufren de cerca.

 

Imagen: pixabay.com

Se nos ha ido la pinza, y mucho, con la autoayuda.

 

Podría desdoblar este post y marcarme otro por la cara sobre la ida de pinza de las charlas motivacionales, pero no. A veces me da la sensación de que va tan relacionados que (para mí) son indisolubles.

 

Creo que se nos ha ido de las manos las charlas, libros, conferencias y demás historias con tinte de superación. Lo digo desde el más absoluto de los respetos y me llena de satisfacción (de orgullo no, porque no es cosa mía) que las personas superen situaciones vitales complicadas, esa no es la ida de pinza ni mucho menos. Incluso que nos lo quieran transmitir de todas las formas posibles a través de libros, auditorios llenos o stories tiene su punto de bondad, altruista (¿).

 

Lo que no me gusta tanto es que, se convierta en la base y se haga de ello una forma de vida, que la consecuencia se vuelva causa y con ello nos intenten meter en vena aquello de “Si yo lo he superado, tú también lo podrás superar”. Que si no lo consigues, es porque no te lo propones lo suficiente. Que si ellos han salido del fango, tú saldrás, si eres un auténtico guerrero, luchador, valiente… Que sus trucos son infalibles y extrapolables a todo lo que te pueda pasar en la vida.

 

El problema no está en que se quiera hacer con esa intención desde el principio, nunca llegaremos a saberlo con seguridad. El problema está en que el público al que se dirigen estas temáticas y formatos, es un público frágil que recibirá a manos abiertas cualquier recurso que les pueda sacar de donde están. Cualquier lugar es mejor que una depresión, una enfermedad incurable o una adicción.

 

Si nos echamos las manos a la cabeza con los curanderos y pitonisas de tres al cuarto que dan recursos facilones de horóscopo de periódico ¿no deberíamos hacerlo también con esto?

 

Y no me vengas con el cuento de la libertad de expresión y que cada uno haga lo que le apetezca y le haga sentir bien, que eso cuento me lo sé yo también. Cada uno puedo hacer lo que le plazca siempre que en el camino no estafe ni dañe a la otra parte, siempre y cuando escribir un libro y dar un charla sobre cómo superó una enfermedad o situación compleja, sea una manera de aportar a la sociedad o compartir conocimiento. Lo que ya no me gusta tanto, es hacer de esa experiencia un manual de vida para otros, vendido por fascículos en forma de libro, vídeos o conferencias multitudinarias pagadas a precio de oro.

 

¿En qué quedamos? ¿Quieres ayudar a las personas con tu historia o quieres lucrarte de ello? Porque si somos claros desde el principio, creo que me gustaría mucho más la historia, tu historia. Ya puestos, te voy a contar la mía.

No tenía muy claro qué estudiar con 18 años, pero sí tenía claro que quería ser universitaria y de todo lo que podía, me quedé con la psicología. Esa ciencia de la salud (sí, que buen trabajo nos ha costado que lo aprobasen legalmente) en la que te formas para conocer el comportamiento humano a través del estudio de la mente desde todas sus perspectivas: biológica, cognitiva, evolutiva y social.

Y sí, yo también quiero vivir dignamente de ayudar a las personas, pero no por contar mi experiencia como una superación personal, como una lucha individual que deseo replicar. Yo, quiero ganarme la vida mientras ayudo a personas a que se encuentren mejor, más sanas, más libres y hacerlo basándome en evidencias científicas, en estudios contrastados, en la trayectoria de casi 150 años, sin contar con la parte filosófica, de la psicología. No me baso en intuiciones ni pensamientos mágicos.

 

Y si lo haces de esa forma, a pesar de que tenga efectos terapéuticos, los mismos que viajar o bailar, hazme un favor y no lo llames terapia ni psicología. Llámalo de otra forma, pero no psicología

 

Puedes llamarme sectaria, inflexible, corporativista o soberbia… Pero mientras me lo llamas, dime ¿en qué te basas tú para ganarte la vida?

 

Imagen: pinterest.com

 

“Todo el mundo necesita amor”

Decían los Beatles a mediados de los 60 del siglo pasado (uf, qué lejano suena…) y yo no soy quién para llevarles la contraria. Pero sí para matizar.

Sin caer en posturas blandengues, yo también lo creo: todo el mundo necesita amor, todos necesitamos amor.

El amor se puede dar de muchas y variadas formas (cuidado mentes sucias, que no voy por ahí…solamente). No te limites a pensar en el amor romántico o de pareja, recuerda el amor maternal, el fraternal, en la amistad. Piensa en la cantidad de relaciones en las que amas y eres amado, eso que dicen los Beatles que todos necesitamos.

Y ahora, piensa en la forma en la que entregas ese amor. Y también en la que te gusta recibirlo.

Hay quien necesita abrazos, contacto físico.

Hay quien se alimenta de palabras, sobre todo de las palabras adecuadas en el momento adecuado, qué difícil ¿verdad?

Hay quien recurre al apoyo para confirmar que recibe amor de la otra parte.

Hay quien se siente amado cuando se siente en libertad, cuando le dan espacio.

Hay mil y un formas de sentirse amado, tantas como personas, relaciones y contextos.

 

Pero se nos olvida una que quiero hacerte llegar en forma de post y en forma de nuevo proyecto para que lleves a tu organización: escuchar, prestar atención, estar presente en las conversaciones.

Yo creo, que todo el mundo necesita ser escuchado. Porque la escucha, la buena, la de verdad, esa que llaman activa, es una de las mayores muestras de amor hacia la otra persona. Hacerlo desde una posición limpia, vacío de prejuicios y con el único objetivo de ayudar a la otra parte a encontrarse mejor, es uno de los mayores actos de amor y entrega que conozco.

Lo hacemos muchas veces sin ser conscientes de ello, aunque no lo logramos siempre que nos lo proponemos. Cuando esto ocurre en nuestro entorno más cercano, tanto laboral como profesional, todo se vuelve más complejo ya que formamos parte de ese ecosistema y nos “contaminamos” de emociones, juicios, conflictos internos. Y aún a pesar de ello, nuestra escucha en muchos contextos informales ha sido clave para la otra persona, ha sido terapéutica.

 

De estas reflexiones y de mi experiencia de 10 años como consultora en múltiples sectores y empresas y otros 5 gestionando a personas, nace TU PSICÓLOGA.

En la mayoría de acciones formativas y procesos de consultoría en gestión de talento y personas que he desarrollado en estos últimos años, encuentro una enorme carencia en las organizaciones: no hay tiempo para escucharse. No hay tiempo para conversar. Y lo entiendo, todo va tan deprisa que dejamos las conversaciones, ese lugar donde se encuentran el talento, las emociones, el potencial, la solución de raíz de los problemas… en último lugar. Pero de verdad, que lo entiendo.

Por eso me he propuesto llevar a tu organización este proyecto, donde en formato de bonos de 5, 10 o 20 horas me dedicaré a eso: a escuchar (te). Pero desde el punto de vista de la psicología, con una visión objetiva como agente externo a tu empresa, para poner al alcance de las personas que consideremos (ambos, tú y yo juntos) que necesitan ser escuchados y sobre todo, el para qué de esa escucha.

No se trata de formación, ni de consultoría ni de terapia (soy tu psicóloga, pero no tu terapeuta 😉 ) eso va por otras vías. En esta ocasión quiero llevar a tu organización la psicología como herramienta de mejora transversal, aplicando uno de los principios básicos de esta disciplina: la escucha, las preguntas, las conversaciones poderosas. Y si tú me dejas o me ayudas a llegar a la persona que crees que lo puede necesitar, seré yo quién tenga tiempo para eso que todo el mundo necesita, pero que parece no tener espacio en la empresas.

Una persona escuchada, se siente valorada, respetada, apoyada, reconfortada, aliviada. Esto no hace que el problema desaparezca, pero si reduce su tamaño, su dimensión y favorece los desbloqueos y la aparición de la solución. Muchos de los “problemas” que creemos tener o sufrir son circunstanciales, y el propio paso del tiempo hace que remitan espontánemente. Pero ¿por qué no ayudar a que esa remisión sea má fácil y llevadera? ¿Por qué no allanar ese tránsito a las personas que forman parte de tu organización?

Por tiempo.

Como te dije antes: te entiendo, lo entiendo. Si no tú no tienes tiempo, yo lo tengo por ti. Por y para ti, para la mejora de tu organización a través de la escucha.

Yo, tu psicóloga, te escucho.

Imagen: www.sergioabevilla.com  /   @sergioabevilla

 

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A partir del 4 de febrero, tendrás más información en la web junto una serie de cambios muy necesarios que llevaban un tiempo esperando a su momento. Y ha llegado.

 

 

 

 

 

Mariol Fierro es de lo bueno, lo mejor.

Como profesional de la psicología es de las mejores tanto a nivel de terapia como en el desarrollo de talento en las organizaciones. Es uno de mis pilares y referentes en la psicología, desde su saber hacer, su ética e integridad que infunde en todo lo que hace, hasta su visión de la psicología en la que vamos muy de la mano.

En mis 10 años como profesional independiente, he colaborado con gran cantidad de profesionales, tanto colegas de profesión como de otras disciplinas, pero sin lugar a dudas, me quedo con ella, con Mariol. Hemos compartido confidencias, prisas, risas, llantos, enfados (esto mucho más yo que ella…), avances, bloqueos… pero sobre todo hemos compartido momentos y esperanza de seguir caminando juntas durante mucho tiempo y sabiendo que la amistad está por encima de un proyecto, un cliente o un ego con ansia.

Si te encuentras con una persona así en tu vida, dime si no es como para hacerle homenajes diarios y decirle de todas las formas posibles los que significa para ti?. Porque yo, al menos con ella, lo hago…

 

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¡Socorro! Había conseguido salir del empacho de las cenas navideñas y con la entrada de año estoy empachada de algo más complejo de digerir: la FELICIDAD.

 

Felicidad, felicidad, felicidad, felicidad, felicidad, felicidad, Felicidad, felicidad, felicidad, felicidad, felicidad, felicidad, Felicidad, felicidad, felicidad, felicidad, felicidad, felicidad, Felicidad, felicidad, felicidad, felicidad, felicidad, felicidad…

¿verdad que cansa?

 

Se ha instaurado la moda de la felicidad en todo lo que nos rodea: en las organizaciones, en nuestra vida, en nuestra familia…

La felicidad se ha convertido en una MODA, que se ha crecido hasta una OBLIGACIÓN: nuestro objetivo debe ser que siempre se nos vea felices.

 

Se nos muestran escaparates y escaparates, se nos ofertan opciones… para ser felices, y nos saturamos. Nos volvemos felicistas compulsivos. Y al final, cuando vemos que los recursos nunca son los suficientes para lograr la cantidad de felicidad que se nos expone debemos conseguir, suplantamos la verdadera FELICIDAD, por el sucedáneo, y nos disfrazamos de PERSONAS FELICES. Pero que se nos vea felices no es lo mismo que serlo.

Y somos ya muchos profesionales los que observamos que disfrazarse con una mala imitación de la felicidad, produce desgastes antes de tiempo, destiñe las emociones, arruga nuestro futuro y se quema con facilidad. Y eso nos hace más infelices. Justo lo contrario de lo que perseguíamos.

 

Nos proponen que seamos felices a todas horas, todo el día, todos los días…siempre. Y SIEMPRE, es una expresión que supone demasiadas exigencias, y que no cuenta con aquellas cosas que no dependen de nosotros, que las hay, ni con nuestra capacidad y necesidad de tener excepciones que confirmen las reglas.

Y somos ya muchos los profesionales que trabajamos con personas y entidades donde el SIEMPRE FELICES se ha convertido en una marca, que no ayuda sino que imprime a fuego en nuestra piel una exigencia que nos hace más infelices. Justo lo contrario de lo que perseguíamos.

 

Porque mantenerte en la moda de la felicidad es tan cansado como estar vestido de fiesta todo el día, todos los días, a todas las horas, en todas la situaciones…. Porque consumir felicidad todo el día es tan malo para nuestras emociones como los excesos navideños todo el año lo son para nuestro estómago.

¿Y entonces?

Pues en tu vida tendrás turrones y verduras. Vestirás unas veces de gala y otras con el trapo más viejo mientras estás en tu casa. Y nada será bueno ni malo, tú lo decidirás.

Tu vida tendrá momentos felices y momentos duros. Tendrá momentos que quieras conservar en el tiempo y momentos que querrías que no hubieran ocurrido. Pero es tu vida y tus momentos, y tú deberás interpretarlos y gestionarlos, dándoles una medida que te permita después de algunas sumas y restas, tener un saldo positivo.

Ser feliz no es lo mismo para todas las personas, con lo cual nadie más que tú podrá reconocerlo ni medirlo. No hay recetas mágicas, ni el regalo del roscón está en todos los roscones en el mismo sitio.

Tu felicidad, como tu motivación, es TUYA. Sale de ti, la defines tú, se adapta a tus circunstancias, y lo que es más importante, la vives tú. LA VIVES.

Así que me niego a definirte lo que debe ser la felicidad.

Tan solo te diré que no dejes de vivirla por buscarla, que no dejes de reconocerla por maquillarla, que no dejes de disfrutarla por grabarla, que no dejes de saborearla por buscar empacharte de ella.

Tan solo eso.

Imagen: google.com

“Qué bonito cuando me hablas, ay

Qué bonito cuando te callas
Qué bonito sentir que estás aquí
Junto a mí, ay”

 

Cantaba Rosario Flores allá por 1996 en honor a Antonio Flores, uno de mis artistas favoritos. Nada tiene que ver este hermoso homenaje entre hermanos con lo que te quiero contar…

 

Qué bonito es pensar que cualquier persona tiene el potencial de ser lo que quiera ser, que los títulos y la formación sin talento, no sirven de nada. Que las competencias son todas entrenables, sobre todo tras leer manuales que cambian la vida en 175 páginas o cursos intensivos de fin de semana.

 

Qué bonito es apoyar el desarrollo profesional de quien se quiere reinventar y cambiar de sector, porque cree que puede, porque cree que sabe y porque sí. Porque tú eres el primer ejemplo de ello y te encanta apoyar a cualquier persona que esté pasando por tu situación, ya sea personal, profesional o empresarial.

 

Qué bonito empoderar a las personas que tienes cerca y decirles que lo importante es la actitud, que lo de ser aptos ya si eso para más adelante. Que con una sonrisa en la cara llegará a dónde se proponga, que no hay techo para ellas, que la N.A.S.A. se les quedará pequeña si así lo creen, que no tienen límites.

 

Qué bonito fomentar el cambio constante, la evolución continua, el estado beta permanente...

 

Qué bonito… hasta que te das cuenta que todo esto lleva a esas personas a ser tu competencia directa, y entonces ahí, ya no es tan bonito.

 

Deja de ser bonito porque de repente la formación, los títulos, la experiencia o determinadas competencias son más necesarias de lo que pensabas. Que para eso te has currado tú lo tuyo tantos años, y ahora viene cualquiera (ojo, no es un cualquiera..) y tras una charla motivacional…decide dedicarse a lo mismo que tú y gracias a eso mismo que tú (sí, sí, tú) has empoderado a “tope de power”.

 

Deja de ser tan bonito como creías, porque te das cuenta de que has creado un monstruo y de que el alumno aventajado siempre es más listo que su mentor, porque le lleva delantera, ya que ha aprendido de los errores del primero. Empieza a tornarse gris, porque pensaste que había pastel para todos hasta que empiezan a comer del tuyo y tu trozo se vuelve cada vez más pequeño. Porque empiezas a quedarte sin recursos, ya que los has puesto todos en fomentar un nicho de negocio que se puede volver en tu contra, salvo que en lugar de tener clientes, tengas fans.

 

Ya no es tan bonito como parecía, porque eso que hiciste creer, a sabiendas de que no era, sonaba bonito pero en un mundo transparente, a cara descubierta y con las cartas boca arriba. Sin faroles ni tret(p)as, en un juego limpio. Pero claro, se te olvidó incluirlo junto al empoderamiento, la actitud y el “tú puedes”. Y ahora ¿te da por ponerte a reflexionar sobre quién sí y quién no puede hablar sobre según que tema o (supuesta) disciplina?.

 

Ahora es tarde (sigo en plan melómano y tiro de Rocío Jurado) para ponerse a juzgar quién puede denominarse profesional o autoproclamarse experto en una materia cuando tú has sido el principal implicado (y beneficiado) en todo el proceso. Salvo en la parte final, esa en la que empiezas a salir perjudicado porque las prácticas no son limpias, la ética brilla por su ausencia,  y lo que más abunda en ese ejercicio es la palabrería barata, esa de la que puede que hayas hecho uso en algún momento.

 

Ahora es tarde para lamentos y juicios a posteriori, ahora no te va a importar que te tachen de corporativista cuando rehuiste de ello mientras hubo beneficio. Ahora toca apechugar con las consecuencias y trabajar muy duro para diferenciarse de los que consideras que no (porque tú sí, tú siempre has podido y lo sabes), por hacer ver que “esos” ya no te representan. Incluso quieras hacer ver que nunca lo han hecho…

 

Ahora, que ya no es tan bonito, no te enfades con tu propia creación y asume que, al menos, fue bonito mientras duró.

 

 

Vídeo: Qué bonito, Rosario Flores (1996). Youtube.

Imagen: google.com

Se nos ha ido la pinza, y mucho, con el éxito.

 

Se nos ha ido la pinza con eso de las aspiraciones, del desarrollo, del querer ser más, del salir de la zona de confort en cuanto nos sentimos “bien”.

 

Se nos ha ido la pinza con eso de crecer, de ser más y mejor todo el tiempo, con avanzar sin descanso, sin tregua. Y luego claro, llegan los agotamientos, el estrés y las frustraciones y aún nos preguntamos qué de dónde vendrán…

 

Parece ser que hay una moda por ahí que dice que si no estás en cambio constante y además, feliz y encantado con ello, no eres ni un profesional ni una persona de bien. Que necesitas estar continuamente creciendo, creciendo y creciendo cual Alicia en el País de las Maravillas hasta que el mundo se te quede pequeño. Y es que mola mazo, como diría el gran Camilo Sesto, que así sea, que todo lo que te rodea se te quede pequeño.

 

Y además, parece ser que las expectativas que tengas tienen que ser unas en concreto, no sirven las propias, no. Tienen que ser las que la “sociedad” ha determinado. Que digo yo, que tú también eres parte de esa sociedad, ¿no? Y podrás decidir hasta dónde, cuándo y cómo quieres llegar ¿no? Pues no.

 

Tienes que tener estudios (cuantos más mejor), títulos a doquier, trabajar y sonreír mientras lo haces, ser feliz siempre, porque sí, porque un día sin sonreir es un días perdido. Acabáramos! Tienes que cumplir con lo que toca: casarse, tener hijos, aportar a la sociedad, ganar muchísimo dinero, consumir mucho más, viajar, leer, ir al gimnasio, estar estupendo y saber mucho de nutrición. Todo esto, por empezar por alguna parte.

 

Yo no sé tú, pero mi éxito, mi ideal de ser una persona de bien y de triunfar en la vida, con 16 años (que ni siquiera pensaba yo en esto) era sacar unas notas de la leche en el instituto y saltarme alguna clase sin que les llegasen notificaciones a mis padres por correo. Y con 20, era acabar la carrera de psicología sin morir en el intento y viajar todo lo posible con mi chico. Y con 25 trabajar para pagar la hipoteca, donde fuese y como fuese. Y con casi 40…. Otro día te lo cuento, pero obviamente no son las mismas.

 

Por lo que con mi éxito, seré yo la única persona que decida qué me hace o no ser una persona exitosa. Y aunque no pueda evitar las influencias de los medios de comunicación, de las redes sociales y de quienes me rodean, no dejaré de tomar decisiones en lo que a mi éxito respecta.

 

Porque una cosa es dejarse asesorar, guiar y pedir ayuda. Tomar nota de aquellas personas que consideramos referentes (esto para otro post de idas de pinza), aprender de lo que otros hacen y creemos que les va bien…y otra muy distinta es hacer lo que te dicen que hay que hacer y ser, sin plantearte ni siquiera que es lo que te apetecía a ti. Que luego vienen la crisis existenciales y nos echamos las manos a la cabeza y culpamos al matrimonio, al capitalismo o al vecino de al lado. A cualquiera, antes que darnos cuenta de la espiral de éxito ajeno en la que nos metimos hace mucho tiempo.

 

No consientas que te digan que no tienes aspiraciones ni eres nadie en la vida por no haber trabajo en aquello para lo que has estudiado (qué horror de mantra!), que eres un flojo por haber dejado tu vida profesional en pausa para dedicarte a tu familia (no hablo sólo de hijos, hay familia más allá de los hijos, recuerda…).

No consientas que nadie decida por ti en lo que a tu vida se refiere, y el concepto de éxito es algo muy personal, tanto como tu color o tu comida favorita. Y como algo personal que es, sólo tú decides.

 

Y ya puestos ¿cuál es tu idea de éxito actual? ¿ha cambiado mucho en los últimos diez años?

 

Imagen: Sylvester Stallone, 49th Annual Academy Awards, 1977. (pinterest.com)