Tengo por costumbre, hablar sobre lo que vivo, lo que me inspira, mi día a día. Y por suerte, el mío más que interesante, en la mayoría de ocasiones. Al menos, profesionalmente hablando.

Hace unos días, en una formación sobre comunicación y gestión emocional, surgió el debate sobre el lema: «En el trabajo, no se va a hacer amigos». Y se armó el Belén, en el mejor de los sentidos. La sangre no llegó al río, todo lo contrario, enriqueció muchísimo el desarrollo de la formación y se llegaron a temas temas relacionados con el tema central de la formación, pero vinculados a un tema tan de tendencia que en breve, llegaremos a la saturación nivel «zona de confort» o «persona tóxica».

La felicidad y todo lo que la rodea (plenitud, amistad, satisfacción, etc) en el trabajo.

Tema estrella donde los haya, desde hace tiempo, pero que ahora incluye en su slogan la salud mental o el bienestar integral en el trabajo, y así ya tenemos el combo ganador de cualquier quiniela para que te puedan comprar la idea, propuesta o libro.

La Psicología lleva décadas estudiando y abogando por la necesidad de prevenir y abordar la salud mental de las personas en el trabajo (quizás te suene el concepto de la especialidad de Ergonomía y Psicosociología Aplicada, que ya tiene unos añitos). Y ahora, parece que de «repente», cualquier avispado sabe y puede intervenir en la salud mental del empleado a través de gestionar su felicidad en las organizaciones…

Siento, como en multitud de ocasiones, que me he perdido algo por el camino.

Antes de seguir abriendo este melón, concluiré con mi opinión al respecto del tema de ir hacer amigos en el trabajo. NO, al trabajo no se va a hacer amigos, aunque puede que surja la amistad, incluso el amor. Al trabajo, uno va a desarrollarse, a generar negocio, a obtener resultados, a aprender, a generar conocimiento, a abrir la mente, y como todo esto ocurre en un contexto social, pues hay posibilidad de que surjan relaciones. Tanto buenas como malas, enriquecedoras como complejas.

Por eso, si vas a trabajar con la idea de que tu oficina, tu taller o tu aeropuerto son el mejor lugar para hacer amigos, corres el riesgo de sufrir tremendas decepciones y frustraciones. La amistad, es una posible circunstancia colateral a tu trabajo, pero no puede ni debe ser el motivo más potente por el te levantas cada día para ir a trabajar.

Piensa que la amistad y el amor, dos (supuestos) pilares básicos de la felicidad occidental, se dan con personas que elegimos y nos eligen, en el mejor de los casos. Sin embargo, no participamos en la elección de las personas con las que compartimos nuestra jornada laboral, ya sean jefes, colaboradores, clientes, … Por lo tanto, pretender encontrar la felicidad en el entorno laboral mediante relaciones impuestas, es casi pretender ganar la lotería apostando una vez al año.

Otra cosa es perseguir el equilibrio laboral, al buscar la parte positiva de nuestro trabajo, intentar crear relaciones sanas con el resto de personas de nuestro contexto y desarrollarse al mismo tiempo. Esto, en sí mismo, ya implica un esfuerzo casi titánico, y en muchas ocasiones, imposible dadas las condiciones tan nocivas que podemos llegar a vivir en el trabajo. Con lo que, no: al trabajo no se va a hacer amigos, aunque puede que sí surjan si se dan muchos factores, entre los cuales está tu actitud y tus competencias profesionales y sociales.

La idea de pretender encontrar la felicidad en el trabajo, en un lugar en el que muchas veces estamos condenados a una transacción de nuestros servicios a cambio de dinero, nos esclaviza en lugar de liberarnos. Lo mejor que nos puede pasar es pensar en el trabajo como en una parte de nuestra vida en la que nos desarrollamos, aportamos o estamos temporalmente de paso y en la que a veces, insisto, aparece la amistad, el amor o la plenitud. Pero en caso de que es0 no ocurriese, no debería significar nada, dado que aún tenemos otras partes de nuestra vida donde elegir personas con las que pasar tiempo o aficiones con las que sentirnos plenos.

Volviendo al tema del que partía el post, creo que lo más cercano al bienestrar integral tan de moda, al equilibrio que requiere la salud mental humana, es lograr que cada uno de nosotros decida dónde encontrar aquello que defina como felicidad. Y en el caso de que no sea dentro del contexto labora, la personas no sea tachada como mediocre, egoísta o vaga. Un buen empleado no es sólo el que se desvive por su puesto y le dedica horas sin tener en cuenta su descanso, área personal o salud, también lo es una persona que no genera conflictos, que genera resultados y que además, lo hace en el tiempo en el que se ha comprometido en su contrato.

La felicidad, al igual que el éxito, como constructos sociales que son, dependen de modas y tendencias sociales. Y actualmente, nos encontramos ante la necesidad de vincular a ambos al rol laboral, cuando la persona tiene múltiples roles en los cuales puede depositar voluntariamente el esfuerzo y energía de encontrar la felicidad (y el éxito). Y todo ello, sin mermar sus cualidades o rendimiento laboral.

De ahí mi firme posición de no tener porqué ser feliz ni tener amigos, necesariamente, en el contexto laboral cuando ya se es en otras facetas de la vida decididas voluntariamente. Y si de paso, también lo somos y logramos encontrar la amistad, el amor o la felicidad en la oficina, pues…estupendo! Pero no debería de ser requisito imprescindible para ser un buen empleado, ni mucho menos  ser la excusa perfecta para crear nuevos puestos de trabajo centrados en hacernos felices donde tan sólo queremos ir a trabajar.

Imagen: Pixabay.com

A veces, la adaptación no es una opción, si no una necesidad. Incluso se llega a implantar como una forma vida, lo cual no significa que estemos encantados con ellos. Tan sólo que está ahí y toca decidir qué hacer con ella.

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Hace 50 años, era posible que murieras laboralmente en la empresas en la que empezabas a trabajar con 15. Con ascenso o no, con proyección o no, pero la línea estaba marcada y podías recorrerla si querías.

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Actualmente, se estima que tendremos entre unos 20 y 30 cambios laborales a lo largo de nuestra vida profesional (Michelle Weise, vicerrectora del Sistema Nacional de Universidades de Estados Unidos). Por lo tanto, esto de la «estabilidad» es más una quimera que una necesidad. Otra cosa, es aprender a manejarse en estos contextos tan cambiantes #BANI (porque el #VUCA ya se nos queda corto…), y convivir con ello, dentro de ello, de una forma más o menos cómoda. Porque no va quedar otra.

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Ayer actualicé mi vida laboral «privada» y tuve que tirar de agenda y calendar para sacar toda la información vivida en tan sólo un año: clientes, proyectos, formaciones, procesos, tutorías, sesiones, reuniones, propuestas… No todo se desarrolla, ni se cumple, pero ocupa un espacio, mental y en la agenda, que hace que necesite de tirar de soporte externo, porque mi disco duro llega a borrar datos por pura necesidad.

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Y para cada acción, tengo que cambiar de color como si de un camaleón se tratase. Los roles de consultora, formadora, psicóloga, tutora o mentora, son diferentes y si a eso le sumas, la casuística particular de cada cliente y cada sector, los resultados tienden a infinito. A esta complejidad de cambio constante, hay que sumarle la simultaneidad: por la mañana formación, a medio día sesión individual, por la tarde consultoría de proyecto y por la noche elaboración de informes. O una nueva propuesta, o estudiar una nueva tendencia, o analizar un caso atascado…

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Y te encanta lo que haces, pero reconoces lo cansado y agotador que llega a ser para tu mente tanto cambio para poder llegar a todo con la excelencia que deseas o te exiges, y que finalmente tú también te exiges. Y ahí es cuando empiezas a priorizar, delegar, aparcar o meterte de lleno, porque no te queda otra, ya que la fuerza del mercado laboral es mucho más fuerte que tú y la “única” capacidad que tienes es la de adaptarte al cambio en el que llevamos inmersos desde hace varias décadas o vivir en permanente queja.

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Insisto: adaptarse, también conlleva asumir cansancio, agotamiento incluso, tomarse parones y desconexiones, porque es necesario para poder seguir. Y ser consciente de esta necesidad de cambio constante, de aprendizaje y flexibilidad de por vida, y del desgaste que genera en nosotros, tampoco le resta emoción y belleza a lo que uno se dedica. Sencillamente se trate de ser ecuánime y coherente con la vida que se ha decidido llevar aunque a veces pese, porque otras veces, sencillamente fascina.

Arrastramos ambiciones que no son las nuestras, y por lo tanto, desempeñamos trabajos y ocupamos puestos, que no sentimos como nuestros. Para, finalmente, vivir vidas, que no se acercan a lo que llamaríamos propias.

La idea de ambicion, tanto personal como profesional, siempre ha estado asociada a conceptos más cinéfilos y socioculturales que personales. De ahí, que las ambiciones y aspiraciones, vayan cambiando con el devenir de los tiempos. Querer ser misionero en África, médico, abogada, peluquera, futbolista, actriz, modelo, influencer, youtuber o streamer, tiene mucho que ver con la época en la que vives y te desarrollas como persona.

Aún así existe un factor común en toda época: éxito (=fama) y dinero. Y pobres de aquellas personas que muestren públicamente en su entorno laboral y personal que sus aspiraciones no consisten en ascender de manera continua en un organigrama, ganar más dinero o ser más reconocido cada día. Pobres…

La ambición, tiene mucho que ver con el sentimiento de felicidad, éxito y bienestar, por lo tanto, un concepto personal e intransferible, aunque sí influenciado por el contexto socioeconómico. Con lo que, tus ambiciones y prioridades son tan tuyas como seas capaz de defenderlas y perseguirlas, aunque se alejen de cuentas bancarias rebosantes y despachos con mesas de caobas en rascacielos.

Ahí estará tu dificultad: saberte igual (o más) que el resto, pero con tus propias ideas de éxito y crecimiento individual. Lo cual muchas veces es visto en las empresas como falta de fuerza o ausencia de interés por el proyecto. Y en los contexto más personales, como un conformismo barato, ser un mediocre en una acomodación constante,

En los procesos de selección, tiende a valorarse muy positivamente que los candidatos tengan ansias por crecer y aspiraciones de crecimiento, a pesar de que los puestos que vayan a ocupar se encuentren en organización sin esa posibilidad. Un completo sin sinsentido: seleccionar a personas ambiciosas para entornos donde no pueden crecer. Fracaso absoluto asegurado, pero aún así, se valora positivamente esa ambición, cuando más desmesurada, mejor…

Han de saber aquellos que insisten en el constante crecimiento y detestan la acomodación, que ya Piaget en su momento (1896-1980), decía que en todo proceso de aprendizaje es necesario un período de acomodación donde se asienten los nuevos esquemas de aprendizaje. En resumen: sin descanso, ni base dónde apoyarse ya «acomodada», no habrá ni nuevos aprendizajes, ni crecimiento, ni ambición.

Dejemos que las personas tengan sus propias ambiciones, que hasta para eso parece que tengamos que ser clones.

Las escaleras siempre han sido de subida y de bajada, usémoslas según necesidad.

Imagen: diseño propio.

Como todo el mundo estará hablando hoy de la vuelta al cole, el síndrome postvacacional o la depresión preotoñal, voy a centrarme en revisar las pequeñas modificaciones que se pueden ir incluyendo en época estival. Tras dos veranos, como poco, extraños y rarunos, conviene ir planteando acciones alternativas en esta época del año, por aquello de ir acostumbrándose a otras opciones que pudieran venirnos de manera obligada. O simplemente, por probar que lo que habíamos hecho hasta ahora o lo que se nos dice que hagamos, es posible ya no funcione.

Quizás no tenga mucha ciencia hacerlo una vez pasado el verano y tendría que haberme esforzado en contártelo antes, pero es que puede que haya que tenido que pasar antes por ello para poder contártelo ;).

1.- 0 expectativas en las vacaciones: y cuando digo 0… es 0. Evita sobredimensionar tus fuerzas, energía, tiempo y los de los demás. El verano, con suerte, son 2 meses y se pasan volando. No pretendas quedar con todas esas personas pendientes de antes de la COVID-19, ni mucho menos realizar en 2 meses lo que no has hecho en 2 años. El verano, da para lo que da. No más.

2.- Planifica lo justo. O no planifiques nada de lo que puedas hacer en el verano, porque lo más posible es que no llegues ni a la mitad de la lista. Y todo esto, sin pandemia ni perímetros, ni nada de nada. Con ello, evitarás tanto frustraciones como desgastes innecesarios.

3.- Tómate vacaciones de verdad, sin culpabilidad ninguna. Déjate de «travacacionar» y además, hacer que ver que es una maravilla. Si hay que hacerlo, se hace, pero admite que eso no es descansar y tu cuerpo (y por supuesto tu mente) lo necesitan. Por más que nos lo pongan quieran meter por la vista, viajar con el portátil o el móvil o estar en la playa los 7 días al año que te puedes permitir, tiene poco de glamouroso.

4.- No aprendas nada. Trata de no estudiar nada más, ni leer, ni aprender, ni mejorar. Ya habrá tiempo.Prueba a quedarte en reposo (que no necesariamente en equilibrio) y ver qué ocurre. Estar en reposo no es sinónimo de estancamiento o inmovilidad, por lo que puedes viajar, probar nuevas experiencias y seguir haciendo vida social, pero sin ese ansia de aprender de cada situación vivida. Tan sólo vivirla, ya es un reto.

5.- Haz algo diferente a lo habitual y observa. Aunque sean pequeñas acciones. Si eres de ir a lugares nuevos y conocer todo lo posible durante tu estancia, prueba a ir a un hotel y no moverte más allá de 1 km de sus instalaciones, aprovechando a dormir, descansar, vegetar, etc. Si ves que te supera, puedes ampliar el radio a 2 km ;). La idea es modificar tus acciones habituales para saber si estás haciendo lo correcto para ti en estos momentos.

6.- Dedícate tiempo. Pero dedícatelo de verdad y que sea de calidad. Reservando unos minutos/horas al día para hacer cosas exclusivamente para ti: pasear, hacer deporte, leer, dormir, quedar con amigos o no hacer NADA. Es imprescindible que aprendas a sacar tiempo para ti y tu autocuidado, sea cual sea la forma.

7.- Desconecta de lo que estás conectado todo el año. Puede ser el móvil, el ordenador, las redes sociales, la familia, la pareja, los amigos o incluso un lugar. Toma distancia durante un tiempo, el que puedas y quieras, de aquello que tienes frente a ti cada día. A la vuelta, lo verás con otros ojos: quizás lo valores de otra forma, lo cojas con más ganas o simplemente te permita tener más fuerzas para seguir adelante. También cabe la posibilidad de que hayas estado tan bien desconectado de ese «algo» que te plantees no volver a tener esa conexión. Son riesgos que se corren!

8.- Limpia. En el sentido más literal de la palabra. Haz limpieza y pon orden en aquello que ya no usas, no te es útil o te hace daño. Ropa, libros, muebles, ideas o relaciones. Deja espacio a lo que te viene bien (o vendrá) y organiza lo que tienes a tu disposición.

9.- Acude al psicólogo. No lo digo por corporativismo, pues los psicólogos también necesitamos de otros colegas para ordenar ideas, reflexionar en voz alta, plantear dudas existenciales, reservar un espacio propio para pensar. No hace falta un diagnóstico patológico o tomarlo como último recurso, sino como un recurso más para estar mejor de lo que se está.

10.- Relativiza el verano. Es una época del año más, en la que a veces ponemos demasiadas esperanzas. No es necesario viajar ni mucho menos ponerse moreno. No es imprescindible enamorarse ni escribir un libro o hacer algo extraordinario. Todo eso puedes hacerlo, o no, en cualquier otra época del año.

Prometo hacerlo mejor el próximo verano.

O no…

Imagen: propia.

El pasado 15 de mayo, junto con el cumple de mi pequeña, se cumplieron 5 años del nacimiento de mi blog y mi web profesional.

Como cada año, me gusta hacer un post que gire entorno a su creación, basado en agradecimientos, reflexiones, resúmenes… Y este año, le toca a cómo ha conseguido sobrevivir durante estos 5 años, y yo con él. Y ambos con salud mental, que es lo importante ;).

 

Antes de nada, te cuento las ideas más frecuentes que pasarán por tu cabeza antes de arrancar:

 

  • No tengo nada interesante qué contar
  • ¿Quién soy yo para aportar algo nuevo?
  • Mi capacidad para comunicar es muy limitada
  • Y ¿si escribo y nadie me lee?
  • Ya está todo dicho sobre mi área de conocimiento
  • No tengo tiempo ni paciencia para dedicarle al blog/web
  • No soy nada constante para este tipo de cosas
  • Y muchas más que pueden ser hasta malsonantes 😉

 

Obviamente, todos pasamos por este tipo de dudas y pensamientos que nos hacen ir y venir la idea de lanzarnos a esta aventura que favorece el posicionamiento y visibilidad de una marca e imagen profesional. Como otra herramienta más de branding personal, el blog requiere de una serie de cuidados para que los recursos empleados en él sean rentables (entendiendo la rentabilidad como la consecución de los objetivos que te has propuesto en un tiempo determinado):

 

  • Aprovecha el dominio de la web para vincular al blog: es mucho rentable en términos de SEO.
  • Usa un naming que tenga que ver contigo o con tu proyecto profesional de manera clara. Facilita el recuerdo y la vinculación contigo.
  • Sáltate la falsa humildad o el pudor improductivo de no usar tu nombre en tu blog o tu web. El poner .com, .es, .net.. ya es cosa tuya y de la estrategia que tengas en mente.
  • Tira de planificadores de contenidos y revísalos cada 6 meses para ver si cumplen con los criterios de tu estrategia.
  • Ten siempre a mano una agenda donde anotar aquello que te inspira y comunica quién eres, lo que haces y en qué puedes aportar.
  • Usa bancos de imágenes gratuitos y perfiles públicos (citando siempre) que te representen para añadir contenido visual al blog. Y no lo hagas con prisa, bucea con calma en la red y dedica parte del día a buscar esas imágenes impactantes o innovadoras para tus escritos.
  • Revisa las etiquetas y temas sobre los que comentas, creando y fusionando categorías nuevas. Es la evolución normal de la propia herramienta si sigue creciendo y la cuidas.
  • Haz uso de herramientas de automatización que te faciliten su difusión y programación: gestores y programadores de contenidos, servicios de email marketing, etc.
  • Actualiza la estética y cuida la apariencia del blog: si has cambiado la web y su imagen, el blog también lo debe hacer.

 

Y como todo en lo que hago, siempre me gusta un abordaje emocional de sobre la gestión y supervivencia de este recurso tan útil:

  • Sé constante pero sin agobios.
  • Establece periodos de descanso para el blog, a parte de los que te quieras tomar tú de la Red en general.
  • Lee blogs similares, de temáticas cercas y complementarias, pero también de profesionales y áreas dispares.
  • Lee mucho, en general.
  • Tómate periodos de investigación, e intercala con otros de creación de contenidos para luego difundirlos y hacerlos visibles.
  • Estate atento a los datos pero sin obsesionarte: visitas, comentarios, nuevas suscripciones, bajas, etc.
  • Disfruta mientras lo haces y si no es así, introduce cambios: baja el ritmo, cambia de temática, revisa la estructura, analiza la estrategia.
  • No temas cambiar, es necesario. Tanto la imagen, como el estilo o los contenidos, irán cambiando a la velocidad y ritmo que tú lo hagas. El blog es un reflejo de quien eres (o debería serlo).
  • Cambia de referentes: los profesionales que antes te representaban o admirabas, ahora no …y eso tiene que notarse en tu blog.
  • Sé crítico contigo, pero desde el cariño. Admite tus errores y ponles remedio, mientras te lames las heridas que te causa ser consciente. Machate lo justo.
  • Fusiona con otro tipo de canales y prueba: podcast, vlog, streaming, chats de audio… Renueva la forma en la que te comunicas alineado con tu evolución y con la de tu público.
  • Explora, prueba, cambia, para, equivócate, acelera y acepta que el camino es duro mientras lo enfocas a resultados a medio o largo plazo.

 

Todo esto ha hecho que no tire la toalla con tantos cambios vividos en 5 años respecto al blog, pero soy consciente de que ambos hemos sobrevivido junto porque hemos sido muy flexibles el uno con la otra. Y porque, dentro de la adaptación a todo lo que nos ha ido pasando en este tiempo y nuestra forma de comunicar nuestro mensaje, sobre todo, nos hemos permitido muchas concesiones.

 

Tu blog eres tú y tus circunstancias.

 

Imagen: pixabay.com

 

 

Hemos soplado la primera vela del aniversario de la COVID-19 a nuestras vidas y la celebración en sí misma, tiene muchos deseos aún por cumplir.

Es cierto que muchos no hemos sufrido contagios (al menos, conscientemente) ni pérdidas directas, pero todos hemos padecido y padecemos las consecuencias de los colapsos sanitarios, el miedo a los contagios, la distancia social o la tan esperada recuperación económica.

Seguro que has leído mucho sobre los efectos de la pandemia, sus causas o síntomas (en nada te comparto un post y un vídeo sobre la fatiga pandémica), pero hoy quiero hablarte sobre algo que observo en estos últimos meses de manera muy acusada.

 

En estas últimas semanas, donde parece que se acerca esa ansiada normalidad, aunque sea con matices, resulta que dicha normalidad será más fácil de poner en práctica en nuestra cabeza e imaginación que en la propia realidad.

Nuestro cuerpo y nuestro cerebro se han ralentizado durante el confinamiento y los meses posteriores. A pesar de que esos cambios de hábitos forzados, en muchas ocasiones han generado estrés en la mayoría de personas, al mismo tiempo han reducido gran parte de nuestras actividades cotidianas. Durante meses, incluso más de 1 año en algunos casos, hemos limitado al mínimo las reuniones familiares y sociales, no hemos ido a la oficina, no hemos tenido reuniones presenciales, apenas conversamos con gente nueva, hemos dejado de coger el coche, el tren, el avión…

Todas y cada una de estas acciones tan cotidianas e insignificantes, nos hacían estar en activo a un nivel desconocido para nosotros, hasta ahora que nos hemos parado en seco y la vuelta a la actividad está siendo más dura de lo que pensábamos.

 

Añoramos volver a la oficina por esas conversaciones de pasillo y esos cafés que te acercan a la gente, pero a la hora de volver, nos sentimos más perezosos que ansiosos.

Deseábamos la libertad para coger el coche o un vuelo sin destino, pero ahora nos ponemos nerviosos sólo de pensar en todos los trámites necesarios para hacerlo con la velocidad y los resultados de hace 1 año.

Echábamos de menos volver a la rutina laboral, familiar, social, pero ducharse, vestirse y ponerse en marcha, nos lleva un esfuerzo mental impensable hace un año.

 

Yo lo llamo atrofia postpandémica.

Es una sensación de enquilosamiento físico y mental, producto de esa parálisis forzada y prolongada en el tiempo que genera en nosotros una desidia generalizada por todo aquello que era natural hace 1 año.

 

Sin pensarlo.

Sin saberlo.

Sin ser conscientes de ello, nuestras áreas cerebrales han perdido conexiones sinápticas implicadas en las relaciones sociales, la planificación y organización de información o la toma de decisiones. Todo ello nos vuelve más lentos, haciendo que la sensación de pesadez y dificultad anticipatoria sea de mayor tamaño.

De ahí, que no nos hayamos vuelto locos (y creo que no nos volveremos) por salir y socializar con la intensidad que con la que los memes inundan las redes sociales. De ahí, que nuestra vuelta a la oficina sea con una media sonrisa, ocultando la inseguridad que nos genera encender de nuevo nuestro ordenador o la sorpresa de encontrarnos con un atasco en la autopista en hora punta.

 

Si todo esto te ocurre, es algo normal. Tiene la importancia que tiene: tu musculatura física y mental está atrofiada, rígida, ha perdido la flexibilidad que tenía y no sabes exactamente cómo. Pero la ha perdido.

No te agobies (bueno, lo justo), porque poco a poco, con esfuerzo y sensaciones extrañas ante situaciones que consideramos normales hace poco tiempo, pero ahora no lo son, volverás a tener una agilidad igual o similar a la de hace un año.

 

Te dejo unas sencillas recomendaciones por si te apetece seguirlas para que te sea más sencillo:

  • Acepta que eres más lento que hace un año. Y no pasa nada, es producto de una situación forzada y transitoria.
  • Piensa que es algo que desaparecerá con el tiempo y con esfuerzo, a pesar de ser actos cotidianos, supondrán un esfuerzo con el que no cuentas.
  • Asume ese esfuerzo y date un tiempo extra para pasar por ese cansancio y pereza que deberías sentir pero que ahí están.
  • Ponte metas pequeñas, incluso ridículas cuando las veas en la distancia, pero ve poco a poco cumpliendo con pequeños pasos alcanzables que te impulsen a continuar al siguiente.
  • Refuerza esos logros, por pequeños que sean y consolídalos bien antes de pasar al próximo nivel.
  • Visualiza cómo te quieres ver en un tiempo prudencial y piensa que esa energía volverá poco a poco, pero que necesitas un tiempo y un esfuerzo adicional.
  • Aprovecha el momento para introducir nuevas formas de hacer rutinas inconscientes, de mejorarlas o adaptarlas a esta situación.

 

Esta atrofia postpandémica es otra de las muchas consecuencias invisibles de esta pandemia de la que no somos plenamente conscientes y que nos harán más difícil aún la vuelta a nuestra vida anterior. Pero como la gran mayoría, es pasajera.

Lenta, pesada, incómoda, pero pasajera.

 

Imagen: pixabay.com

07,00: Suena el despertador.

¿Dónde estoy? ¿Qué hora es? Uffff

¿Me levanto ya o remoloneo 5 minutos más? ¿Qué ropa me pongo hoy? ¿Café o cacao? ¿Pelo suelto o recogido? ¿Coche o transporte público? ¿Empiezo respondiendo mails o haciendo llamadas?

Y todo esto, antes de abrir un ojo por la mañana…

Imagina la cantidad de pequeñas microdecisiones que tomamos a lo largo del día, la gran mayoría intrascendentes, hasta que nos paramos a pensar en si lo son o no. Nuestro sistema sensorial, puede llegar a percibir más de 11 millones de bits de información por segundo, a pesar de que nuestro sistema cognitivo tan sólo puede asimilar 50 bits por segundo de manera consciente (Zimmerman, M. (1989).

De ahí la necesidad de utilizar algún sistema de filtrado inconsciente que nos ayude a gestionar el ahorro innecesario que supone tener que analizar tal cantidad de información que implica tomar cerca de 35.000 decisiones diarias (Roy F. Baumeister, 1998). Baumeister y su equipo, acuñaron el término de agotamiento del ego, o agotamiento por toma de decisiones, a la circunstancia de tener una reserva limitada de autocontrol y razonamiento lógico para la toma de decisiones

Así mismo, el cerebro humano tarda unos 200 milisegundos en procesar y ser consciente de los datos que recibe, según la investigación internacional de 2019 sobre dinámicas cerebrales liderada por Gustavo Deco, director del Centro de Cognición y Cerebro de la Universidad Pompeu Fabra (UPF).

Según el estudio, los 200 milisegundos son el tiempo óptimo en que se transmiten los datos a través de las diferentes áreas cerebrales para hacer el procesamiento consciente de la información. Por otra parte, Huawei Consumer Business Group, publicó en 2017 un estudio sobre las tendencias europeas a la hora de tomar decisiones que desvela que sólo somos conscientes de un 0,26% de dicha cantidad (unas 92 decisiones conscientes).

 

Tras todos estos datos, me resulta incomprensible, o al menos poco prudente, la cantidad de mensajes dañinos e incoherentes que se lanzan en el día a día. Pero sobre manera, a través de los medios de comunicación y de los diferentes modelos de referencia que nos proponen.

 

Esos: “Puedes con todo”.

 

Esos tips para hacer mil y un cosas en un día, o que ya debería de haber hecho antes de cumplir según qué década.

 

Esos listados interminables de rituales para llegar a todo, para aumentar la productividad (sinónimo de felicidad?).

 

Con datos y evidencias científicas que siguen en constante avance, cada vez se constata más el gran potencial de la mente humana pero también su limitación a la hora de llegar a todo. Se nos olvida que todas esas pautas y recomendaciones para ser o estar en el TOP recaen en la puesta en marcha de conductas evidentes, las cuales vienen guiadas por el sistema pensamiento-emoción-conducta. Con lo que…somos producto de lo que pensamos, o de lo que nos hacen pensar, pero no dejamos de ser nunca un cuerpo, un cerebro que se agota cuando lo sobre exponemos a una constante (sobre) estimulación.

 

El exceso de información, la cantidad inasumible de relaciones y contactos, la hiperconectividad, agotan el músculo cognitivo que mueve al resto del organismo.

 

Lo primero que me gustaría que hicieses, es asumir tu limitación orgánica,, cognitiva: tu cerebro tiene una capacidad grande, pero limitada para comprender, asimilar y elaborar información.

 

Lo segundo, es que conseguirás hacer “cositas” interesantes con esa información teniendo en cuenta una serie de factores que solemos olvidar: tu estado de ánimo, la hora del día que es, tu nivel de estrés, tu cansancio, tus expectativas.

 

Con ello, llega la tercera premisa: y es que eres menos libre de lo que piensas a la hora de tomar decisiones. Eres producto de una serie de elementos físicos, sociales y psicológicos que hacen que tus decisiones tiendan a un lado de la balanza.

 

Khaneman, Piscólogo que recibió el Premio Nobel en 2002 por su aportación al proceso de toma de decisones, dice que tenemos 2 sistemas de pensamiento. El 1, más ágil, intuitivo, emocional y el 2, más racional, lento y exigente. El primero, se basa en datos intuitivos, inconscientes y emocionales, pero es rápido porque también se vale de sesgos cognitivos.

 

Estos atajos mentales, son maneras de ahorrarle a nuestro cerebro la constante necesidad de racionalizar y cuestionar nuestras decisiones, pero también nos pueden llevar a error si no los manejamos. De ahí la necesidad de conocer en detalle nuestras tendencias hacia el sesgo de confirmación, al del efecto halo, al de autoridad o al de descuento hiperbólico.

 

Como cada uno de ellos, implica un análisis y unas técnicas para mantenerlos a raya, si te apetece, te cuento cómo identificarlos y hacer uso de dichas técnicas para no caer en su trampa en otro post. O al menos, hacerlo de manera consciente.

 

Referencias bibliográficas: en enlaces.

 

Imagen: pixabay.com

 

 

 

 

 

A estas alturas, ya habrás escuchado alguna vez la historia de mi relación con la Psicología, profesión que ejerzo enamorada por devoción, más que por esa vocación que se nos presupone en la época más cambiante de nuestra vida.

Mi ilusión en la infancia y la adolescencia, era ser universitaria, pues en mi familia más cercana no había ninguna persona que hubiese logrado estudiar una profesión universitaria y ejercerla posteriormente. De ahí mi falta de vocación clara por una profesión que fue algo casual y hoy es la columna dorsal de mi día a día, más allá del simple ejercicio.

Y si esto surgió, fue poco a poco, gradual, con sus altibajos, enamoramientos y decepciones, como todas mis relaciones.

A fuego lento.

Una de las primeras ideas que me hizo saber que estaba en el lugar adecuado fue conocer el modelo holístico o biopsicosocial de Engel (1977), desde el cual se aborda la visión global ser humano y que trasciende desde el modelo clásico puramente médico.

Algunas de las afirmaciones más interesantes de este modelo, desde mi punto de vista son que:

– Las variables de índole psicosocial son importantes para determinar la susceptibilidad, gravedad y curso del padecimiento más biológico que pudiera considerarse.

– La aceptación del rol de persona enferma no está determinado de manera mecánica por la presencia de una anomalía biológica.

– La relación del profesional de la salud con el paciente también influye en el resultado terapéutico, aunque sólo sea por la influencia que pueda tener sobre el cumplimiento del tratamiento.

Estas, junto a otras afirmaciones del modelo comprenden a la persona de una manera global, con lo que son diferentes factores los que confluyen en el resultado de su comportamiento, éxito o salud. Con lo que la validez de las tendencias humanistas centradas única y exclusivamente en la actitud de la persona, obviando el contexto cultural en el que se ha nacido, los valores adquiridos a lo largo de su vida o el componente biológico con el que se tiene que lidiar, tan de moda hoy día, dejan mucho que desear.

La perversión y endiosamiento de la Psicología Positiva como remedio a todos los males, es la muestra hecha realidad del paso de una pretendiente a consolidada disciplina de todo esto.
Desde la extrapolación de los éxitos una vida y biografía concreta a una muestra representativa estadística de la sociedad, pasando por sus endebles y maltrechos fundamentos teóricos hasta llegar a la uniformidad (o intento) por el concepto de felicidad y cambio sobre el cual se articulan gran parte de sus axiomas.

Por ello, muchos de los profesionales de la Psicología, los de las aulas de la facultad, revistas científicas, referencias empíricas, nos revelamos desde hace tiempo contra esta dictadura de la felicidad impostada en base al criterio simplón del “Si quieres, puedes” o “Sonríe, y el mundo te sonreirá”. Pretender entender así al ser humano, lo reduce a una postura infantil, ausente de crítica y en el cual recae toda la responsabilidad de ser feliz y conseguir lo que se proponga en la vida.

No son pataletas. Lo parece, pero no lo son.

Cuando en tu despacho y por delante de tus ojos, comienzan a repetirse patrones de conducta que derivan en desajustes emocionales y limitaciones para desarrollar una vida plena, tu obligación es investigar más allá de las modas y ver dónde puede estar el origen de esos «males» y ver qué está a tu alcance para poner remedio. Y aunque las redes sociales son un gran altavoz de conocimiento y profesionales, no debemos olvidar los libros, las bibliotecas, las revistas científicas, investigaciones, congresos y debates, donde está gran parte del avance de la humanidad.

Con lo que, ante una afirmación cualquiera, tendríamos que preguntarnos y preguntar en qué se basa para tales afirmaciones, sobre todo cuando impacta en la salud y bienestar de las personas mientras se convierte en la gallina de los huevos de oro de profesionales y allegados de la Psicología. Confundir artículos de opinión (propios y ajenos) con sentencias o teorías consolidadas, nos hace más daño que bien a todos.

Cuestionar y plantear dudas, nunca debió de dejar ser parte de nuestra esencia.

Nunca.

No se es mejor o peor persona, pero claramente, sí se es mejor o peor profesional si se sabe de qué se habla cuando se habla. Luego ya que queda la práctica profesional, la ética y el prestigio que van mucho más de los títulos y los conocimientos, pero sin ellos, estamos perdidos.

 

Imagen: google.com

 

Artículos de referencia:

– Cabanas, E., y Huertas, J. A. (2014). Psicología positiva y psicología popular de la autoayuda: un romance histórico, psicológico y cultural. Anales de Psicología, 30, 852-864
– Fernández-Ríos, L., y Rodríguez-Díaz, J. (2014). The “impact factor style of thinking”: A new theoretical fra- mework. International Journal of Clinical and Health Psychology, 14, 154-160.
– Fernández-Río, L. y Vilariño, M. (2016) Mitos de la Psicología Positiva: maniobras engañosas y pseudociencia. 
Papeles del Psicólogo, 37, 134-142.
– Pérez-Álvarez, M. (2012). La psicología positiva: Magia simpática. Papeles del Psicólogo, 33, 183-201.
– Pérez-Álvarez, M. (2013). La psicología positiva y sus amigos: en evidencia. Papeles del Psicólogo, 34, 208- 226.
– Piña, J. A. (2014). La psicología positiva: ¿Ciencia y práctica de la psicología? Papeles del Psicólogo, 35, 144-158.

Que vamos camino de llevar un año en una situación extraña, no es ninguna novedad. Y que la Navidad que estamos viviendo, por extensión, también lo está siendo, menos aún.
Con lo que, si cada año ya sufrías las consecuencias del espíritu navideño como, este año puede ser aún peor si no lo afrontas con una serie de pautas muy básica, pero no por ello, complejas de cumplir.

Venimos de unos meses estresantes, ambiguos y sin un final cierto (parece que con la vacuna está más cerca…). Llegamos a la Navidad ya cansados de este trajín emocional y aún con buen trecho por delante que nadie nos puede asegurar. Y a eso, hay que sumarle las batallas personales que llevamos a la espalda cada uno de nosotros.

Por ello, quiero compartir contigo, estas sencillas recomendaciones para hacer más llevadera esta época, intentando no aguar la fiesta a nadie ni crear más dramas de los necesarios:

– Anticiparse a ello: ocurre cada año y seguirá ocurriendo. No debería pillarnos por sorpresa. Cada diciembre…llega. ¿Cómo es posible que nos vuelva a ocurrir esta desidia, tristeza o hartura por estas entrañables fiestas? Pues va, y nos pilla. Con lo que, para el próximo año, sin anticiparnos en exceso (por aquello de vivir el presente), intenta mentalizarte con estas y otras estrategias que puedas ir adquiriendo durante el año. Observa, imita, lee, reflexiona, anota, actúa…prueba! Quizás el año próximo, con el precalentamiento, nos sea más fácil y no se nos atraviese la Nochebuena ni las uvas.

– Respetar la decisión de cada uno por cómo vivir esta época del año. Aunque te resulte incomprensible, hay quien pone el árbol el noviembre porque en octubre ya lo tiene todo pensado y está disfrutando de manera anticipada en septiembre sobre cómo poner el árbol este año, si comprará figuritas nuevas para el Belén o el cambio de color de las luces navideñas. Además de respetar las ilusiones ajenas, siempre haciendo ver que no las compartes y sin sentirte obligado a nada, intenta conversar, comprender y escuchar cuál es el motivo de que sean unas semanas para esas personas. Quizás descubras algo nuevo…

– Utilizar los días «especiales» para hacer cosas especiales. No las que hace todo el mundo, cosas especiales para ti. Que son épocas especiales, no cabe la menor duda. Pero quizás lo especial que hacen otras personas, familias o grupos no tiene porqué serlo para ti. Realiza acciones diferentes a lo cotidiano en estos días clave complicados pensando solamente en algo que te haga sentirte bien a ti, da igual si es la antítesis de la Navidad insuflada que vemos en las películas. Se trata de hacerla más llevadera para ti. Y si puedes y te apetece, intenta compartirlo con otras personas. Te sorprenderá la cantidad de opciones de celebraciones que existen!

– Crear nuevas tradiciones, algún día fue la primera vez de toda tradición. Nada más bonito que los recuerdos navideños, de las tradiciones que cada año se repiten. Pero muchas de ellas, vienen de otros contextos y personas que no somos nosotros ni se basan en nuestras circunstancias o necesidades. Crea nuevos recuerdos, a solas o en compañía, inventa nuevas tradiciones que te hagan sentirte bien y hazlo acompañado si te apetece. Ir a recoger piñas secas a pinares cerca de la playa, acudir a un spa solo, hacer jarrones de barro, ordenar estanterías, crear nuevas recetas en familia… Hay un sinfín de tradiciones nuevas esperando a ser creadas por ti.

– Sustituir las ausencias irremplazables por homenajes, tributos o alegorías. Emotivas pero no dramáticas, simbólicas pero no obsesivas. Sin contar con lo que nos ha robado la COVID19, cada año extrañamos más profundamente a los que ya no están con nosotros. Este año, se acentúa con la falta de despedidas y cierres de duelo, las estancias obligadas en hospitales con prohibición de visitas o los cierres de frontera. Sea como sea, habrá muchas sillas vacías, muchos huecos temporales o irremplazables en mesas que antes estaban a rebosar. Crea rituales que te haga sentirte más cerca de esas personas y hazlos en su honor pero según tus gustos y necesidades: enciende velas, pon su música favorita, deja una silla vacía y ponle un lazo bonito, rocía su colonia en pañuelo, ambienta con su olor favorito la sala. Siempre y cuando no te haga sufrir más de lo que ya lo hace la propia ausencia. Se trata de una especie de “ceremonia privada y especial”, no puede llevarte a ser más infeliz que antes de realizarla.

– Ayudarse de la tecnología y la creatividad para acortar distancias. Para esas distancias obligadas pero temporales, tira de inventiva. Cena con el ordenador en la mesa y dale uso familiar y personal a las videoconferencias, hay un montón de opciones. Tómate café o brinda con esas personas que no puedes estar y forman parte de tu vida, haz multiconferencias con parte de la familia y amigos mientras preparas la cena, tómate las uvas al teléfono con esa amiga especial o canta villancicos con un filtro típico con tus hijos. La tecnología nunca estuvo tan a nuestro favor…

– Si es necesario, aislarse los días más complicados para ti. El día de Nochebuenas o Navidad, también puede ocupar el lugar de tu «día de mierda». Todos tenemos un día malo, pero parece que no puede ser en días clave como Nochebuena, fin de año o la víspera de Reyes. Los días malos, no preguntan cuando es bueno presentarse. A veces, llegan sin más y otras, pues ya estaban frotándose las manos para aparecer. Lejos de decirte que tires la toalla y te vuelvas un hermitaño, no pasa nada si ciertos días clave, muy difíciles de superar para ti siguiendo las normas sociales de esta época, te aislas y simplemente, esperas que pasen. Hazlo saber a aquellas personas que les gustaría estar contigo o compartir estos días contigo, asume que puede que se disgusten o enfaden, y házselo llevadero a ellos también, pero sin tener que ceder a algo que no es posible para ti en estos momentos. Si lo haces bien, no pasa nada ;).

– Aceptar la presencia de cualquier emoción en esta época y más aún, dado el año que llevamos. La Navidad es la época más feliz del año…para quien lo es. Y no todos estamos por la labor de sentirnos así. La Navidad, es una época y puedes sentirte de mil formas diferentes, según tu estado de salud, circunstancias o capacidad para afrontar lo que te esté pasando. No es necesario forzar la maquinaria de sonrisa permanente ni que aparezca ese espíritu de bondad que nos debería acompañar todo el año. Puedes sentirte de muchas otras formas y no culpar de ello a nadie, ni que nadie te culpe de ello a ti tampoco.

– Intentar disfrutar de lo que tenemos a nuestro alcance sin añorar en exceso lo perdido ni anhelar con ahínco lo que deseamos que llegue. No es la Navidad soñada, la que esperas cada año, es atípica y se veía venir hace meses. Intenta sacar partido a lo que te ofrece esta y por obligación, mira su lado positivo que en otro momento, no lo sería. Puedes ahorrar dinero al gasta menos en salidas y regalos, al tener menos relaciones sociales, puedes dedicarte más tiempo a ti mismo. Puede ser el momento de hacer cosas que nunca haces por falta de tiempo en soledad o en casa. También estarás más descansado al no deberte a los círculos sociales obligados cada año… Quizás no sea fácil, pero si te pones, le sacas algo bueno. Pero todo tiene su momento, y en plena tristeza, angustia o enfado, el lado positivo no existe. Así que una vez que pase, será el momento de ver la luz.

– Focalizar en qué está época, como cualquier otra, también se acaba. No obsesionarse con el deseo que se acabe, sino centrarse en qué con total seguridad, se acaban. Y si cada año llega y la sabíamos, cada año acaba y no debemos olvidarlo. Enero llegará y las sobras de las comidas copiosas, desaparecerán, llegarán las rebajas, la cuesta de enero, la vuelta al trabajo (o a su búsqueda), el cole y dentro de esta incertidumbre impuesta, habrá rutinas que volverán y la Navidad se desvanecerá hasta el próximo año y tú serán feliz por ello. Y eso, no te hace ser el malo de la película, por esto, ni es una película ni hay bueno ni malos.

Feliz Navidad y Felices Fiestas, siempre que te apetezca.

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¿Te imaginas a alguien leyendo “El médico” de Noah Gordon y haciendo vídeos en Youtube a los dos días sobre cómo se opera?

¿Te imaginas a alguien que ha sido acusado por alguna (posible) injusticia dando lecciones en los juzgados y realizando procedimientos judiciales al día siguiente tras su experiencia?

¿Te imaginas a alguien que sea un manitas de la luz de repente le de por ponerse a realizar instalaciones eléctricas y firmar certificados de instalación tras ver un par de videotutoriales?

¿Te imaginas que de repente nos da a todos por reinventarnos y ser mentores de los demás, casi siempre sin pedirlo, más bien por algoritmos cansinos y posicionamientos SEO? Todo ello tras una ruptura amorosa o conseguir adelgazar o dejar de fumar, un despido traumático o un cambio de vida.

Jamás me he visto capacitada para decirles a los demás qué hacer o no con sus vidas en base a mi experiencia. Mi experiencia me sirve (o no) a mí, porque soy yo y mis circunstancias, mis aprendizajes, mi círculo social y mis sinapsis neuronales. Para poder ayudar a cambie su comportamiento, actitud, predisposición o creencia, hay saber muchas más cosas que haber pasado por una reinvención profesional o superar una ruptura.

Son tiempos en los que se necesita de apoyo, escucha y profesionalidad, pero también son tiempos en los que vamos sobrados de voceros, gurús, marketing (del sucio) hablando de sus bondades reinventadas para mejorar tu vida, en base directamente proporcional a la mejoría de su cuenta bancaria o ego.

En este mundo de las reinvenciones que nos toca por obligación, he visto muy poco casos de giro profesional hacia la auditoría de cuentas, la inspección de Hacienda, las fuerzas de seguridad del estado o la estética. Casualmente, es muy frecuentemente hacia el abordaje de la salud mental encubierto de desarrollo personal molón, rápido y edulcorado.

Mantén cerca a cualquier persona o actividad que te resulte terapéutica, pero huye cual correcaminos de aquellos que digan serlo, sin serlo.

Y si te hablan de conducta, mente, actitud, aprendizaje, emociones, pensamiento, creencia, cerebro, neuronas, motivación o comportamiento, le pongan el nombre que le pongan…es PSICOLOGÍA.

¿Te imaginas que de repente todos quisiéramos jugar a ser psicólogos sin serlo?
Pues eso.

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