Hace un par de semanas tuve la suerte de formar parte de un evento por la empleabilidad en Oviedo, promovido por empleOviedo, el Ayuntamiento de Oviedo y La Nueva Ruta del Empleo.

Fue un día lleno de emociones y nervios, de poner cara a muchas personas que conoces a través de las redes, lo que llamamos desvirtualizar, pues eso, que me pasé la mañana desvirtualizando. Fue una jornada intensa compartida con compañeros y profesionales del sector, con instituciones públicas y políticos, pero sobre todo con personas en desempleo.

Me encontré con miradas llenas de sorpresa e ilusión, de grupos de jóvenes estudiantes que se enfrentan por primera vez al tema del empleo, aunque sea a través de una jornada dinámica sobre cómo superar una entrevista de trabajo.

Me crucé con personas cargadas de esperanza de encontrar nuevos horizontes laborales, mejores que en el que se mueven actualmente y sabiendo que algo bueno les espera a la vuelta de la esquina.

Y también me tropecé con personas que caminaban mirando al suelo, a sus pies y me costaba ver su expresión. La intuía, pero no la veía con exactitud. Esas fueron las personas que más me interesaron, esas eran las auténticas protagonistas del evento, al menos, para mí.

Te hablo de los “parados de larga duración”, de las personas que llevan meses, años sin trabajar. Te hablo de aquellos que han perdido el control de su vida, de los que sienten que ya no sirven para nada, de los que sienten que sólo dan tumbos de aquí para allá sin sentido. Esos fueron mi verdadero objetivo.

Hablé con más de uno y de dos, si me apuras, pero me gustaría compartir contigo en especial la conversación que mantuve con uno de ellos en la terraza del Calatrava. Se trata de un hombre, con estudios universitarios que llevaba trabajando toda su vida profesional en lo que le gusta, en una empresa familiar haciendo lo que mejor sabe hacer. Y circunstancias de la crisis, la cual su empresa no pudo superar, lleva un año sin trabajar. Se emociona al contarme que es el “aniversario” de su paro, que hace un año que no trabaja y que no sabe cómo salir de esa situación.

Llora al admitir que no le falta el dinero, todavía le queda un año más de paro, tiene recursos y apoyo emocional para superarlo… pero aún así, se siente tan inútil… Ya no vale para nada y siente que nunca volverá a conseguir otra oportunidad, porque él es lo que es su trabajo y su trabajo ya no existe. Comprendo sus lágrimas, le abrazo y consuelo como puedo, porque cuando crees haber perdido una parte de tí, supone un duelo más. Y aquel hombre, estaba en pleno proceso de duelo por lo que fue.

Abraza su carpeta llena de papeles con anotaciones esperanzadoras recogidas durante toda la jornada y se va, balanceándose lentamente. Y mientras se aleja, veo como mira de nuevo hacia el suelo, en busca lo que ha perdido.

La situación de desempleo hace mucho más daño de lo que te imaginas. Rápidamente piensas en el dinero, en el día a día, en subsistir, y es normal porque hay prioridades que determinan tus necesidades. Pero más allá de conseguir pagar una hipoteca o un alquiler donde vivir, y tener una nevera que no dé pena al abrirla, también hay otros aspectos importantes a tener en cuenta en el desempleo.

Cuando llevas mucho tiempo sin empleo, te vuelves más frágil e inseguro. Tu imagen, tu autoconcepto se desvanece ya que has perdido parte de tu esencia con el trabajo que desempeñabas. Cuando trabajas, eres algo más que una nómina o un número, te transformas en compañero, en jefe, en auxiliar, en ayudante y haces cosas, sirves para algo, eres productivo y aportas, por poco que te pueda parecer en muchas ocasiones. Pero cuando no trabajas, pierdes todos esos roles, dejas de ser todas esas cosas que eres y haces cuando trabajas.

Además, la sociedad, los que te rodeamos, te hacemos sentirte mal, con miradas de desdén y reprobación, pareciese que no trabajas porque no quieres. Te sientes mal por sentirte una carga para esa misma sociedad, ya sean tus padres, tu pareja o tus amigos, y todos sabemos que sentirse una carga no mola para nada.

Cuando estás ocupado, lo estás a nivel laboral y a todos los niveles, es una rueda en la que entras y la que, a pesar de las dificultades del mundo laboral, te gusta estar, nos gusta estar. Porque eres valorado por lo que haces, por la empresa a la que perteneces, por la categoría por la que cobras y por la que cotizas, y eso es objetivo, ¿a ver quién te discute eso a tí? Pero ¿cómo se valora las horas que miras ofertas de trabajo en las webs o las que te pateas polígonos con tu cv en mano? ¿Y todos los networking o charlas a las que has ido? A eso, no se le da el mismo valor, seamos sinceros, por eso lloras y piensas que ya no vales para nada, pero no es así.

Yo te aseguro que vales, y mucho, desde el mismo momento que vienes a este evento con una carpeta en la mano y te pasas la mañana de sala en sala buscando ideas y caras conocidas, desde el instante en que me saludas y me recuerdas que sigues en la misma situación que hace un año y que no lo llevas bien. Vales muchísimo porque no te cuesta emocionarte y llorar conmigo, porque te sientes un pelele en manos del destino y un tanto egoísta por saber hay personas que lo están pasando mucho peor. Vales mucho a pesar de necesitar la permanente valoración y apoyo de quienes te rodean, incluso siendo dañinas en muchas ocasiones, las necesitas, porque te importa tu gente. Créeme, vales mucho… Porque todo esto por lo que te digo que vales, es lo que te hace ser tú y eso no desaparece con los puestos que hayas ocupado o vendrá con los que vayas ocupar, todo esto que yo valoro es lo que eres, y depende única y exclusivamente de tí.

No permitas que el desempleo haga más daños de los imprescindibles, ya son suficientes. Eres mucho más que lo que fuiste algún día ocupando una silla en un despacho, no lo olvides.

Fuente de la foto: pixabay.com

Mi vientre…

Este podría ser mi vientre, un vientre que ha sentido mariposas cuando se enamoró por primera vez hace más de 20 años y que todavía las siguen sintiendo a día de hoy. Un vientre que ha sido rodeado por brazos amorosos y ha sido sujetado por fuertes manos cuando lo he necesitado. Un vientre que ha crecido albergando un maravilloso ser que da (más si cabe) sentido a mi vida día a día. Un vientre que se ha llenado de las deliciosas comidas que prepara mi madre y que ha disfrutado de manjares en diferentes continentes. Un vientre cuya piel se ha deleitado con el tacto del sol en verano y la calidez de una manta en el frío invierno.

Sí, este podría ser mi vientre, pero yo soy mucho más que un vientre. Ya sea plano, redondeado, tonificado, flácido, con o sin estrías, soy mucho más que vientre. Soy la persona que se ha enriquecido de todo lo que le ha permitido vivir ese vientre, por eso me pregunto ¿me vas a juzgar por mi vientre o vas a ver más allá?

Mi cuerpo es una maravillosa máquina perfectamente imperfecta que me permite ver, caminar, respirar, digerir, aprender… Mi cuerpo es el envoltorio que me posibilita llegar a donde quiero llegar, que me avisa de un sobreesfuerzo y me indica hasta donde puedo resistir, es un medio de transporte hacia mis metas vitales. Y por ello debo cuidarlo, mimarlo, y sobre todo respetarlo.

Este reflexión no es fruto de un día ni de una conversación de cafetería, esta reflexión viene de años en los que he ido abrazando con fuerza, pero sin saberlo, la tiranía de la estética actual. En mi niñez y adolescencia parecía que nunca daría la talla (mido 1,55 cm), y siempre me rondaban adjetivos calificativos como “bajita”, “poca cosa”, “menudita” que posteriormente venían acompañados de un “disculpa, espero que no te lo tomes a mal”. Siempre he pensado que uno no puede ofenderse por un hecho objetivo como es en mi caso la estatura, pero ¿por qué me valoraban y, además me calificaban, en base a mis centímetros? A medida que fue pasando el tiempo, se fue quedado en un cajón guardado, superé mis complejos y viví feliz con mis “poco más de metro y medio”. Puedo contarte que viajo muy cómoda en todo tipo de transportes públicos y me sobra espacio para estirar las piernas, compro mucha de mi ropa en la sección de niños con el consiguiente ahorro económico y además, nunca me piden que sea yo la que coja las cajas de las estanterías más altas. Es decir, vivo muy feliz en estos centímetros y además, me veo estupenda.

Pero hace 4 años por estas fechas, me quedé embarazada y sentí tanta presión de todos lados, que ese cajón que estaba cerrado, se volvió abrir. Y volví de nuevo a abrazar la dictadura que me acompañó durante tantos años en mi vida, con la diferencia de que ahora ya soy una persona adulta y madura, con otro tipo de prioridades, pero aún así, me afectó. Me dejé llevar por los “cuídate y no engordes”, por las amenazas de las matronas de no engordar más de un kilo por mes (cuando cada mujer es un mundo y por ello su embarazo), por los “a ver si tienes suerte y vuelves pronto a como estabas”. En ese camino, los medios de comunicación me ayudaron poco, dando visibilidad a personajes famosos que salen del paritorio mejor que antes de su embarazo y felicitando a las mujeres cuya asombrosa recuperación en 3 semanas le permite entrar en los pantalones del año anterior.

Y esta vez, no sólo por mí, sino por mi hija y por todas aquellas personas que hayan sentido esa presión y tiranía a la que me refería antes, me niego a que me valoren sólo por mi vientre. Soy mucho más que eso: soy hija, soy madre, soy psicóloga, soy amiga, soy esposa, soy vecina… soy una persona y no quiero que me evalúen únicamente por este embalaje que me hace estar y sentirme viva. No quiero me que nadie me dicte las medidas perfectas que debo tener, ni los peinados que tengo que lucir; no quiero que me avasallen con dietas milagro para adelgazar 5 kilos en una semana o cómo conseguir un vientre plano. Porque esas medidas perfectas, lo son ¿para qué y para quién?. Esas dietas milagro ¿sirven para tener una vida saludable y a todos por igual?.

Voy hacer todo lo posible porque mi cuerpo esté sano, y por ello tenga una imagen saludable. Haré todo lo posible por mantenerme vital y disfrutar de todos los atardeceres posibles y todas las risas de mi hija, de recibir todos los besos y abrazos que sean para mí, de seguir aprendiendo y ser mejor persona. Pero por favor, no me juzgues sólo por si tengo el vientre plano y firme, si no llego al 1,60 o mi pelo sigue sus propias reglas. Recuerda que soy mucho más que eso, recuerda que tú también eres mucho más que eso.

Fuente de la foto: www.jessicabuelga.com

Hay determinados personajes públicos, y digo bien personajes porque para calificarlos como personas tendrían que cambiar mucho las cosas, que han hecho mucho daño. Y lo han hecho de una manera, aunque sus formas digan todo lo contrario, tan sutil, tan lentamente, que sin darnos cuenta, está tan dentro de algunos de nosotros, que ni siquiera somos conscientes de ello.

Hemos ido permitiendo que sus “ideas” calen en nosotros y hemos hecho de sus aberraciones nuestra bandera. Me gustaría compartir contigo uno de los que más molesta, tanto por su forma como por su contenido, y sobre todo porque se ha convertido en lema de un nutrido grupo de personas con el que convivimos: la sinceridad.

Desde pequeños nos han educado en el valor de la sinceridad y la honestidad, a no decir mentiras por el daño que pueden llegar a causar. Hemos ido aprendiendo que las falsedades tienen consecuencias negativas para quienes los realizan y para quienes son objeto de ellos… Creo que hasta ahí todos lo tenemos claro, al menos en mi caso.

Pero poco a poco algo ha ido cambiando en la sociedad, y han aparecido determinados tipos de personajes en los cuales su estandarte es la sinceridad, y discúlpame, han hecho y hacen, mucho daño. No voy a poner nombres, confío en tu imaginación para que los identifiques rápidamente, y los vayas situando a lo largo de esta lectura.

Ese estandarte que empuñan con tanto orgullo y valentía está mal definido y peor denominadoNo es sinceridad: es falta de educación y de respeto, es crueldad, es en definitiva ignorancia. Y me gustaría explicarte como veo yo las premisas de una sinceridad socializada, necesaria pero al mismo tiempo respetuosa:

– “Si lo que vas a decir, no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir…” : más de uno y de una deberían escuchar esta joya de los 80 de El último de la fila. A veces, si no tienes nada que aportar, o la forma en la que lo vas hacer crees que no es la adecuada… cállate. El silencio es una forma más de comunicarse y hay que saber entrenarlo y usarlo. Quizás ese es el momento, aprovecha!

– No hagas daño gratuitamente: no puedes escudarte en la sinceridad para infringir daño o maltratar a otra persona por el simple hecho de que para tí es un “dato objetivo”. Existe una herramienta que forma parte de las habilidades sociales llamada asertividad, te invito a que la busques en internet o algún manual, te será de gran ayuda ;).

– Opina cuando te pidan opinión: existe un mal endémico en nuestros días, y es que todos sabemos de todo. Por ello, cuando conversas con alguien y sin que te pida tu opinión al respecto, vas y opinas… Pero si la otra persona solamente quería contarte algo que le había ocurrido o pensado, le interesa tanto tu opinión como a ti su historia: nada!.

– Juzga y valora tras conocer, al menos, parte de la historia: y ya puestos a opinar, ¿por qué no juzgar? Así de paso te quedas tan ancho y como es lo que piensas y para tí es la verdad ¿quién tiene derecho a llevarte la contraria? Yo juzgo porque sí, y punto! Creo que estás equivocado, ya que la verdad es uno de los aspectos más relativos de la vida. Sería interesante que comenzases a plantearte si verdad de los otros también existe y es la misma que la tuya.

– Descalificar e insultar no es sinónimo de sinceridad: insisto de nuevo en la asertividad, que supone la habilidad para defender los intereses y opiniones propios, respetando los de los demás. Si no eres asertivo, aprende, y si te cuesta, mientras tanto no insultes. Además ser una falta de respeto, es un claro indicador de cual es tu nivel de educación, piénsalo.

– La guinda del pastel“Es que yo soy así, y me apetece decirlo” unido a “Si no te gusta, te aguantas porque es la pura verdad”. Esta es la fórmula magistral en la que se apoyan este tipo de conductas y pensamientos, cuyo argumento se desmorona al mínimo atisbo de empatía y cercanía. ¿Te gustaría que los demás te dijesen eso a tí? ¿Y te gustaría que, además, lo hiciesen de esa forma? ¿Cómo estás haciendo sentir a esa persona que tienes enfrente al “soltarle” tu verdad a bocajarroEmpatiza, verás como las reglas del juego cambian.

Estas “recomendaciones” son fruto de mis propias meteduras de pata y de la falta de empatía que he tenido en algunas ocasiones, por lo que quisiera aprovechar para pedir disculpas a todas esas personas a las que les he dicho esas innecesarias o desafortunadas “verdades como puños”. A todas ellas, mil disculpas, sabed que ahora pienso que la sinceridad, la descarnada y cruel…está sobrevalorada.

Artículo originalmente publicado en Dreamscoachtrue.com.

Fuente de la foto: sacredsexyu.com

En unos días (exactamente cuatro!) me quedo de vacaciones, como muchos españoles, como tú. Incluso a estas alturas puede que ya lo estés o a punto de estarlo.

Pero a pesar de que todavía no lo estoy, hace semanas, incluso tengo la sensación de que son meses, los medios nos inundan con posts sobre las vacaciones. Te recuerdan qué hacer, cómo sacarles partido, qué aprovechar y qué no, a dónde ir y con quién… para luego más tarde, saber gestionar el síndrome postvacacional a su vuelta. No se a tí, pero a mí, todo esto comienza a generarme tanto o más estrés que el día a día…

He leído en algún lugar, seguramente dicho por alguien importante (no es con tono irónico, de veras), que debemos un buscar un trabajo que amemos tanto que no deseemos que llegue el viernes ni las vacaciones. Un trabajo del que no necesitemos ni busquemos desconectar porque sea nuestra pasión y nuestra vida. Te aseguro que a mí el mío, me encanta, lo disfruto y aprendo cada día, cosa agradezco enormemente, me da muchas satisfacciones y me hace feliz. Pero también tengo otras pasiones: mi familia, mis amigos, mi tiempo libre, yo misma. Y necesito tiempo para esas otras pasiones, necesito reponer fuerzas y equilibrar cada uno mis roles, así que admito abiertamente y sin miedo: necesito vacaciones!

Como te decía, en unos días me quedaré de vacaciones, y como no me gustan las lecciones ni los consejos, prefiero contarte lo que voy hacer yo en las mías, frente a lo que me piden la mayoría de artículos, año tras año:

– Aprovecha las vacaciones para leer y aprender cosas nuevas: O no, porque este verano pienso dedicarme a estar en los lugares que me apetece, sin leer, sin móvil, disfrutando y saboreando de cada momento, de cada conversación, de cada mirada. No leeré artículos, ni libros, ni entraré en las RRSS, no voy a aprender nada nuevo, más allá de los olores, sabores y sensaciones que perciba en mis vacaciones. No pienso memorizar más que los sonidos del ambiente o las imágenes que pasen ante mí durante esos días.

– Gestiona bien tu tiempo y sácale partido: O no, quizás sea mejor gestionar mis emociones y mis necesidades, hacer lo que me apetezca, sin reloj, sin prisas, sin horarios establecidos. Comeré cuando tenga hambre, despertaré cuando ya no tenga sueño (o me despierte mi hija…), me acostaré cuando esté cansada. Voy a levantarme por la mañana e intentaré no hacer nada “productivo”, sin nada planificado e iré dejándome llevar en cada momento por lo que me plazca..

– Conoce lugares nuevos: O no… En este caso yo me voy a un lugar que no conozco, pero es una zona muy visitada en otras ocasiones ¿Motivo? Busco el mismo ambiente, el mismo clima, la misma gente. Pero podría haberme quedado en mi casa, en mi tierra, o viajar a lugares que ya conozco y donde me siento cómoda. Mis vacaciones son para ir a dónde quiera, no a dónde vayan los demás o esté de moda: mi tiempo, es mío.

– Planifica tu viaje con antelación y ten siempre un mapa cerca: O no… Voy a ir un lugar que no conozco, y lo haré sin planos ni mapas (ni GPS…). Preguntaré a los lugareños, me perderé por caminos y me encontraré con lo inesperado, y además, me encantará. Escucharé recomendaciones de primera mano de dónde ir a comer, tomar un café o ver una puesta de sol, y lo haré en primera persona, para poder agradecer de manera cercana, que es como a mí me gusta.

– Revisa tus tareas pendientes y aprovecha para programar el resto del año: O no… Definitivamente, no! Me voy a descansar, no a estar con una agenda en la mano o el móvil para anotar la planificación de los meses próximos. Voy a disfrutar de mi familia, a descansar, a ver pasar las horas y mirar al infinito, y eso no es compatible con gestionar mis tareas pendientes y planificar las próximas.

­– Aprovecha las vacaciones para tu crecimiento personal y usa tu inspiración veraniega para escribir: O no… ya me paso todo el año en permanente desarrollo y buscando la inspiración en cada instante. Ya empleo mucho tiempo del día a día en estar con la libreta cerca por si surge algún tema interesante sobre el que reflexionar y compartir. Por lo que en estos días, dejaré que ese crecimiento y aprendizaje de meses atrás, fluya, se deje sentir, y lo disfrutaré. En cuanto a la inspiración, confiaré en ella, y si algo es lo suficientemente bueno, podrá esperar al mes de agosto.

En definitiva, son tus vacaciones, tu tiempo, tu vida. No me escuches a mí ni a nadie: haz lo que te apetezca, vete a dónde y con quien quieras, disfruta de lo que puedas, y no te dejes aconsejar. Yo, haré lo propio con las mías. Nos vemos en agosto!!!!

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Hay personas que dicen que la buena suerte existe, y yo soy una de ellas. Pero no la buena suerte que cae del cielo, o la que se basa en el destino o la casualidad. Creo en la buena suerte que se crea y se construye día a día, en la que tiene una base real de sueños que se convierten en objetivos a golpe de fecha en el calendario.

Creo en la buena estrella, creo en mi buena estrella…

Cuando comencé a escribir este post, lo hice desde la visión más objetiva que te puedas imaginar. Con un titular, un desarrollo y unos puntos basados en recomendaciones para hacértelo más fácil. Pero a medida que el texto avanzaba, me di cuenta de que estaba escribiendo un agradecimiento en voz alta a todas aquellas personas que han hecho que hoy pueda hablar de mi buena estrella. Y entonces, me dejé llevar.

Me gustaría compartir contigo aquellas cosas que, vistas hoy desde la distancia, con perspectiva y tranquilidad, son la causa de que pueda considerarme afortunada. No todo el tiempo, no ante cualquier circunstancia, pero sí la mayor parte de mi vida me he considerado así: una persona con suerte.

En la base del éxito para conseguir objetivos en la vida, he descubierto que hay una serie de constantes que se repiten, tanto desde mi propia experiencia como la de las personas que ha depositado su confianza en mí a lo largo de estos años. Te las cuento por si pudieran servirte, estoy segura de que al menos, te harán reflexionar:

Sé dueño de tus decisiones y también de sus consecuencias: arriésgate a dominar por completo tu vida y crear oportunidades que no llegan, disfruta de los éxitos que consigas y aprende de los errores cometidos. Todo habrá sido fruto de tu determinación, y eso en un éxito en sí mismo.

Comparte momentos y experiencias: mi buena estrella ha sido siempre saber elegir las personas con las que compartir mi vida. Tengo una gran familia que me apoya y que es grandiosamente imperfecta, comparto vida y sueños con un maravilloso marido desde hace más de media vida, y desde hace 3 años, compartimos el proyecto de nuestra vida: ver crecer a mi hija Alba. Pero mi buena suerte, no se acaba aquí, pues poseo amigos, con mayor o menor antigüedad, que me aportan todo aquello de lo que carezco y siempre suman.

Aprende de los demás y hazlo de manera continua: desea aprender y crecer siempre, no te canses. Busca personas interesantes que te aporten y a las cuales aportar, intercambia conocimientos y experiencias. Eso te hará más grande, mejor persona y eso deberá formar parte de tu búsqueda de la excelencia.

Date tiempo para superar lo que te ocurre y escapa de tu control: no todo sale bien, no siempre se consigue lo que se desea, y eso es algo que debes aprender cuanto antes. Aquellas cosas que no entren dentro de tu responsabilidad y de las cuales no tengas el control, puede no se lleguen a conseguir nunca. Prueba, observa, experimenta, busca alternativas… y cuando descubras que ya no depende de tí, asúmelo y date tiempo para superarlo. Esto ocurre con los objetivos, los acontecimientos y las relaciones, forma parte del aprendizaje de la vida.

Rodéate de personas que den luz: busca personas que iluminen tus días. Ya sé que puede parecerte un tanto cursi, pero te aconsejo que pruebes. Busca tener en tu vida personas que te inspiren, que te inviten a ser mejor, que sepan más que tú, descubrirás el placer de disfrutar de sus éxitos y de estar cerca de esa luz que desprenden. No es tuya, pero formas parte de ella de alguna manera, ¡qué gran regalo!

Deja ir a quienes no te aportan: al igual que en el caso anterior debes buscarlas, aquí tienes que dejar ir a esas personas. A veces es cuestión de tiempo, otras de que las circunstancias que os unieron un día ya no existen. Lo importante es que ya no sumáis en vuestras vidas y podéis impedir el uno al otro encontrar a quienes sí lo hagan. Te estoy hablando de trabajos y relaciones profesionales, pero también de relaciones personales. Si no aporta, suelta lastre; si no suma, deja ir, déjate ir. Aunque duela, es lo mejor para ambas partes.

– Acepta el cambio como parte de la vida: cada día que pasa eres diferente al anterior y, afortunadamente, nos pasa a cada uno de nosotros. El cambio constante requiere de un esfuerzo permanente para ser aceptado, pero es algo necesario y que te hará mejor, siempre que tú lo quieras ver así. Aprende a asumir los efectos del paso del tiempo y la repercusión de tus actos, en ti y en los demás, la vida te resultará mucho más fácil de entender.

Agradece lo que tienes y te has ganado y lucha por lo que quieres conseguir: todo lo que eres y has conseguido tiene un motivo, agradece poder haber llegado y disfruta de tus triunfos, vívelos. Pero no olvides seguir luchando por lo que quieres hasta donde te permitan tus fuerzas, sin olvidar saborear las victorias que has ido sumando en el camino.

Como te dije al inicio, este post fue tomando poco a poco forma de agradecimiento. Detrás de cada punto tratado, hay una persona, una vivencia, una circunstancia vivida por mí o por alguien que me permitió estar cerca en esos momentos. No puedo poner nombres, no acabaría nunca, pero yo sé quienes son y eso hace que tenga muy claro el motivo de mi buena estrella: todos ellos son mi buena estrella.

 

Y tú ¿puedes poner nombre a tu buena estrella o dejas todo en manos del destino?

Esa buena estrella ¿está en ti o en los demás?

Fuente de la foto: Pixabay.com

 

«Mi buena estrella» Gabinete Caligari, 1989.