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Influerexia o la tendencia a pensar que influimos de manera poderosa en los demás

Un sesgo cognitivo es un efecto psicológico originado por una distorsión, prejuicio o interpretación errónea de la información que percibimos y damos sentido. Es una forma rápida de etiquetar situaciones que vivimos y con ello, ahorrarnos un gasto extra a la hora de abordar cada contexto situacional desde le visión y juicio críticos. Con ello, conseguimos responder de manera rápida a múltiples situaciones complejas del día a día, imposibles de abordar sin ese filtrado subjetivo dejando a un lado el procesamiento racional, pero de una manera inconsciente.

De ahí, que la psicología cognitiva hace décadas que lo estudia en profundidad para conocer y abordar esos atajos mentales (procesamiento heurístico), emociones o aspectos sociales que subyacen a estos sesgos cognitivos y que inundan nuestras tomas de decisiones continuas, ya sean más o menos importantes.

Daniel Kahneman (junto a Amos Tversky), es a quien se le atribuye el concepto y su principal divulgador desde 1972, al iniciar las primeras investigaciones sobre las dificultades de las personas para razonar ante situaciones y órdenes complejas, antes las cuales se generan esos “atajos” basados más en elementos intuitivos, irracionales, emocionales o culturales. Algo de valor tendrán estos dos señores y todo el revulsivo que vino en los años posteriores respecto a la toma de decisiones racional, cuando en 2002 Kahneman compartió con Vernon Smith el Premio Nobel de Economía.

 

Y mientras profundizo en los sesgos y sus clasificaciones, efectos y formas de manejarlos, me doy cuenta de una importante carencia en ese listado que está de rabiosa actualidad y nos entra por los ojos, que está en el aire y nos obnubila. A este enorme listado le falta la influerexia o tendencia a pensar que influimos de manera poderosa en los demás.

 

Otra vez me vengo arriba, cual @susicaramelo con su #pibonexia (ríete tú que está a un paso de ser citada en cualquier revista científica Scopus). Sigo en mi intento fallido de hacerme viral de alguna forma y dejar el mundo de los mortales, viajar en jet privado y que me graben un vídeo emocionándome al recibirlo. Allá cada uno con sus sueños y sus emociones, no? Mientras tanto, me seguiré dedicando a trabajar como psicóloga e intentando que las organizaciones y las personas con las que trabajo consigan sus objetivos de una manera más eficaz, más ecológica…con todo el esfuerzo por su parte que requiere, y no por mis poderes mágicos de influencia.

 

Veo tremendamente necesario abordar este síndrome, para poder definir y diagnosticarlo (ya sabes que a los psicólogos nos chifla eso de etiquetar todo y definir), porque quizás sea yo, pero detecto cierta influerexia en el aire. Muchas conversaciones con «colegas», demasiados casos de transformación vital, excesos de charlas motivacionales y subidones de  oxitocina y dopamina, increíbles poderes cósmicos para modificar pensamientos instantáneamente, saturación de gurús jugando a ser dioses ... Y tengo la hipótesis de que esta influerexia es altamente contagiosa y difícil de erradicar (no está la cosa pa bromas con este tema, pero tenía que contártelo hoy).

 

La tremenda obsesión por transformar vidas, por dejar imborrables huellas en otras personas, por dejar este mundo mejor, por contar con ábacos, likes o aplausos lo importante que uno ha sido en el destino de los demás, nos ha llevado a desarrollar un síndrome.

 

Influerexia o la tendencia a creer que influimos más en los demás…de lo que realmente influimos.

 

Del “yo puedo con todo”, hemos pasado el “yo puedo influir sobre cualquiera que me lo proponga” o “yo puedo cambiar vidas”. Mira lo que te digo, de ahí a una sanación por imposición de manos o una lectura mental por mirada cósmica, estamos a un paso.

 

Poca broma…

 

Pensar que influyes en las personas de las que te rodeas, de una manera tal, como para que cada conversación sea “poderosa” y seas el inicio del CAMBIO, es como pensar que esa mesa de cristal a la que acabas de quitar el polvo, se queda limpia. Es algo momentáneo, temporal, y que sólo se producirá si la persona (o auditorios) está preparada para ello y ha realizado todo el trabajo previo necesario, además de continuar dicho proceso una vez desaparezca ese chute de motivación (influencia?) inicial. Y esto, con suerte de que alguien llegue a escuchar realmente lo que dices.

 

Por si acaso, te enumero de manera rápida y sencilla, que no está la vida para perder el tiempo con tonterías, los principales síntomas de la influerexia:

  • tendencia a la confirmación sobre el poder ejercido en los cambios de vidas ajenas.
  • disfrute y recreo en la tendencia anterior.
  • repetición constante de la importancia y valor de opiniones propias, otorgado por uno mismo o público (léase, fans).
  • necesidad imperiosa de solucionar problemas ajenos, aún no habiendo sido solicitada su ayuda.
  • firme creencia de poderes superiores únicos e intransferibles.

 

Para poder emitir un diagnóstico clínico del síndrome, han de darse y coexistir al menos 3 de estos síntomas de forma persistente durante 3 meses (a ver quién es el guapo que aguanta esto 3 meses para ver si es verdad o no que tienes frente a ti a un influeréxico).

 

El síndrome se encuentra en estos momentos en estado de investigación y validación, a través del método científico usando un muestreo por conveniencia o fórmula mixta (con muestreo intencional). Es posible que la metodología evolucione favorablemente en los próximos meses tras recabar más datos y tener una población más amplia con la que poder trabajar.

 

Si crees que conoces a alguien que pueda estar desarrollando el síndrome o presente alguno de estos síntomas sin ser diagnosticado, ponte en contacto conmigo y colabora con la humanidad en la erradicación y prevención precoz de un síndrome que, más que cambiar vidas, las puede llegar a destruir mientras levanta un tremendo dolor de cabeza y agotamiento a quienes lo sufren de cerca.

 

Imagen: pixabay.com

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El arte de hacer preguntas poderosas: cuestión de magia

No me he podido resistir y (de nuevo) he usado un “título trampa” a los que tanto recurro desde la crítica del tipo “Cómo conseguir ser feliz en 10 pasos” o “Las 20 cosas que debes hacer antes de cumplir X años”.

 

Lo siento.

 

Buscaba lo mismo que buscan quienes usan este tipo de artimaña: llamar tu atención. Pero usando la psicología inversa en el contenido. A ver si nos cunde a ambas partes. De momento, aquí estás y eso ya es un puntazo.

 

Todo este embrollo parte de la inspiración que me generan muchas conversaciones privadas con personas que no conozco más allá de su perfil en RRSS, pero que aportan muchísimo a mi desarrollo cotidiano. Podría nombrarte un montón (algunas de ellas, se niegan en rotundo!) pero hoy quisiera destacar el papel de Plácida Martín.

Desconozco cómo llegamos la una a la otra, pero fue para quedarse hace ya un montón de tiempo y sus aportaciones y reflexiones privadas a mis posts…son tremendas. Tanto, que muchas veces consigue que le de la vuelta por completo a mis planteamientos y vea más allá de lo que veía a la hora de compartir pensamientos en la red.

 

En esta ocasión dio en la diana de algo tan importante como la capacidad para hacer buenas preguntas, en muchas profesiones como la mía, incluso diría necesidad. Y de ahí surgió este post.

 

Ni El arte de hacer preguntas, ni La magia de preguntar, ni Preguntas poderosas: como por arte de magia. Huyo de todo lo que tenga que ver con el arte, la magia, los trucos demás artificios. Hay profesiones maravillosas que ya cubren estos aspectos de la vida como son los magos y los actores, y obviamente, no es mi caso.

 

Para saber hacer buenas preguntas tienes que saber hacer algo básico: escuchar.

♦ Querer y saber escuchar, pero escuchar bien. Ni oír, ni escuchar por encima, ni a ratos, ni (sólo) lo que te convenga: escuchar activamente, como se dice a nivel teórico.

Querer escuchar y hacerlo hasta que te llegue a doler la cabeza, hasta olvidarte de ti mismo y tus circunstancias y hacer un “buen” uso de la información recibida. Saber escuchar al otro de manera global a nivel comunicativo y expresivo, sobre todo cuando la comunicación es en directo (hoy día estamos tan supeditados al texto y al 2.0 …).

Como comprenderás, y yo soy la primera que levanta la mano, no puedes hacer esto todo el tiempo: es agotador. Pero de no hacerlo todo el tiempo a no hacerlo nunca, cuando ya sabes de sobra los beneficios que traería a tus relaciones y la consecución de tus objetivos. Tú sabrás…

 

 Y más allá de esto de la escucha activa (no voy a incidir porque sería la enésima persona que te habla de ello y ya hay quien lo hace estupendamente), para saber preguntar hay que estar abiertos a cualquier respuesta. Me explico: a que te respondan lo que NO quieres escuchar, lo que ya sabías pero NO te apetece oír de nuevo, a lo que remueva tus cimientos. Sobre todo a esto.

Saber preguntar implica ser receptivo y no dar ninguna respuesta por obvia, no dar nada por hecho. Esto supone para ti un ejercicio muy importe de ser “tabula rasa”, algo que por naturaleza no somos y que también acarrea un enorme esfuerzo y cansancio.

No intentes adivinar, anticipar o concluir por el otro. Se trata de conversar, preguntar e intercambiar información ¿en qué momento te ha pedido que le digas lo que ves en tu bola de cristal?.

 

 Saber preguntar conlleva un aprendizaje continuo: a medida que preguntas, recibes información que tienes que integrar en lo aprendido y muchas veces no encaja ni con lo que esperabas, ni con lo que sabías. Matizo: saber preguntar conlleva un desaprendizaje continuo. Y si ya aprender de manera constante era agotador, ahora súmale el estar abierto a admitir que lo que te servía ya no te sirve y que lo pensabas que era, ya no es. Y todo lo que puede salir de ahí… No sé si querrás seguir leyendo después de todo esto, estoy sudando sólo de pensarlo. Y yo, no sudo ni el gimnasio ;).

 

♦ Saber preguntar entraña querer ayudar, actitud de servicio (que no servilismo) al otro. Hacer preguntas para acompañar, facilitar, guiar, comprender…pero siempre poniendo en primer lugar al otro.

Acabáramos! Encima de que usas tu tiempo en “interesarte” (de la palabras interés, me hace dudar aún más de su valor…) por el otro, le ayudas con sus historias… vas y tienes que cederle el protagonismo absoluto en sus vidas! Esto es inadimisible. Cada vez se complica más esto de saber y querer hacer bien las preguntas. Estoy a punto de tirar la toalla.

 

 Saber preguntar supone estar en silencio. Un silencio para dar paso a la otra parte y favorecer su comunicación, un silencio en calma y sobre todo, un silencio presente, consciente. De nada sirve estar callado para desconectar ni para elaborar la próxima pregunta: en la primera opción tu cuerpo te delatará (sabemos cuando alguien mira “a través” de tí, cuando alguien se ha ido de la conversación) y en la segunda, tu cerebro no te permitirá ser consciente de todo lo que ocurre mientras la comunicación fluye.

No te obsesiones con las preguntas poderosas, ni con preguntas tan largas y complejas que cuando la acabas no sabes ni lo que querías preguntar (me ha pasado, sí, sí, tal cual…).

No fuerces tu lenguaje y uses palabras que no formen parte de tu vocabulario habitual, ni te inventes giros gramaticales sacados de la chistera. Parecerá un chiste más que magia.

No te empeñes en parecer lo que no eres porque en realidad lo único que quieres, si en realidad estás haciendo bien las preguntas, es escuchar.

 

En resumen, para hacer buenas preguntas, hay que:

♦ Querer y saber escuchar, pero escuchar bien, de verdad.

♦ Ser receptivo y estar abiertos a todo tipo de respuestas.

♦ No anticipar, pronosticar o sacar conclusiones antes de tiempo.

♦ Realizar autocrítica y des-aprender de manera continua.

♦ Querer ayudar y nunca ser el protagonista de la conversación.

♦ Estar presente, consciente y en silencio.

♦ No presumir ni usar lenguaje forzado, poco natural: no fingir ni aparentar.

 

Con esto los trucos, la magia, el arte, el espectáculo y las máscaras….poco o nada tienen que hacer. Porque poco o nada tienen que ver.

 

Imagen: pinterest.com