Cuando la diferenciación es lo único que te diferencia

A veces escribo un post para hacerte llegar aquello en lo que te puedo ayudar, otras para compartir conocimiento, otras como fruto de una reflexión o una opinión. Este de hoy, como otros muchos que no te he explicado al principio, es por intentar aclara(me)…

 

Como dice la Programación Neurolingüística (PNL) cada uno de nosotros ve el mundo desde su perspectiva y nos creamos una realidad a la que llamamos mapa. Pues yo, tengo un mapa concreto sobre la diferenciación, y de esto me gustaría hablarte hoy.

 

Referentes en marca personal a los cuales sigo y me ayudan muchísimo a crecer y a mejorar cada día (David, Andrés, Eva, Elena Guillem por poner algunos ejemplos) inciden en la diferenciación como un factor clave en el éxito de nuestra propuesta de valor, siendo ésta la que haga que nos elijan frente a otros y nos posicione como la mejor elección posible. Vamos, que destaquemos entre el resto y digan: “Yo quiero a est@!”.

 

Y ahí empieza mi debate interno que quiero compartir contigo a ver si consigo aclararme. Más allá de la necesidad de profundizar en lo que te hace diferente al resto (siempre tendiendo a ser mejor, claro, porque para mal ya vamos por naturaleza) y de sacar partido a esas características que ya poseemos, ¿no crees que se nos está yendo de las manos lo de ser diferente?

 

A nivel profesional buscamos destacar, ser mejores que el resto, tanto cuando estamos en una organización, como mientras buscamos estarlo o al ser nuestros propios jefes (eufemismo barato de ser autónomo). Para destacar y ser la opción elegida, hay que saber en qué se distingue, en qué se es bueno o mejor que el resto, cuál es nuestro potencial en uno u otro contexto. Y crear nuestra propuesta de valor, en base a esos matices que nos diferencian de los demás para que se más fácil que nos elijan frente a otros. Y hasta aquí, amén…

 

Pero de aquí en adelante es donde me pierdo al observar tanto en la red como en el directo, diferenciaciones que son auténticas obras de teatro, guiones de Hollywood de ciencia ficción y dramatismo absoluto, disfraces al fin y al cabo.

 

Quiero que sepas, que ya eres diferente al resto de la humidad desde el minuto 1 que naces, salvo que tengas un hermano gemelo homocigótico (esto no es ningún insulto…), pues tu código genético es único. Y de ahí en adelante, nadie como tú podrá percibir, sentir, aprovechar, asimilar y devolver al mundo el impacto que ha tenido en ti la educación, contexto, valores, estudios y experiencia de vida que has tenido. Con lo que lo único que tienes que hacer es…ponerte manos a la obra y darle forma. Es decir, conocer en profundidad todo eso que ya posees y estructurarlo en un discurso y propuesta formal de objetivo profesional. Pero parte de la base que ya lo eres, ya lo tienes, ya lo haces, aunque quizás no lo sepas o no sepas qué hacer con ello, algo para lo que el autoconocimiento es vital (ya sabes que soy muy fan).

 

Esa diferenciación ya existe, pero lo hace dentro de un contexto en el que es muy posible que hagas cosas parecidas a lo que hacen otros, ya que estás influenciado por la misma cultura, bebes de las mismas fuentes, perteneces a una misma generación y te mueves en los mismos círculos…. Y ¿sabes qué? Que no pasa nada porque seas igual al resto de profesionales en muchas factores compartidos, porque al mismo tiempo también tienes matices muy sutiles que hacen tú seas único. Esa es la auténtica diferenciación de tu proyecto personal, de tu objetivo profesional.

 

Una cosa es definir tu propuesta de valor en base a lo que te hace diferente, que ya tienes o puedes llegar a dar forma. Y otra muy distinta es ponerse a inventar la cuadratura del círculo, a innovar de tal manera que llegues a deformar la autentica esencia que te define. La diferenciación que tiene éxito es aquella que, a pesar de estar definida estratégicamente y gestionada de manera profesional, es planificada y tiene un objetivo, no deja de ser algo natural y coherente.

Definir ese elemento diferenciador y hacerlo a través de un proceso de gestión de marca personal dista mucho de sentarte a idear (por no decir falsear) qué es lo que tienes que hacer nuevo, que te haga diferente al resto, pero que nada tiene que ver contigo ni eres capaz de defender en tu objetivo profesional. Esa diferenciación que te hace destacar, no deja de ser un anticipo de todo lo demás, pero de algo que ya eres.

 

Cuando en esta diferenciación, empiezan a aparecen artificios nuevos, acciones impostadas (viene del término impostor, no te digo más), creaciones alejadas de lo que te hizo plantearte definirla y hacerla comprensible y visible para el resto, le resta valor en lugar de sumarlo. Y además, es algo evidente para ese público al que te diriges y al que quieres convencer, porque tarde o temprano, te cansarás de fingir lo que no eres o no va contigo.

 

De seguir así, si nos ponemos tontos que esto de diferenciarse por diferenciarse, llegará un momento en que se ponga de moda ser del montón (por no decir normal y entrar en discusiones sobre la “normalidad”).

Imagen: Marco Grob (Lady Gaga)

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El lado oscuro de la coherencia

Hay que ver para cuánto da una comida de Navidad con dos buenas amigas (vosotras ya sabéis quiénes sois…) y una larga y sincera sobremesa. Desde diciembre lleva madurando este post, imáginate la cantidad de vueltas que le he dado al tema y lo que ha supuesto para mí.

Aunque pueda parecer irrelevante, creo que es necesario que te ponga en contexto, por lo que intentaré hacerlo de la forma más breve posible.

 

Estas amigas me conocen desde hace casi 10 años y han vivido conmigo una serie de circunstancias que nos han unido a pesar de vernos muy poquito y de estar una de ellas a más de mil kilómetros. Al grano que ya me lío… Ambas conocen de primera mano mi opinión sobre una persona, opinión que es (bueno era…) compartida y hablada en multitud de ocasiones. Opinión…que de un tiempo a esta parte, ha cambiado por una serie de motivos (esos sí que son irrelevantes).

 

El meollo del post viene a continuación: tras compartir, y casi debatir, este cambio de opinión, soy “acusada” de incoherente, cualidad que me define por excelencia y que llevo por bandera (prometo que no son mis palabras, pero podría hacerlas mías en cualquier momento). Me sorprende la dificultad para explicarme y hacerme entender al respecto, pero no logro convencer a mis acompañantes de que lo opinaba hace 10 años, ha cambiado, al igual que lo he hecho yo, y que tengo todo el derecho del mundo a ejercer libremente dicho cambio. Pues nada, oye! Que soy una incoherente por haber cambiado de opinión.

 

Conste que las sigo queriendo muchísimo a ambas, pero removieron en mí algo que no me gusta en absoluto: la sensación de culpabilidad por cambiar de opinión. Me fui dando un paseo sin prisa por el casco viejo de Oviedo mientra maduraba la idea y nació este post.

 

¿Cómo es posible que en un mundo tan convulso, donde todo cambia tan rápido, donde todo parece caduco a la media hora de haber sido creado… nuestras opiniones tengan que ser inamovibles?

¿Cómo puede ser que nos cueste tanto entendernos y hacer comprender que el cambio es innato al ser humano?

¿Cómo pretendemos fomentar la evolución y desarrollo constante si lo primero que frenamos es el propio derecho a cambiar y al mismo tiempo sancionamos a quien lo hace?

 

De repente, mi apreciada coherencia, tan frecuente en mi vocubulario se volvió más una losa que unas alas. Me imaginé con una esposas doradas, presa del peso de la coherencia como una tremenda limitación que, según con quién me topase, no me permitiría avanzar al ritmo que yo considerase oportuno. Y me ví, te prometo que me ví, muy lejos de esa libertad que había traído siempre consigo la coherencia de la mano.

 

Por un lado, he de admitir que fui la primera en pasar por el trance de traicionarme a mí misma al cambiar de criterio y además, de hacerlo sobre algo que era público y compartido en mi entorno cercano. Resuenan en mi cabeza: “¿Pero qué te pasa? ¿Cómo me ha dado ahora por “esto”? ¿Qué pensarán de mí? ¿Creerán que soy una falsa?¿Incoherente yo?” Buf, qué presión!

Pero más allá de todo esto, surge la sensación de faltar a la verdad, a mi verdad, a pesar de considerar que tengo motivos para cambiar de opinión. Y las tengo, vaya si las tengo! Entonces soy “valiente” y decido ejercer y hacer público mi derecho a cambiar de idea, a hacerla pública y asumir sus consecuencias.

 

Y una vez superadas todas estas trabas internas inherentes al propio cambio (paso de llamarlo zona de confort, que me da mucho hastío…) soy testigo una vez más, y además en carne propia, de las resistencias humanas a la evolución implícita en la propia vida. Mi entorno, el contexto en el que vivo, no me facilita en absoluto esa transformación y más allá de mi propia dificultad, es mi círculo vital el que me dice abiertamente ante cada cambio que soy una incoherente.

 

Sigo pensando, y ahora me gustaría que lo hicieras tú también: ¿nunca has pensado en la incoherencia de alguien por hacer esto mismo? Dime que no has pensado en lo maleable que es una persona determinada por hacer cosas diferentes a las que hacía…hace 10 años. Pues sí, yo también lo he pensado. Y mientras lo hacía, reforzaba mi propia coherencia como estandarte de firmeza de ideas, de ser consecuente con la elecciones tomadas en un momento determinado. Como si las opiniones fuesen un ente inmamovible y al cual debemos aferrarnos como testimonio de vida.

 

Con lo que aquí me tienes, dándole vueltas a la idea que tenía sobre la coherencia, tan usada como maltratada en las definiciones personales, en las pautas de una marca personal estratégica, en el sello de la autenticidad. Y ahora mismo no tengo tan claro que la coherencia, tal cual me la he topado estas navidades entre el turrón, sea la mejor opción.

 

En resumen (modo irónico activado al máximo):

  • Si eres coherente, nunca podrás cambiar de opinión
  • Si eres coherente, te dolerá evolucionar y pensarás que te traicionas
  • Si eres coherente, tu entorno no te permitirá cambiar de idea, así como así (sobre todo cuando la nueva sea opuesta a la suya).
  • Si eres coherente, tu contexto te hará dudar de tu esencia y tu autenticidad.
  • Si eres coherente, no puedes ser flexible y adaptarte, porque te transformas automáticamente en incoherente.
  • Si eres coherente, no gustarás a todos. Pero si eres incoherente…tampoco. Ay, que esto no venía mucho a cuento, pero de paso te lo recuerdo que nunca viene mal.

 

Y viendo lo visto, ya no tengo tan claro si alardear de mi coherencia o no. Me arriesgo a que me veas como una incoherente, quizás me sea más útil para adaptarme a este entorno VUCA, donde todo muta a la velocidad de la luz…

 

Imagen: google.com

 

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#PersonasConAlmaAnónimas: ¡Maldita cafetera!

No, no es el título de ninguna canción de emisora Millenial ni lo que piensas cuando se te atasca la cápsula de la Nespresso. Es lo que pensó la protagonista de esta historia cuando su horizonte laboral empezó a volverse oscuro.
Y obviamente, el problema no era el café ni la cafetera…

Te cuento a través de mis ojos esta historia que ha tardado más de un año en ver la luz y ha tenido que ser a través de los míos, porque los de la protagonista aún se nublan al hablar de ello.

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Me veo caminando como cada día, paso a paso voy cruzando aceras y calles que me llevan a mi trabajo. No canto ni bailo porque soy de carácter reservado, pero si pudieras verme “por dentro”… lo estaría haciendo. ¿Sabes esa sensación de sentirte bien y plena con tu vida, con tu trabajo? Pues esa, soy yo. Sólo que por fuera, no se ve.

Llegar a la oficina y sentirte una más del equipo, estar alineada con los objetivos de la empresa (con lo difícil que es eso!) , saberte valorada… Eso es lo que hace que cada día vaya con una sonrisa a trabajar, a pesar de los imprevistos y dificultades que surgen. Como en cualquier contexto donde conviven personas, porque las organizaciones están hechas de eso, personas.

 

Y me veo allí tan feliz, en mi puesto de trabajo: llamadas, clientes, informes, papeles, visitas… Todo fluyendo, con pequeños tropiezos que se solventan con esfuerzo y colaboración de todos, y con ganas de ir a más, siempre de ir a más.

Así me veo hasta que un día, después de muchas sutiles señales de el cambio estaba por venir, se hacen evidentes mis sospechas: soy un estorbo. Cuando alguien llega nuevo a un equipo siempre hay una fase de reajuste, con recelos y desconfianzas por ambas partes, que con el tiempo desaparecen si hay buena intención y ganas de colaborar. Pero cuando el fin de esa incorporación es otro, obviamente los resultados también.

 

La aparición de una nueva persona en escena, precipita una serie de acontecimientos tan desagradables como despidos, ceses fulminantes, cambios drásticos en funciones. Todo ello acompañado de la peor parte de esta historia: desprecios, insultos, mentiras, menosprecios, bloqueos, presiones, faltas de respeto… que se expanden como el lodo en toda la organización. Tardan en llegar a mí, por la posición que ocupo, pero me afecta igualmente el hecho de ver como aquello avanza como la peste y no puedo hacer nada. Es más, sé que tarde o temprano llegará mi hora.

 

Y llega. Llega el momento: ¡maldita cafetera! Me resulta más fácil culparla a ella y que sea foco de mi ira, sobre todo, de mi frustración. Porque unas cápsulas de café (sí, como lo lees, unas cápsulas!) son la gota que colma el vaso en esta situación de mi anulación en la empresa se instala de manera permanente, y contra la que lucho todo lo que puedo. No es mucho, porque no en realidad no sé ni contra qué ni contra quién lucho, pero lo intento.

Durante meses, incluso años, la sensación de impotencia e indefensión se apodera de mí, llegando a generarme enfermedades como consecuencia de resistir en este ambiente tan hostil. Pero no es fácil dejar un trabajo que te gusta, en el que llevas media vida y para el que sabes que estás hecha, y sobre todo, sin saber el motivo por el cual todo ha cambiado y ya no es lo mismo.

 

¡Maldita cafetera! Me vuelvo a repetir una y otra vez. ¿Es por usarla más de lo debido, por dejar atascada la cápsula o por terminar el Ristretto y no reponerlo? No acabo de encontrar el motivo real de la decisión de mi despido un día de verano, previo a mis vacaciones. Y la culpo a ella, a la maldita cafetera. A sabiendas de que esto no tiene que ver ni con el café ni mucho menos con la cafetera, pero sí tiene su poso amargo cuando lo calientas más de la cuenta.

 

Después de montar y desmontar mil hipótesis sobre la cafetera y su influencia en mi futuro laboral, y a punto de tomar rumbo al sur como destino de vacaciones, soy despedida. Así, sin más. “No vuelvas más” tan sólo eso. Y ya no lucho, porque ¿contra qué? ¿contra quién?

 

Cruzo el país de punta a punta, esperando que el aire cálido del sur secase las lágrimas que he derramado durante el combate que había empezado por la maldita cafetera y de la cual no había podido tomar parte en realidad. Esas lágrimas que me acompañan a lo largo del viaje y que en parte, también son un indicador del alivio que siento porque todo ha acabado. Yo, nunca habría tomado la decisión por mí misma, no habría sido tan valiente. O quizás mi valentía fue la de quedarme y defender mi postura y aquello en lo que creo de la mejor forma que pude.

 

Aún hoy no tengo la respuesta, sólo sé que el sur, como siempre alivia mi dolor y me ayuda a ver de forma más clara la liberación que supuso para mí. Pero también aún hoy, se me nublan los ojos al pensar en todo lo que influyó en mi carrera, para mi acceso de nuevo al mundo laboral, en mi vida…y para no soportar ver una Nespresso a menos de 10 metros nunca más.

 

Imagen: Daria Grad-Berdak (pinterest.com)

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Cariño, tengo celos de Twitter…

* Dedicado a una persona excepcional con la que comparto mucho más que una vida: mi marido, Jaime Gayol.

Y de Facebook, de Linkedin, de Instagram, de Pinterest. O de cómo el peso de las redes sociales se puede volver una losa en nuestra contra….

Cuando ya pensaba que mi vida “social” era estable y tenía controlados Facebook y Linkedin como herramienta de trabajo y forma de difusión profesional, va y aparece él: Twitter. Sé que la gran mayoría de vosotros ya le conocíais o incluso sois influencers, pero no es mi caso.

A pesar de tener la cuenta activa hace casi 7 años, era un noviazgo que no había comenzado, simplemente nos habían presentado y ahí había quedado la cosa. Pero en estos últimos meses, la relación parecía que empezaba a tomar forma. Había comenzado a trabajar mi marca personal de manera más intensa y había visto claramente que era algo necesario y muy positivo, diría que casi imprescindible, el saber moverse adecuadamente en esta red.

 

Me encontraba inmersa en conocer su lenguaje, en seguir a los perfiles que me interesaban, en adaptarme a su ritmo y además amoldar mis necesidades a lo que me ofrecía. Pero en realidad, lo que me encontraba era agotada!!! “Da igual” me decía, “no desistas, lo dominarás” Y mientras persistía, tenía claros mis objetivos y quería llegar a un determinado número de tweets al día, de tener cierto número de seguidores y de que mi puntuación de Klout aumentase, me di cuenta de que me estaba perdiendo algo importante: mi vida.

 

Un día cualquiera, después de una larga jornada sin ver a tu familia, sin tener tiempo para tus amigos ni jugar con tu hija, me dispongo a “currarme” el Twitter y oigo a mis espaldas: “Cariño, de verdad, le tengo celos a Twitter”. Y aquella frase de mi marido me rompió por dentro, fue una bofetada de realidad para mí.

 

Aquí es donde empieza realmente la reflexión que vino días después de esa frase lapidaria que marcaría mi relación con Twitter y demás redes sociales: sé que es importante la presencia en la red, pero es más importante aún la presencia en mi vida. Siento contradecir a quienes predican que si no estás es como si no existieras, que no se debe dejar de publicar ni un solo día, a quienes insisten en estar activo y ser visible en la red, en estar pendiente de todo lo que ocurre. Lo siento de veras.

 

Se lo agradezco, de corazón. Creo en la sabiduría y bondad de sus consejos, en la necesidad de crear una imagen profesional estudiada y difundirla a través de las redes, de tener visibilidad y de estar ahí. Pero también necesito hacerlo a mi ritmo, con mis objetivos y según mis necesidades y sobre todo, sin ahogarme ni perderme nada de lo que está fuera la red. Necesito evolucionar en mi marca personal al mismo ritmo que en mi vida profesional, sin dejar a un lado y mimando como se merece mi vida personal, mi familia, mis amigos, mi tiempo…

Necesito sentirme presente en el café de la sobremesa con amigos, en la conversación banal durante la película después de cenar, pintando nubes en el aire con mi hija o hablando con mi madre por teléfono. Necesito estar presente en mi vida y no perderme ni un solo minuto.

 

He llegado a la conclusión de que no necesito 50000 seguidores, que no puedo (ni quiero) publicar al día 100 tweets, de que no tengo por qué ser una influencer… O al menos de momento, ya que ni estoy preparada para conseguirlo ni es necesario en mi realidad actual, ahora mismo es el momento de tomar decisiones respecto a Twitter y a mi vida.

 

Por eso, para los próximos meses me he propuesto estos sencillos objetivos para hacer que todo esto sea más fácil para mí y los que me rodean:

 

  • Restringir el uso de las redes sociales en tiempo y espacio: 5, 10 o 30 minutos, una jornada completa, pero que sea limitado y solamente en unos espacios en concreto (oficina, trabajo, despacho)
  • Dejar los dispositivos móviles en silencio en reuniones sociales, tiempo de ocio y de familia. Desconectar realmente y disfrutar de esos momentos.
  • Fijar unas metas realistas y adaptadas al tipo de vida de cada uno: aunque lleve tiempo, es necesario definir una estrategia y desarrollarla en un plazo determinado, mientras que por ello no suponga una pérdida de contacto con la “realidad física”
  • Aceptar las limitaciones e intentar aprender cada día, intentando que sean cada vez menos, pero sin prisas ni presiones.
  • Disfrutar con lo que se hace, sea el tiempo que sea…

 

Bien, pues ha llegado el momento de empezar a cumplir los propósitos y estar presente en cada momento de mi vida. Porque por si fuera poco, este verano me he abierto una cuenta en Instagram…

Y tú ¿estás presente en la tuya?

 

Fuente: Pixabay.com

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Los 6 síndromes que impiden una delegación eficaz

Tengo la sensación de que hasta que no te hablo de etiquetas, tipologías, clasificaciones y demás encasillamientos, cualquier tema sobre el que te hable no adquiere seriedad.

Y como quiero hablarte de manera muy seria sobre la delegación, he diseñado expresamente para ti, para que me hagas caso y me prestes atención de la buena, una serie de síndromes que impiden una delegación eficaz:

– Síndrome “Porque yo lo valgo”: Se trata de responsables de departamentos que piensan y hacen ver de manera muy clara, que nadie puede hacer las cosas tan bien como ellos. Básicamente les es imposible, dado que el tamaño de su ego inunda todo e impide ver la realidad del potencial que pueden tener al lado, del talento a desarrollar y explorar en su equipo. Infinitamente más sencillo dar ese golpe de melena tan característico del anuncio, que pensar que alguien, que además tienes a dos palmos, puede hacer sus tareas mejor que ellos, más rápido y de manera más efectiva.

– Síndrome “Porque yo lo digo”: Son personas al mando, que creen que el proyecto en el que se encuentran inmersos es su cortijo: ordenan, mandan, atan y desatan a su antojo. Y en ese antojo está el de no delegar, o el de hacerlo con criterios poco objetivos como el de “porque me da la gana”. Y ¿qué consiguen con esto? Además de alejar a sus colaboradores e infundir miedo por doquier, se sobrecargan de tareas de manera innecesaria. Lo cual incrementa su enfado pensando que tienen a su cargo un equipo inútil, dándose la razón a sí mismo sobre la idea de que sólo quien manda (casualmente él) puede hacer las cosas que se tienen que hacer. Y vuelta a empezar…

– Síndrome del “Conejo blanco”: Este no me lo he inventado yo, pero lo he traído aquí porque es muy frecuente encontrarse con personas con responsabilidad en las empresas que siempre, siempre tienen prisa. Y si no la tienen, se la crean, al igual que la ansiedad y exigencia extremada que transmiten a sus colaboradores. No consiguen tener un hueco en su agenda para desarrollar a su equipo, para detectar el talento oculto para formar, guiar, tutorizar, hacer crecer. No lo tienen nunca, y el motivo no es el tiempo, porque ese siempre va al mismo ritmo. Cuestión de prioridades

– Síndrome del “Gollum”: No voy hablarte de la personalidad múltiple que presenta este odioso y tierno personaje creado por Tolkien. Te voy a hablar de la necesidad, incluso compulsión, que tienen algunas personas de guardar cual tesoro conocimientos, funciones o responsabilidades. Ignorando que, lejos de ser una muestra de poder y competencia, es un reflejo de la inseguridad y el miedo a ser prescindibles, a que alguno de sus colaboradores sea mejor, a que alguien que no sea él. Ya sabes, “mi tesoro…”.

– Síndrome del “Psicólogo”: Como lees, del psicólogo como lector de mentes, como adivinador de pensamientos y predictor del futuro. Aunque con buenísima intención, hay personas que ocupan puestos de responsabilidad, cuyas artes adivinatorias les hacen saber (sin contrastar con los realmente interesados) el nivel de capacitación, preparación o interés de sus colaboradores. Casualmente, estos superpoderes siempre tienden a la creencia de que los componentes de su equipo NO quieren responsabilidades, NO saben hacer las cosas bien, NO están preparados… Y eso, es mucho más cómodo, aunque tremendamente agotador, que ponerse manos a la obra para dar forma a todo el talento que existe al alcances de sus manos.

– Síndrome de “La buena madre”: Al igual que en el caso anterior y con la mejor de las voluntades, en las organizaciones también existen personas con responsabilidad que intentan proteger a sus equipos. Y lo hacen con tanto esmero…que bloquean el desarrollo del mismo. Es habitual verles diciendo frases como “Ya tienen bastantes los pobres” o “Para eso yo soy quien más cobra”, con las cuales lo único que consiguen es generar limitaciones donde no las hay y dependencias innecesarias. Y el equipo por su lado, puede que deseoso de adquirir nuevas funciones y tareas como forma de sentirse valorados y mientras, la casa sin barrer…

 

Es posible que mientras lo hayas leído se te haya escapado alguna que otra sonrisa socarrona imaginando a cualquiera de tus (ex)jefes al lado de alguno de estos síndromes tan comunes. Conste que me haría una ilusión tremenda resultarte entretenida… Pero también es posible que alguien, en algún lugar, le haya venido tu cara a la mente al leer cualquiera de estos síndromes que nos alejan de una delegación eficaz.

Sea como sea, ninguna de las dos opciones tiene gracia. Así que háztelo mirar y no me hagas tener que inventarme otro síndrome, al menos, en lo que a delegación se refiere.

Imagen: Shutterstock

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Dicen que ya no soy coach…

Dicen que ya no soy coach, pero se olvidan de que nunca lo fui en realidad. Y digo bien: nunca lo fui y menos ahora con todo lo que sé que implica tener que hacer para ostentar tal mención.

No te quiero aburrir con los títulos ni experiencias profesionales que hacen que sea quien soy a día de hoy, es lo último que me apetece. Además, sé de sobra que tienes otras formas mucho más rápidas de saber sobre mí. Pero lo que sí tengo claro, y creo que es la base de todo, es que soy psicóloga. Y ahí, reside parte del problema y de la solución de lo que te quiero “llorar”.

 

Llevo desde el 2008 formándome y adquiriendo conocimientos en lo que conocemos como coaching, lo que para mí es una herramienta más de las que me ayudan a llegar a las personas y organizaciones con las que trabajo. A ellas y a sus objetivos, sus necesidades, sus circunstancias.

Son 10 años de aprendizajes, asimilando y aplicando conceptos y técnicas que me han permitido dar forma y poner nombre a aquello que estudié en psicología y otros metodologías que llegaron de la mano de diferentes disciplinas. A día de hoy llevo acumuladas más de 500 horas en procesos de coaching (me las sé de memoria porque es habitual que las tengamos registradas, contabilizadas y documentadas).

Tuve la necesidad (generada por el propio contexto y momento) de certificarme por la entidad con la que me formé en mis inicios. Dicho sea de paso, esa primera formación fue determinante en mi decisión de dirigir mis esfuerzos en aplicar y trabajar con esta técnica que tantas alegrías me ha traído todo estos años.

Y de ahí, hacia arriba, como un cohete. Me certifico en su momento, obviamente con la entidad con la que me he formado porque para eso está acreditada por sí misma y forma parte de una asociación que la respalda, compuesta por profesionales formados y acreditados por esa misma entidad (saca tus propias conclusiones). Y me sigo formando, creciendo, ampliando horizontes y mente, o eso creo, o eso intento. Y lo hago en estas y otras técnicas, conozco otras materias, experimento con nuevos métodos. Y me apetece meterme en el lío de “subir” en el nivel de certificaciones, para llegar al TOP de las certificaciones, como que eso me hace ser mejor profesional. Todo me parece poco…

Hasta que me doy cuenta de que lo único que hacen esas certificaciones es darme seguridad cuando no la tenía, cuando me la intentan quitar porque esa inseguridad es la base en la que se sustenta su propia existencia. Y da cierta lástima y al mismo tiempo orgullo, ser consciente de todo ello. Constatar que en estos 10 años, las 500 horas de las que te hablaba antes, han tenido lugar gracias a la confianza que mis clientes y las organizaciones han depositado en mí permitiéndome acercarles los beneficios de la psicología a su día a día. De los resultados obtenidos, de la satisfacción de hacer las cosas con convicción y valores firmes, y no de las certificaciones obtenidas.

 

Estas y otras circunstancias que no vienen a cuento (o quizás sí, pero esto se haría interminable) me han hecho darme cuenta de lo que te decía al inicio: no soy coach, nunca lo fui. Y por lo tanto, no necesito que me renueven cada año el pase para poder seguir siéndolo a cambio de nada.

A parte de mi postura sobre la profesión de coach (si no la conoces, te invito a leer este post) y mi defensa sobre el papel de la psicología en las bases del coaching, se une la de no ser más cómplice de este tipo de certificaciones (al menos, de las que conozco hasta el momento). Un proceso que tiene más de burocrático y de costes que de supervisión profesional, una certificación que tiene más de pegatina de sobre-sorpresa que de seguimiento y mejora continua. Una certificación que serviría para acreditar una capacitación demostrando ante “notario” que las horas en procesos que dices tener en tu poder, son tales. Pero que solamente tendrán validez mientras pagues religiosamente una cuota a cambio, y que en caso contrario, pierdes. Y entonces ahí, la que se pierde soy yo.

Comprendo que si no estás vinculada a una asociación, la misma no dé por válida la certificación que acreditó en su momento. Es lógico: no van a acreditar a alguien que no sostiene su sistema ni forma parte de él.

 

Pero lo que me lleva a contarte todo esto es la siguiente reflexión: si pierdo la certificación que la asociación ha emitido ¿también pierdo la formación, experiencia y conocimientos adquiridos y facilitados por ella? Creo que la propia pregunta se responde a sí misma. ¿Cómo se va a perder lo adquirido y asimilado, lo aplicado y ejercido durante 10 años porque una entidad así lo decida? ¿Por dejar de pagar una cuota? Y ojo, que no estoy en contra de los motivos que llevan a las asociaciones a tomar esa decisión: si no pagas, no eres asociado y pierdes la certificación. Otra cosa es que vea esa decisión coherente con la misión que las hace nacer, que no es otra que la de favorecer el desarrollo y divulgación del coaching como profesión.

¿Perderé entonces mi credibilidad y profesionalidad? Me hago esta pregunta en voz alta porque hoy sé la respuesta y no me da miedo decirla en voz alta, pero hasta no hace mucho, me hicieron dudar…de ello y de mí. Que no te engañen, el respeto y la acreditación siempre han de venir de la mano de los clientes, de los colegas de profesión, de los resultados. En caso contrario, será papel mojado…

 

En fin, que dicen que ya no soy coach, y creo que después de contarte todo esto se reafirma mi idea de que nunca lo fui. Lo que sí soy es una profesional de la psicología, que aplica con el mismo rigor el código deontológico que el coaching como técnica en su día a día. Pero para eso, no hay certificaciones jugosas en el mercado…. de momento.

 

Imagen: Jill Greenberg

 

 

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Personas con alma: Noelí Fernández. Resurrección I

Podría decirte que es rara, pero no, ella es especial. Quizás se defina como diferente, pero yo la percibo como única, y es que ella es única.

De apariencia frágil esconde (pero solo a ratos) una fortaleza inmensa en su interior, con unos valores tan arraigados como firmes, tan bien razonados como defendidos. Esos, sí que no los esconde.

Con pocas personas he compartido conversaciones con la intensidad y profundidad como con ella. No deja de sorprenderme su cultura musical, de la cual aprendo continuamente: siempre tiene una canción, una estrofa, un estribillo para cada circunstancia, persona o contexto.

Sé que no soy imparcial con ella, demasiadas cosas buenas me atraen (sí, sí, como lees, me atraen, me atrapan) de ella. Pero desde mi absoluta imparcialidad y pasión te digo que tienes que conocerla, porque no sé en qué momento, llegará muy lejos. Y ¿sabes? yo, tendré la suerte de presenciarlo desde la retaguardia, pero muy cerca.

Mi #PersonaConAlma es Noelí  Fernández Ordiz (tela con los Ordiz, tiene una madre y una prima, que acabarán pasando por aquí, lo sé, lo veo).

No tiene ni una sola fotografía que le haga justicia porque es guapa a rabiar, y su humildad le ha impedido hacerse una “decente” para este regalo que me ha hecho. Así que yo, le hago otro con esta imagen, que sé de sobra que le va a encantar. Un regalo por otro regalo.

Disfrútala! Yo, lo hago muy a menudo…

 

Era yo la chica de la Puerta de Atrás. O, al menos, eso creía ver. El hecho de ser miope alta de nacimiento “nivel topo” supongo que no ayuda mucho, la verdad. Mis limpiaparabrisas eran defectuosos, no hubieran pasado una sola ITV, ahora lo sé.

Atisbaba paraísos y “esperaba en vano, otra ocasión”.

Observándolos desde la Puerta de Atrás.

Me pregunté si sería una Lilith de aquellos Edenes sin dueño y me contesté: Sí bonita, va a ser que sí…, tienes un cuerpo en precario, una coraza agrietada, un envoltorio que no te hace ni puto caso…

Cuando un cuerpo está preso, sin libertad condicional ni posibilidad de solicitar un tercer grado se le empiezan a acumular gritos en “modo espera”. Yo continuaba espiando desde la Puerta de Atrás, el paraíso que se escapaba de mi purgatorio de infierno incierto. La incertidumbre es un jodido infierno, para mí lo es. Prefiero un tiro certero que la agonía lenta y casina de la maldita incertidumbre.

¿Dónde diablos se mete el gran Houdini cuando una necesita un escapismo urgente? Silencio.

Fue el tiempo en que “perseguí la justicia, que se me negó”. Una y otra vez, esquivándome, haciéndome regates cortos…sin detenerme, en aquella carrera desenfrenada y difusa, a darme cuenta que la justicia tiene sus tiempos, a veces puede parecernos la Eternidad con balanza y venda en los ojos, y nos desespera con esa cachaza. Pero, en el mismo momento que dejamos de correr tras ella, la tenemos en la chepa. Ya no es necesario movernos más. Y así ocurrió.

En cuanto me detuve y respiré a Iustitia se le cayó la venda y empezó a funcionar.

Yo, mientras tanto, fisgándolo todo desde la Puerta de Atrás. Y el paraíso a su aire, desplegando ante mi su plumaje de pavo real, de vedette con sobredosis de ego.

Y mi mente como vaca sin cencerro (siempre Almodóvar), intentando robarle el reposo a la cama de un faquir.

Se sucedieron días que doblaban horas, horas que inflaban minutos, en una dejadez lenta…Tan lento todo.

Hasta que…mi pie izquierdo dio un paso, un pasito minúsculo, ridículo, un paso tortuguil de casi dar la risa. Y el derecho, aunque fuese por un “culo veo, culo quiero”, le siguió.

Lo que vino después fue un no parar. Me subí a una bici en la que, aún con lluvia en los ojos, sentía llegar cada meta volante como un milagro, cada repecho, puerto, escalada (siempre al borde de la pájara) lo celebraba el día entero con el alma despegando de aquel suelo opresivo.

Ahí supe que comenzaba una estrategia de “tierra quemada”, que “nunca más me haría volver atrás”.

Mi mente mutó en un par de ovarios tozudos y aprendí a coser. Como la Sally de Tim Burton remendé los trozos de cuerpo que se me iban cayendo mientras avanzaba, llegué a sentir que la vida se escapaba intentando tapar 17.000 fugas de agua a dos manos.

A medida que el avance me hacía salir de la trinchera para luchar en vanguardia, me fui dando cuenta de que el “odio se transformaba en valor”, en asombrosa metamorfosis. Porque hubo odio, lo vi de frente. Y me enseñó que “no hay demonio mejor ni demonio peor”. Todos son la misma presencia.

Y de la rebelión a la revelación.

Toda yo estaba repleta de paraísos. Pero no eran exactamente los que la mayoría anhelante me intentaba vender. Eran otros, los míos, los que había llevado en vena desde antes de antes. Estaban allí, en la Puerta de Atrás, sacando punta con su divina lengua bífida a los espejismos que mis luces cortas habían creado. Y se reían, se partían el alma de risa mientras yo me puse tibia a rajar con ellos.

Pusimos como los trapos a aquellas mamarrachas que yo había creído Paraísos Oficiales.

Y me quedó clarito, pa los restos, que quien nunca ha visto a Dios, se arrodilla ante cualquier santo.

Empezaba mi primera resurrección.

 

Imagen: martina spoljaric photography

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Confesiones de una entrevistadora entrevistada

Lo prometido es deuda, y me comprometí a compartir contigo la trilogía completa sobre las entrevistas de trabajo antes de finalizar el año…y aquí estoy. Voy justa, lo sé, pero creo que merecerá la pena. Y si no esa así, al menos habré cumplido mi palabra.

 

Esta última parte, es donde te voy a contar mi propia experiencia como candidata a diferentes procesos y proyectos (sí, los de Recursos Humanos, también pasamos por estos procesos…). Y lo voy hacer desde la sinceridad de abordar la necesidad de profesionalizar el sector y dotarlo de la seriedad que se merece. Porque he de admitir que me han hecho entrevistas de las cuales he deseado salir huyendo, me he encontrado con entrevistadores que hacían cualquier cosa menos entrevistar, he sentido vergüenza ajena y he aprendido lo que NO se debe hacer si quieres que tus candidatos te valoren, se encuentren cómodos y te ofrezcan toda la información que necesitan saber para tomar la decisión más adecuada.

 

Te lo voy a contar tal cual lo he vivido y me lo han hecho saber muchas personas que han participado en procesos de selección, “serios” y no tan serios. Y te lo voy a contar desde el NO, de nuevo, que parece que tiene más efecto:

 

No me hagas esperar 3 horas para recibirme, ni como forma de ponerme nerviosa o desestabilizarme, ni como excusa de que te ha surgido un imprevisto. Si no puedes atenderme, me lo dices y vuelvo otro día (o no…). Si piensas que no tengo nada mejor que hacer que estar esperando aquí horas y horas, para que finalmente no me hagas ni caso, es que has guardado bajo 4 llaves en tu cajón el trato humano y respetuoso a quien ha invertido parte de su tiempo y esfuerzo en ir a conocerte.

 

No me leas mi currículum tal cual, para eso no vengo, que ya me lo sé yo de memoria. Pregúntame por una determinada formación, una experiencia laboral en concreto, céntrate en una ausencia de actividad profesional determinada. Pero ¿leer mi currículum como un papagayo en mi presencia? No sé, no lo veo… ¿qué consigues con eso más allá de darme una malísima impresión y hacerme pensar que no te has preparado nada?

 

– No me digas que te cuente un poquito mi trayectoria profesional mientras te lees mi currículum por primera vez, porque te aseguro que lo notaré. Porque no sé si lo sabes, pero eso, se nota, y mucho.

 

– No te dirijas a mí por otro nombre, tanto en la entrevista como cuando me has citado para vernos. ¿De verdad no te has leído bien con quién vas hablar o entrevistarte? Ya no te digo nada, de que me llames para otro puesto diferente al que he enviado mi candidatura. Si no vas a pasarme ni una porque todo cuenta en nuestro encuentro, esto también va por ti ¿o quieres decirme que tienes un doble rasero?

 

No me hagas perder el tiempo ni te andes con rodeos para contarme lo que necesitas en tu organización. Aunque tu estilo no sea directo, lo cual respeto muchísimo, a ninguno de los dos nos favorece el hecho de no saber lo que queremos. Te prometo que iré a la entrevista con los deberes hechos ¿puedes asegurarme tú lo mismo?

 

– No me convoques a puestos para los que no estoy capacitada en cuanto requisitos mínimos (y lo sabes, o deberías saberlo) o para los cuales tengo que desplazarme 350 km. Sobre todo si ya tienes al candidato seleccionado… No te imaginas la inversión que supone este tipo de acciones, si lo hubieras anticipado, no te lo estaría contado en este post.

 

No te ofendas porque te haga preguntas sobre mis funciones, responsabilidades o salario en el futuro puesto de trabajo. Sobre todo cuando las hago tras la manida invitación “¿tienes alguna duda o cuestión que quieras tratar?”. Porque ya que estamos, me apetece tratarlo antes de tomar una decisión y saber si quiero o no realmente comprometerme con tu proyecto y hacerlo mío.

 

No me hagas preguntas que sabes que no te voy a responder, aquellas que sabes que puedo perfectamente no hacerlo, que suponen una falta de respeto o que sencillamente, no son relevantes para el desempeño del puesto de trabajo. O ¿es que crees que sí pueden serlo el hecho de estar casada, tener hijos o estar en edad de tenerlos? Déjame que te demuestre que no es así, aunque este tipo de preguntas ya dice mucho de ti y de tu organización.

 

– No me pases pruebas ni tests sin sentido, y ya de paso, no me hagas participar en dinámicas que hayas visto en algún video de Youtube y que te hayan resultado “divertidas”. Quizás pienses que te estás luciendo conmigo o simplemente quieras rellenar tiempo, pero te aseguro que si me hacen sentirme ridícula y no me aporta nada, no conseguirás obtener de mí todo lo bueno que tengo. Así, no.

 

No me trates como una ignorante, un trapo viejo o una cría. Es cuestión de respeto, así de simple. Trátame como una persona con la que puedes llegar a un acuerdo y obtener un beneficio mutuo, y si no es así, tan amigos. No hagas un mal uso tu situación de (supuesto) poder, nunca se sabe realmente quién tiene la sartén por el mango en la vida.

 

– No te despidas con un “ya te llamaremos” si es que no tienes pensado hacerlo. Explícame que sólo me llamarás en caso de ser la persona seleccionada en un plazo determinado (que deberías tener previsto con un margen de error, obviamente), y me dejas mucho más tranquila y con vía libre para seguir mi camino. No me tengas como alma en vilo pendiente del mail o el móvil o haciéndome sentirme una pesada al tener que ser yo quien llame para saber el estado de mi candidatura.

 

Podría seguir con un montón de NOes al igual que lo he hecho hace unos meses en este post sobre las entrevistas, pero en resumen te diré que todo proceso de selección mal enfocado, poco preparado o carente de profesionalidad es una nefasta estrategia de marca para la empresa que lo realiza. Quien sale disgustado, ofendido u ojiplático de una entrevista, es un prescriptor (para mal) de la imagen de la empresa para la cual optaba a formar parte y de la que sale espantado. Y yo, lo que quiero, lo que deseo, son organizaciones que se esmeren en elegir, formar y preparar a las personas que las integran para que hagan que esta búsqueda de talento sea lo más efectiva posible y todas las partes salgan ganando. Incluso cuando no hayas sido seleccionado, salgas por la puerta con un buen sabor de boca y te conviertas en un embajador de marca…esa para la cual no has llegado a trabajar, pero te gustaría.

 

Pero claro, para esto hacen falta ganas y buenos profesionales…

 

Imagen: google.com

 

 

 

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Personas con alma: Almudena Lobato. Me gusta, me gustas.

Almudena Lobato… ¿cómo te explico yo lo significa esta psicóloga sevillana para mí? Empezaré por el principio, por esa conversación de teléfono en la que nos pusimos voz y que fue la primera de muchas (siempre nos quedamos con ganas de más, sobre todo cuando la cobertura nos deja a mitad, jajaja). Es ahí donde me cuenta con detalle su trayectoria profesional, su proyecto de Personas en Positivo, su familia, su vida…y donde rápidamente percibo la calidad humana que hay detrás de ese perfil en la red.

Esta mujer guapa a rabiar y lista como el hambre, te llega con una dulzura y una suavidad que hace que quieras que se quede en tu vida para siempre. Y lo hace porque siempre tiene una buena palabra, una sonrisa, un gesto amable. Siempre sabe qué decirte, en el momento adecuado y de la mejor forma para que lo entiendas, para que te comprendas (sí, a ti mismo, a ti…). Y además, tiene la cabeza tan bien amueblada como capacidad para hacer que lo desagradable no te haga daño, pero te llegue y aprendas. Y lo hace así, sin despeinarse, porque sabe de lo habla y cómo hacerlo.

Hace tiempo que le abrí las puertas de mi vida y de mi casa, ahora tocaba la del blog y ni siquiera me ha dado tiempo planificarlo. Fue decirle que la quería ver dándose un paseo por aquí, y enviarme este regalo en forma de post. Vaya por delante, que el regalo ya lo había recibido al tenerla presente en mi día a día, pero esto…esto es para enmarcar.

Que la disfrutes, yo lo hago a diario (lo mejor de todo, sus audios de WhatsApp que se quedan a mitad 😉 por “fallos técnicos”).

 

Jessica es una persona Bonita, así con mayúsculas. De esas personas bonitas de las que trato de rodearme cada día y siempre que puedo, porque me hace mejor, porque me hace bien. Porque lo suyo es tuyo, sin más, porque sí, porque te lo quiere dar. Es un regalo y yo tengo mucha suerte.

Gracias Jéssica por compartir conmigo tu casa, una vez más, ahora también por aquí. Feliz contigo cerquita.

 

Me gusta, me gustas.

Si fuese un ave, sería nocturna. Me gusta la noche, su silencio, su calma. Me gusta alargarla, sentirla, sentirme, sentirte, como parte de ella.

Me gusta la noche, su cielo, su luz entre tanto oscuro. Porque da igual cuanta oscuridad me rodee, cuando alzo la vista siempre encuentro luz, mi luz, tu luz, siempre está allí, esperando a ser contemplada. Como tú, como yo.

Me gusta la noche por que nunca es igual, por más inmóvil que permanezcas contemplándola, ella simplemente pasa, sucede, cambia. No hay un único mapa escrito entre tantas estrellas. Así, como la vida.

Me gusta la noche, porque cuando trato de escucharla, escucho el sonido de la vida respirar. Y entonces, al contemplar, al escuchar, me doy cuenta de que todo lo que me importa respira, ahora, junto a mí, muy cerca, y el resto puede esperar.

Me gusta el cielo azul del día, limpio, sin horizonte, con el único límite que el que pone la mirada. A veces se pierde junto al mar, tocándose ambos con disimulo, tan juntos y tan distintos a la vez. Cada uno en su lugar y en perfecto equilibrio.

Me gustan los días con nubes porque al mirarlas soy más consciente del tiempo que pasa, que marcha y se va. Soy más consciente de la imposibilidad de agarrarlo, de agarrarte, de retenerte pero sí de vivirte, de vivirme.

Me gustan los días con niebla. Esa que sólo te deja ver cuando te acercas, esa que te susurra en la cara su aire fresco, como quien comparte un secreto. Como tu vida, más clara cuanto más dentro, cuanto menos miedo.

Me gustan los días oscuros, esos que calan hasta los huesos, de agua y de viento, esos que parece que nunca terminan, pero que siempre pasan. Esos que dan vida tras la tormenta, que llenan de color cada momento. Esos que son necesarios en este ciclo de idas y venidas. Esos que te llenan las manos cuando antes sólo las veías vacías.

Me gusta la vida, porque es cuanto tengo. Me gustan sus días con cada una de sus noches, porque esa es mi vida. Y sólo cuando me gusta acepto, agradezco y doy permiso para que me alumbre en esos momentos no tan buenos.

Me gusta, sin más, sin menos. Me gusta sin preguntar por qué sí o por qué no, me gusta tener un para qué, un para mí, un para ti, un para vivir. Me gusta sin luchar, me gusta dejar llegar, lo bueno, lo malo, tal cual. Porque cuando no puedo elegir acojo, abrazo, me encojo, me agrando. Me gusta porque cuando puedo elegir, me escojo, te escojo.

Y te escojo a ti, sin más, con tus días buenos y tus días malos, porque no quiero que seas distinto, sino tú, sino yo. Y te escojo a ti para que te escojas, para que elijas, para que te elijas, para que vivas, para que te vivas, para que te guste tu vida, mi vida, sin más, sin menos, aquí, así, ahora.

Me gusta. Me gustas. No hace falta más, ni menos. Haces falta tú, hago falta yo, y que andemos. Hace falta acompañar la vida, acogerla, sentirla, abrigarla, crearla, compartirla, mejorarla. Sí, así, con todo tu miedo. Sí, así, con cada paso andado. Sí, así.

Me gusta, me gustas. ¿Andamos?.

Un saludo y buen camino.

 

Almudena Lobato.

P.D. Estas palabras las escribo como personita pequeña que forma parte del mundo, de la enorme naturaleza, las escribo al amor, a la aceptación y al agradecimiento, como partes del camino para andar una vida positiva y saludable, con uno mismo, con otro.

Gracias Jessica, por darme la posibilidad de compartirlas.

 

Si no la conocías, ahora ya no tienes excusas para no perderla de vista, y podrás hacerlo a través de:

@lobatopsicologa

Facebook: Almudena Lobato Montero

www.personasenpositivo.com

 

 

 

 

 

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Personas con Alma: Pedro Gallo. ¿Por qué lo llaman Reclutamiento cuando quieren decir Marketing?

Mirada chispeante, diálogo interesante y montones de historias por escuchar de sus viajes en furgoneta. Detrás de esa cuidadísima barba (con aceite de Argán, nada más y nada menos), se encuentra Pedro Gallo, director de Recursos Humanos de Atiun después de haber estado en puestos de responsabilidad de Alsa durante años y de haberse sacado el doctorado en Psicología y Psicometría.

Como de costumbre, no son los cargos ni títulos lo que me hacen querer que esté en #PersonasConAlma, sino su capacidad crítica teñida de un sentido del humor que me hace querer quedar a comer con él (comida sana, eso sí) cada vez que voy a Gijón. Le encanta preparar con tiempo el menú semanal y compartir risas con su hija, y además, dibuja muy muy bien (la foto es suya, al igual que el dibujo).

Como comprenderás, tengo motivos suficiente para querer que sepas de él a través de mi blog y lo hago con esta crítica a las nuevas formas de selección de personal que parecen estar poniéndose de moda, facilitadas por las nuevas tecnologías y la falta de profesionalización del sector. Sobra decir, que coincido plenamente con él ;).

Que lo disfrutes, tanto como lo hecho yo ( y haré). Aprovecho para adelantarte que formará parte de la mesa redonda sobre el impacto de las nuevas tecnologías en el empleo del S. XXI que podrás disfrutar este 22 y 23 en #Focoviedo, el Foro de Empleo del Ayuntamiento de Oviedo de este año.

¿Por qué lo llaman Reclutamiento cuando quieren decir Marketing?

Pasado, presente y futuro de la selección de personal

Imaginad: Sicilia 1920…

Reconozco que a estas alturas, con unos años de experiencia en el ámbito de la Gestión de Personas, cuando miro a mi alrededor no puedo evitar sentirme en cierto modo como Sophia Petrillo en Las Chicas de Oro, los procesos, el trabajo en Recursos Humanos y la forma de entender las relaciones dentro de la organización han sufrido una transformación, diría que radical, en los últimos veinte años. En ocasiones, eso me hace sentir algo desubicado.

No mayor (no me siento viejo aunque el hecho de que muchas de las personas de las que están leyendo esto no hayan pillado la referencia inicial indica lo contrario), pero sí desubicado.

Desde el hoy veo con otra perspectiva aquellas discusiones con mi padre sobre lo que era y debía ser la función de Recursos Humanos en la empresa. Él vivió un época donde la conciliación, la flexibilidad horaria, la humanización de la vida en el trabajo quedaban relegadas a un segundo plano por detrás de lo que entonces se consideraba importante, la negociación y la administración de personal; mi visión era (y es) otra, digamos diferente. Vivíamos épocas diferentes, vivíamos realidades diferentes. Ahora soy yo el que, en muchas ocasiones, dice chachi piruli queriendo quedar de moderno. Cosas veredes, Sancho…

Sin embargo, reconociendo mi desubicación y el hecho de que los cambios son inherentes al crecimiento y al desarrollo de cualquier actividad y, por supuesto, al paso del tiempo, hay cosas que desde una perspectiva profesional y, hasta cierto punto psicológica, me tienen inquieto. Una de ellas tiene que ver con las actuales tendencias de reclutamiento y selección.

Quienes me conocen o han leído alguno de mis post saben que huyo del adoctrinamiento como de la peste. Líbreme Dios de querer sentar cátedra ni aleccionar sobre nada, pero no puedo dejar pasar esta fantástica oportunidad para expresar en alto un pensamiento que hace tiempo me acompaña y me preocupa.

Se impone el concepto de Marca Personal. La Red nos ha hecho más visibles que nunca, nos ha expuesto más que nunca. Los que no usamos Twitter somos la resistencia, pero implícitamente reconocemos que ya no entendemos su uso. Mientras en nuestro entorno personal y profesional el cuidado y la exposición correcta de la imagen en redes ha cobrado una fuerza tal, que ya se ha convertido en un elemento clave en el reclutamiento y selección de personas.

Probablemente mi inquietud provenga directamente de esa toma de conciencia. Cuando los perfiles sociales y los profesionales de una persona se confunden en una amalgama en la Red; cuando la descripción que haces de ti mismo está plagada de palabras clave, de tags, de enlaces; cuando lo que dices sobre ti rezuma posicionamiento, ¿en qué se convierte el trabajo del profesional de Selección?

Resulta que hoy orientamos nuestros perfiles profesionales a El Algoritmo. Antes hacíamos el curriculum con todo el cuidado del mundo para que el profesional de recursos humanos, avezado en la lectura e interpretación de perfiles, viera en nosotros aquellas competencias y capacidades que nuestra experiencia nos aporta, ahora existe un filtro previo en el que una compleja ecuación matemática es la que decide si aparecemos o no en la bandeja de entrada de un reclutador. Hemos reducido a estrategia de marketing un proceso tan delicado y tan profundamente imbricado en el concepto de Persona.

Quien haya tenido el interés y la paciencia de llegar hasta aquí puede estar pensando que tengo una opinión contraria a las redes o a la marca personal. Es un pensamiento lícito, pero no del todo acertado. Mi inquietud proviene del grave riesgo de reduccionismo al que se enfrenta el proceso de reclutamiento y selección. Me explico.

Una de las actividades en las que invierto tiempo cuando reviso mi perfil de LinkedIn es en recorrer mi feed viendo entradas de mis contactos y, sobre todo, los comentarios que suscitan. He podido comprobar que, sistemáticamente, son las críticas a los procesos de reclutamiento y selección las que mayor número de comentarios tienen y, sin lugar a dudas, las que generan más conflicto. Una parte importante de las personas que participan en procesos de selección tienen, y así lo manifiestan, la sensación de que se les juzga por cuestiones arbitrarias, alejadas del perfil profesional real y con poca o nula participación de la persona responsable del proceso.

En mi opinión, esto sucede en gran parte por la ausencia de lo que en Psicometría se denomina Validez aparente. Toda vez que El Algoritmo ya está presente, ya está actuando, y ya está dejando fuera y metiendo dentro del proceso a personas sin la participación activa de quien recluta, desde fuera el proceso no aporta la sensación de que se esté haciendo una evaluación real.

Si reducimos el proceso de reclutamiento a lo que resulte de aplicar El Algoritmo desprofesionalizamos una parte fundamental del proceso y lo que es peor, en mi opinión deshumanizamos un proceso que es fundamental y básicamente algo entre personas.

Se habla y se discute, cada vez más, sobre la posibilidad de que una inteligencia artificial basada en El Algoritmo pueda, en un futuro no tan lejano, realizar procesos de selección completos. Reconozco que no tengo una opinión formada a ese respecto, pero lo que sí sé es que la Inteligencia Artificial que venga se ocupará de aquellas tareas en las que la persona no aporte valor añadido, de aquellas tareas en las que El Algoritmo se baste y se sobre para realizar el trabajo.

Creo que nos toca pararnos a pensar. A los que nos dedicamos a esto con y por pasión por las personas nos toca reflexionar profundamente sobre lo que estamos haciendo y sobre cómo estamos integrando los cambios vertiginosos que nos trae la tecnología en nuestros procesos de trabajo.

Estamos en un punto en el que tenemos la oportunidad de decidir en qué convertirnos y qué hacer con las herramientas que tenemos a nuestra disposición, pero sobre todo, en un punto en el que reflexionar sobre cómo nos ven las personas para las trabajamos y a las que servimos de nexo entre su realidad personal y su desarrollo profesional.

Imagen: Pedro Gallo

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