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Personas con alma: Joan Vergara. 5 bocados para degustar la filosofía de cartón de leche

Hace unas semanas que Joan Vergara me envío este lujo de post, y lo es a pesar de destripar algunos de mis #SeNosHaIdoLaPinza, pero eso es parte de su encanto y la base de nuestra conexión.

Es inteligente, con un sentido del humor excepcional y ácido (como el mío), y además es un arquitecto con un gran interés por las personas y el talento que lleva a su sector con muchísima elegancia y saber hacer.

Cómo comprenderás fue muy difícil resistirme a él cuando allá hace un par de años comenzó a incluirme en su listado de posts interesantes y le propuse un café virtual para agradecerle que creyese en mí (vive en Valencia y se nos complicaba eso de vernos en directo por aquello de los horarios del tren).  La conexión, al menos por mi parte, fue inmediata… y desde entonces nos vemos lo que podemos, porque hablar con él es aprender y reírte a partes iguales, cosa que le cuesta creer: eres muy divertido, Joan!.

Y lo mejor de todo es que mientras nos reímos muchísimo sin criticar ni ultrajar a nadie (salvo a Mrs, Wonderful, e incluso esto lo hacemos con mimo), le veo crecer profesionalmente y acercarse cada vez más a lo que para mí ya es un hecho: ser un referente en el desarrollo profesional de la arquitectura.

Degusta estos 5 (ácidos) bocados y síguele a través de su web y sus RRSS.

 

5 BOCADOS PARA DEGUSTAR LA FILOSOFÍA DE CARTÓN DE LECHE

Venir al blog de Jéssica es un honor pero también una responsabilidad. Mantener alto su listón no será fácil, y encima en un blog de psicología que no es lo mío.

Pero el único error sería no intentarlo.

Me ha dicho Jéssica que quiere que sea yo y voy a serlo (espero que no demasiado), así que me lanzo con un tema que últimamente me marea.

 

Te voy a hablar de la filosofía de cartón de leche. O del desarrollo personal de cartón de leche. O de la psicología de cartón de leche. O no sé cómo llamarlo.

Bajo esa láctea denominación conviven todas las frases e ideas bienintencionadas con las que se nos bombardea día tras día desde los briks de leche, las redes sociales o los sobres de azúcar (incluso empiezo a oírlas en la pelu).

Y el caso es que muchas de ellas están muy bien; fueron dichas con toda la intención del mundo por personas sabias y transmiten ideas muy meditadas y beneficiosas.

El problema es no entenderlas del todo. Quedarnos simplemente con la anécdota sin llegar a captar lo que hay detrás de cada reflexión.

Peor aún, aplicarlas de manera opuesta como dogmas. O utilizarlas como coartadas para justificar lo que no se puede justificar.

Claro, así es más fácil. Cuesta menos esfuerzo que tratar de analizar un poco (un poco) lo que transmiten y tener pensamiento crítico para desmenuzarlas. Pero no tenemos tiempo ni ganas.

Repasemos cinco de estas ideas de cartón de leche, por supuesto bajo mi punto de vista sesgado, sin ningún rigor científico y basándome sólo en mis observaciones y las de mi equipo de investigación formado por un caracol sin caparazón y un gato con reuma.

(Frases en verde cortesía de Mr. Wonderful)

 

1 Un trabajo de 8 a 17 te esclaviza; emprende y vive de tu pasión

Ésta es de mis favoritas.

Intención original:

Supongo que cuando esta idea empezó a aparecer en ciertos foros era un aliento, una motivación para perder el miedo al emprendimiento, abrir la mente y dar cabida a otras formas de ganarse la vida. Para pensar más allá de algunas rigideces tradicionales.

Interpretación cartón de leche:

Si trabajas por cuenta ajena eres un perdedor.

Tienes que vivir la vida, encontrar tu “pasión” y desarrollarla (a ser posible con un MacBook en lugares exóticos). Da lo mismo si no sabes qué significa emprender y lo que conlleva o que tu “pasión” no le interese a nadie. Hacer lo que te gusta es tener cara de viernes todos los días.

Mi opinión:

Yo creo que se puede ser muy feliz trabajando por cuenta ajena y muy infeliz emprendiendo, que no todos nos podemos dedicar a tener un negocio propio y que detrás de ello hay cosas maravillosas pero también otras menos glamurosas.

 

Hay pocas actividades menos sexis que tener que estar desatascando el fregadero aunque seas el CEO de la República Independiente de tu Negocio.

 

Detrás de todo esto está la necesidad de generar clientes para los innumerables cursos de emprendimiento que pueblan la esfera digital. Ya sabes, en la fiebre del oro los que realmente ganaron dinero no fueron los que encontraron oro, sino quienes les vendían los picos y las palas.

 

Se puede hacer el Camino de Santiago saltando de la cabeza de un emprendedor a otro sin tocar el suelo (pero hazlo a la hora en que están meditando, que si no los pillas a traición no te dejan).

¿No será mejor conocernos bien, saber qué comporta emprender o trabajar por cuenta ajena y elegir con conciencia?

 

2 Vende a toda costa. Si no lo haces eres víctima de tus creencias limitantes o sufres el síndrome del impostor

Intención original:

Está bien impulsar a quien tiene algo que ofrecer para que lo ofrezca a gente a la que pueda ayudar.

El síndrome del impostor existe, y algunas personas muy preparadas y con buenas propuestas no salen al mercado con convicción porque creen que nunca serán suficientemente buenas.

Interpretación cartón de leche:

Da igual lo que tengas que ofrecer, da igual si es una chorrada lo que vendes, la cuestión es autoconvencerte de que eres un experto porque has leído un par de posts en un par de blogs y puedes repetírselos a alguien. Tu idea mola, porque si quieres puedes.

Y si no logras autoconvencerte no te preocupes. Habrá mucha gente que te animará a que vendas cualquier cosa, te darán palmas, jalearán todos tus triunfos, incluso que te levantes a las 5:00 para preparar tu página de ventas (a esas horas las calles están llenas de emprendedores).

Tildarán de envidioso y casposo a quien te diga que lo que vendes no merece la pena o es incluso deshonesto.

Mi opinión:

Nos hemos pasado de rosca con esto. El sol no se pone en el imperio de los autodenominados expertos.

Creo que vender cosas absurdas a la gente no es honesto, y que necesitas un nivel de expertise en lo tuyo para ayudar a los demás. Formación, experiencia. Mejor ambas cosas.

Muchas veces el “yo he pasado por lo mismo” o “he leído sobre ello” no son suficientes.

Si testeas bien tu producto o servicio y no te atreves a lanzarlo, puede que no sea cuestión de creencias limitantes o síndromes del impostor. Tal vez sea cuestión de valores.

De que quieras ser honesto y no ofrecer cosas que no puedes ofrecer o que no le sirven a nadie.

 

3 Mejor hecho que perfecto

Intención original:

Esta idea lucha contra el exceso de perfeccionismo, la parálisis por el análisis y el no pasar a la acción por querer pulir demasiado las cosas. Incita a actuar, aprender de la experiencia e ir mejorando.

Interpretación cartón de leche:

Haré cualquier cosa y me lanzaré al mercado. Lo importante es llegar el primero, aunque lo que venda no tenga demasiado valor. Además, eso de ir mejorando después se me olvidará porque si me están comprando y voy facturando, ¿qué mas da?

Mi opinión:

Entre el exceso de perfeccionismo o falacia del Nirvana y el pasotismo hay toda una gama de grises en la que nos podemos situar. Es más, encontrar ese punto no es sencillo y es una decisión estratégica crucial.

Pero vale la pena hacerlo. Si no, el mundo se llena de creaciones insulsas, refritos y ruido. Eso sí, todo con un bonito tipo de letra Roboto 10p.

(Por cierto, ¿quién le pone esos nombres a las tipografías? Siempre me imagino al señor de la oficina de patentes de tipografías, que está en Zurich o La Haya o en un lugar así como muy neutral, recibiendo a la gente que llega a registrar Nunito, Monchito, Roboto o Filochette. Esa forma de vida con bata blanca y gafas de montura metálica se ha ganado el cielo, o al menos que el universo conspire para que consiga sus deseos.)

 

4 Sé diferente, es el único modo de que reparen en ti

Intención original:

Diferenciarte es importante en muchos ámbitos, por ejemplo si buscas empleo (respecto a otros candidatos) o si vendes algo (respecto a la competencia).

Vas a conseguir alinearte con necesidades muy concretas de personas y empleadores. Mostrarás argumentos para que apuesten por ti.

Interpretación cartón de leche:

Voy a salir a la calle con una mofeta verde en la cabeza. Total, es mejor que hablen de ti, aunque sea mal. Algo sacaré. Muchos likes, muchos seguidores, notoriedad, viralización… La fama.

Mi opinión:

Ésta casi se comenta sola; parece de sentido común.

Sin embargo seguimos viendo a personas que tiran por el camino del histrionismo y el sensacionalismo en varios grados buscando atención inmediatapero sin conseguir reconocimiento duradero por su aporte de valor.

Porque ahí está la clave, en el valor que aportas. Eso es lo que realmente te diferencia.

 

5 No necesitas a nadie para ser feliz. Para estar con alguien primero debes aprender a estar solo

Intención original:

Si no estás bien contigo mismo no encontrarás en los demás lo que necesitas para estarlo (y nunca podrás huir de ti). Trabájate a ti mismo, y de ahí saldrá la fuerza que necesitas para vivir. Lo demás ya llegará (es más probable que llegue si tú estás bien).

Interpretación cartón de leche:

Como no necesito a nadie, no voy a estar con nadie. No quiero pareja porque no la necesito. Prefiero saltar de una relación superficial a otra arriesgando muy poco. Total, yo solo estoy muy bien, ¿no?

No quiero profundizar demasiado en ninguna relación de ningún tipo. A la mierda el príncipe azul, el mío que sea gris y que tenga 50 sombras.

Mi opinión:

Es una lástima. El ser humano es gregario, social, gran parte de su ventaja evolutiva proviene de este hecho, y se puede estar perfectamente sano y bien con uno mismo y además querer formar una pareja, una familia, una comunidad o un grupo de amigos del jamón 5J.

¿Acaso por desear una pareja eres una especie de analfabeto emocional que no sabe estar solo? ¿Vale la pena perderse todo lo que te aporta una relación profunda de cualquier tipo con otros seres humanos por no arriesgar?

 

Podría seguir, pero ¿para qué?

Podría, hay muchas más. Salir de la zona de confort, sonreír siempre, vibrar en una frecuencia alta, titulitis, hacer lo mismo que ese gurú que ha tenido éxito…

Frases y conceptos bienintencionados y valiosos que no se pueden explicar en un tuit o en una imagen de Instagram, así que se malinterpretan. Maltratamos todas esas buenas ideas.

Quizá ahí está el problema. No recelo de esas consignas ni de quien las dijo, al contrario. No es que nos falten frases acertadas, sino pensamiento crítico.

Y que conste que yo soy el primero que a veces caigo en ello, porque además el entorno lo pone fácil y exige estar con la guardia alta.

 

De hecho, siento que si me descuido mañana me levantaré a las 4:30 para emprender mucho (porque todo el mundo sabe que la productividad consiste en trabajar más horas); tendré una brillante idea porque molo; buscaré un post sobre ello y lo leeré (en diagonal, claro); pasaré a la acción sin pensar creando mi página de ventas sobre coaching para perros con flores de Bach; comeré mucha quinoa para ser inmortal; me diferenciaré haciendo mis videoposts vestido de lagarterana; y al final del día no veré películas de John Ford porque no era buena persona (ni de Woody Allen, ni óperas de Wagner, ni canciones de Bob Dylan, todos unos bichos).

 

Pero no. Se puede resistir. Pararse a pensar y no trivializar es posible. Sólo hace falta proponérselo.

 

Porque todo parece imposible hasta que se hace.

 

Imagen: Unsplash.com

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El efecto Mary Poppins

Siempre me ha resultado fascinante este personaje que nos acercó Walt Disney en una producción mítica tras 20 años de duras negociaciones con Pamela Lyndon Travers, la autora de la saga que dio vida esta peculiar e inolvidable institutriz londinense.

 

No sé a quién debo agradecer todo lo que yo veo en este personaje, si a la innovación de Walt Disney o la tozudez de Pamela Lyndon de mantenerse firme en determinados aspectos de la niñera que la llevó a la fama. Pero lo cierto es que, insisto, me fascina.

 

Veo la película siempre que la reponen, me conozco sus canciones (incluso sus bailes) y cada vez, encuentro algún matiz interesante cada vez que la vuelvo a ver. Y como en diciembre estrenan “El regreso de Mary Poppins”, he retomado viejas costumbres y en este último pase, lo he visto claro: el efecto Mary Poppins. (Si eres un experto en el tema, por favor, quédate con el personaje de la película de Disney, no con la idea original de los libros de Travers, ni con la parte de autobiografía que pueda haber de ella en su saga)

 

Y es que estoy decidida a no ver solamente síndromes limitantes, sino también efectos potenciadores en los que puedas apoyarte y pueda apoyarme yo también para ser mejor profesional. Por eso quiero compartir contigo las bases de lo que hace tiempo llevo observando y he llamado el efecto Mary Poppins en el desarrollo profesional, que no es ni más ni menos, que todo lo bueno que veo en este personaje y que podrías poner en marcha en tu práctica diaria:

 

  • Utiliza métodos revolucionarios para conseguir sus objetivos. Tan estrambóticos, raros, innovadores que incluso son rechazados en muchos momentos. ¿Qué hay de ese momento bolso del cual salen lámparas, espejos o plantas para hacer más acogedora su habitación? ¿Y de las preguntas retadoras y reflexivas que lanza al Señor Banks (padre de los niños)? Es transgresora e incluso llega a ser irreverente en algún momento…

 

  • No es aceptada de primeras…y tampoco le preocupa. Cree firmemente en sí misma y no le importa resultar borde, fría o egocéntrica si consigue lo que se propone: un beneficio que va más allá de sí misma y que recae en las personas a las que acompaña en ese proceso de cambio. Posee una autoestima firme lo cual le permite afrontar las situaciones con las que se encuentra de una manera valiente (me encanta el momento en el que le dice al señor Banks que ella nunca da explicaciones a nadie…)

 

  • No pierde de vista el objetivo: nunca pierde el foco ni la perspectiva de lo que la ha llevado a ese lugar. Mide los tiempos, hace cesiones, negocia y adapta su estrategia según se van desarrollando los acontecimientos. Pero tiene siempre claro su cometido, no desiste aún en el peor de los escenarios posibles.

 

  • Se vale de la gestión emocional, la música y la gamificación en su cometido. Es divertida, muy divertida y con ello, consigue hacerse entrañable y ocupar un lugar importante en tu corazoncito mientras aprendes. Además se hace respetar porque sabe fijar con soltura y precisión los límites en las relaciones, en las situaciones. Posee un gran autocontrol, el cual infunde en cada acción que emprende e intenta promover en su entorno y lo hace a través del autoconocimiento y moviendo las piezas fundamentales de la motivación en cada uno de las personas clave de la historia. Si esto no es trabajar con inteligencia emocional….

“con un poco de azúcar esa píldora que os dan, la píldora que os dan… pasará mejor”.

 

  • Es una gruñona pero adorable estratega: Busca un cambio de comportamiento en un grupo de personas, y con cada una de ellas adopta una estrategia diferente sin olvidar nunca el objetivo global. Sabe perfectamente el lugar que ocupa cada persona en el equipo y maneja las reglas del juego, ya que previamente ha observado con detenimiento y se adapta a ellas, mientras consigue guiar los resultados a unos valores óptimos para todos. Y todo esto lo consigue con sonrisa y firmeza a partes iguales…

 

  • Adapta su comunicación a su interlocutor: nunca olvida que habla con niños y busca conseguir una comunicación clara pero con calado emocional (música, juegos). Pero también convive con adultos, con los cuales también consigue hacer llegar su mensaje de manera concisa y directa (no anda con rodeos, y eso…me encanta en ella!). Y así, con cada relación que establece, siempre se adapta a las necesidades comunicativas del otro, sin dejar de lado el objetivo de lo que quiere obtener. No hay mayor muestra de empatía en la comunicación que esa!!!

 

  • Nunca busca protagonismo, siempre está en un segundo plano. Aunque destaca por muchos motivos (sólo hay que verla llegar volando con su paraguas en un día de viento…) no es lo que pretende, sino todo lo contrario. Busca ocupar un papel secundario dando relevancia a los auténticos protagonistas de la historia, de su historia. Sabe con total seguridad que cada persona debe ocupar un papel principal en su propia vida tomando decisiones y siendo quien destaque, por eso no busca en absoluto agradecimientos, premios o medallas. Prevalece su sentido de servicio a los demás y de las cosas bien hechas.

 

  • Llega, pero no para quedarse: desde que llega sabe que su presencia tiene un final y ese será su éxito, conseguir que las personas a las que acompaña sean autónomas. No genera dependencias ni teje oscuros entramados emocionales, desde el primer día sabe que se irá cuando cambie el viento. Sabe que ha llegado para irse, que su presencia tiene los días contados, y que la situación ideal se dará cuando ella no está. Es “asquerosamente independiente”, como diría alguien a quien aprecio mucho. Y no todo ego, está preparado para eso…

 

  • Deja una huella imborrable, pero de las buenas. Con una de cal y una arena, con sus bailes y juegos, con sonrisa y severidad, a través de los retos que plantea y los cambios que facilita, consigue ser alguien con un valor incalculable en tu vida a pesar de no estar físicamente presente. Una vez se va, en tu cabeza resuenan sus frases, sus argumentos y reflexiones, te comportas como a ella le hubiese gustado y desde lo más profundo de tu corazón, le agradeces que haya formado parte de tu vida y siga estando presente de alguna manera en ti.

 

Y ahora ¿te imaginas lograr este efecto cuando acompañas a tus clientes en un proceso de cambio?

¿Y si fueses la Mary Poppins de tu equipo? Tanto desde el lugar del líder del equipo como el de uno de sus componentes…

¿Y si fueses tú quien da esa pizca de azúcar para hacer más llevadera esa amarga píldora que aparece en todas las organizaciones?

¿Y si fueses ese loca del bolso gigante y repleto de magia que canta canciones extrañas y a la que tus colegas recuerdan con una sonrisa en la boca?

 

No sé tú, pero yo quisiera ser Mary Poppins, tu Mary Poppins, siempre que lo necesites.

 

Imagen: pinterest.com

 

* Inspirado en mis alumn@s, colegas y clientes que consiguen hacerme ver realidad en la fantasía y viceversa… Y aprender, aprender muchos de de ell@s.

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Personas con alma: María Jesús Gímenez Caimari “La culpa que habita en mí”

Esto de “conectar” en redes es muy difícil de explicar. No te hablo de aceptar una invitación o saludar  a través de Messenger (por favor, no se me ofenda nadie si no respondo a un saludo de estos, que no es la primera vez que me llaman borde por este motivo).

A lo que iba: encontrarte entre los miles de millones de perfiles activos que hay en la red con una persona que esté tan alineada contigo, o tú con ella, es para celebrarlo, compartirlo y alimentarlo para que siga creciendo.

Empezamos hablando de la culpa y nos “encendimos”, algo muy habitual en nosotras, y nos picamos a hacer algo. Luego derivó en un post conjunto, de esos que ahora están tan de moda 😉 y luego miramos opciones de publicarlo y dejarlo bonito. Pero ay de mí, cuando abro y leo su aportación y me doy cuenta de que no puedo sumar ni aportar nada mejor a esta maravilla de reflexión con fundamento sobre las culpabilidades que habitan en nosotros.

Con lo que te dejo a solas con María Jesús Gímenez Caimari y de paso te invito a que la conozcas y la sigas para aprender mucho y bien de psicología de la buena, de esa que nos hace falta en el día, la cotidiana. Pero también sabe cómo llevarla a las organizaciones y hacerlo de forma limpia, que a sucio ya van las cosas por sí solas.

Que la disfrutes, como yo hago…

 

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Me la imagino como un bicho pequeño y espabilado.

Un parásito de esos que se nos cuela dentro para alimentarse de todo lo bueno que llevamos. La culpa se nutre de nuestra responsabilidad, de nuestros errores, de nuestra autoexigencia, de nuestra creencia de poder con todo, de la necesidad de aprobación, de la presión externa y de la interna. La culpa nos desgasta, nos paraliza y, sobre todo, nos culpabiliza.

Como ser vivo que es nace, crece, se reproduce y muere. Pero solo morirá si la matamos y para eso debemos de ser conscientes de que hemos caído en su trampa.

 

NACE

La culpa nace casi con nosotros. Desde pequeños ya nos manejamos con ella. Su función es hacer consciente a la persona que ha hecho algo mal para facilitar los intentos de reparación. Su origen tiene que ver con el desarrollo de la conciencia moral que empieza en nuestra infancia en el que influyen las diferencias individuales y los estilos educativos.

La culpa es algo aprendido por condicionamientos muy simples al hacer algo que no encaja con las expectativas que los otros tienen de nosotros. Cuando somos niños no agradar a los que nos quieren (padres, maestros, amigos), no recibir su aprobación y comprobar que les hemos decepcionado provocan el sentimiento de culpa y su malestar.

 

CRECE

No importa la edad, el sexo, la inteligencia, los recursos que uno pueda tener, si entre lo ideal y lo real se ha colado la culpa para equilibrar esa conexión, caeremos en ella cada vez que percibamos que nuestro comportamiento genera desaprobación en nuestro entorno. Sentirse culpable provoca un gran malestar pudiendo llevar a la persona a padecer algún tipo de trastorno importante.

Los elementos de la culpa:

  1. Acto causal (real o imaginario).
  2. Autovaloración negativa del acto.
  3. Emoción negativa derivada de la culpa.

A partir del acto inicial, la autovaloración negativa generará el sentimiento de culpabilidad que nos conduce a la vergüenza, la tristeza, la mala conciencia, la autocompasión, los remordimientos, provocando una mezcla de emociones y sentimientos que nos hacen sentir mal y que se retroalimentan entre sí dificultando su identificación.

 

SE REPRODUCE

Tipos de culpa:

  • Productiva.

Aparece como consecuencia de haberle causado un daño a alguien. Esto nos genera un malestar que necesita ser reparado. La culpa tiene su parte útil: sentir culpa nos ayuda a tomar conciencia de nuestros errores. Reconocer el error, aceptarlo y pedir disculpas por él es una buena manera aprender de los errores.

  • Improductiva.

EL RESTO. No existe ninguna falta objetiva que justifique dicho sentimiento. Este tipo de culpabilidad es destructiva y no nos ayuda a adaptarnos al medio. Cuando la culpa no cumple su función adaptativa puede hacerlo por exceso (relacionada con alteraciones psicopatológicas como la depresión) o por defecto (asociada con elevados niveles de perfeccionismo).

 

¿Qué pasa si el miedo a decepcionarnos es con nosotros mismos? ¿Qué ocurre si no es tanto la exigencia de los demás como nuestra propia autoexigencia? ¿Qué pasa si no encaja el objetivo ideal que nosotros nos habíamos marcado con la situación real? ¿Y si las expectativas que tenemos de nosotros mismos, unidas a una autoconfianza y autoconcepto distorsionado y todopoderoso no llegan a buen fin?

Y de esta culpa sabemos un rato. Este rollo de premios y castigos en función de lo que merecemos, de lo que nos esforzamos, de la vida que llevamos, de lo que comemos. Si no hago lo que me dice el otro (o yo mismo), si no sigo al del manual de turno, si la cosa sale mal, me sentiré culpable, responsable. Dependiente y manipulable. Mea culpa.

Y da igual quien predique al otro lado, da igual si he pecado o no he sido positiva todos los minutos del día. La cosa es que cuando no me salga como quiero, la culpa será mía. Culpa, responsabilidad y miedo, tres elementos que se van retroalimentando. A mayor responsabilidad, mayor culpa. A mayor culpa, mayor miedo. A mayor miedo mayor dependencia y manipulación. Solo yo te puedo sacar de ahí. Mucho discurso así hay por ahí.

 

LA TRAMPA.

Soy culpable y pido perdón. Después, me siento culpable por haber pedido perdón: la trampa.Incluso nos podemos sentir culpables cuando las cosas nos van bien.

 

 

Nos sentimos culpables por TODO.

Ejemplos cotidianos de que la culpa nos chupa sangre:

  • Por no mandar a un pesado a paseo. Por haberlo mandado a paseo.
  • Por tener un buen trabajo. Por no tener trabajo.
  • Por haber regañado a nuestro hijo. Por no regañarle como debíamos.
  • Por no trabajar en vez de jugar con los hijos. Por jugar con ellos en vez de trabajar.
  • Por irnos de viaje con nuestras amigas. Por quedarnos con nuestra familia en vez de ir con ellas.
  • Por trabajar mucho. Por trabajar poco.
  • Por tener los cajones desordenados, por cocinar fatal, por no hacer suficiente deporte, por tirarnos en el sofá dos días enteros, por pasarnos un domingo comiendo porquerías, por tardar un día en contestar un correo, por tomarnos una cerveza de más, por no entregar el informe un día antes del plazo marcado…

Y nos pasamos la vida pidiendo perdón por no hacer nada malo, por no hacer daño a nadie. Simplemente por no dar la talla en el grado de aprobación que deseamos. Por pura AUTOEXIGENCIA, por ir tras un perfeccionismo desbocado.

 

LA CULPA NO MUERE. HAY QUE MATARLA.

Para matarla hay que ser consciente de:

La necesidad de autoaprobación (hoy en día todo es auto), la autoexigencia, el miedo a defraudarnos, el supuesto autocontrol y la búsqueda del perfeccionismo es el caldo de cultivo ideal para la culpa. En este cultivo cuando sintamos impotencia, frustración o pérdida de control la culpa nos devorará antes de poderla matar a ella.

¿Es sano seguir pensando que podemos con todo? ¿Es saludable creer que simplemente con mucho esfuerzo y actitud positiva todo nos va a salir bien? ¿Es humano hacernos creer que somos responsables de todo lo que nos va a pasar en esta vida, desde un buen trabajo a no padecer una grave enfermedad?

La culpa no muere sola, a la culpa hay que matarla. Matar la culpa es:

  1. Desterrar la autosuficiencia y la omnipotencia.
  2. Aceptar que existen acontecimientos incontrolables.
  3. Saber que siempre habrá un “tendría que haber hecho” y cosas que no podremos cambiar. Y que no pasa nada.
  4. Entender que no podemos decidir todo lo que nos rodea.
  5. Convencernos de que no hemos venido a este mundo a sufrir, aunque a veces suframos.
  6. Separar los errores y fracasos de nuestra persona. He fracasado pero no soy un fracaso.
  7. Olvidar el cuento de premios y castigos.
  8. Ver que los “culpadores” han cambiado de vestimenta y de púlpito. “Los culpables” seguimos siendo el rebaño.
  9. Amar nuestras limitaciones.
  10. Ser humanos.

 

En la vida hay un punto de no retorno, bienaventurados los que llegan a él: el momento en el que te das cuenta de que no es la sociedad la que te exige tanto. Eres tú. Y será tu vida y tu culpa.

 

Imagen: pinterest.com

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Morir de ego

El ego, ese ente del que todos hablamos y damos consejos sobre cómo gestionar para mantener equilibrado, mientras es engullido por el nuestro propio. El ego, esa parte del ser humano de la que presumimos tener bajo control y nos lleva a callejones sin salida de manera constante.

 

Sí, lo sé, el ego ha de existir, es condición humana, pero…

¿por qué hablamos continuamente de él como si fuese un animal doméstico cuando en realidad es una bestia indomable que se apodera de nosotros?

 

Cansada de leer sobre cómo gestionar egos ajenos (importante, nunca el propio, no vaya a ser que no pueda/quiera), hastiada de encontrarme con lecciones magistrales sobre el daño que hace un ego sobredimensionado a las organizaciones y a las relaciones, y sobre todo aburrida de que siempre se hable en tercera o segunda persona (siempre son los demás los que tienen el ego desbocado, nunca uno mismo), me he decidido a desnudar mi ego para ti.

 

Como una cura de humildad que todos necesitamos en algún momento (o en muchos), me voy a quitar aquellas capas de ego que veo tan a menudo en mi sector (sí, sí, en el mío que tanto vende y proclama la gestión de egos y personas, que es más sangrante aún).

Y voy a ser tan sincera como me permita el propio ego, porque por mucho que profundice en el autoconocimiento y me lo curre como una campeona, qué quieres que te diga, pues que todavía me falta para ser experta en mí misma. Con lo que ser experta en autoconocimiento así en general, peor me lo pones.

Pues verás, por mucho que digamos que nos gusta rodearnos de personas que brillen más que nosotros, de las cuales aprender, bla, bla  y bla… yo he sentido miedo. Me encanta aprender, mejorar y crecer y eso sólo es posible si te rodeas de personas mejores que tú, que te impulsen a ello, pero sí, he tenido miedo. Miedo de no llegar a cumplir mis y sus expectativas, miedo de los agravios comparativos, miedo del aprovechamiento fruto de la desconfianza. No es todo el tiempo, se lucha contra ello y se vence, pero no siempre se consigue. Y quien te diga lo contrario miente, o eso creo…

 

Y hablando de egos, con el éxito hemos topado y con las prisas de crecer, de sumar seguidores, de engordar los perfiles y las cuentas bancarias. No me vengas ahora con que hay que hacerlo de corazón, porque no te lo crees ni tú y de paso, ni yo. Cierto que lo hago con el corazón porque me gusta mi trabajo, y me vuelco para que salgan bien las cosas, porque con ello se pone en juego mi profesionalidad, mi imagen y la confianza depositada en mí…Sigo rascando que cada vez escuece más. Y al ponerse en juego mi profesionalidad,  puede verse perjudicado mi orgullo, mi valía, mi yo, vamos mi ego. Que de paso, también velo por los intereses de las personas que componen y dan forma al proyecto, eso nunca se olvida, pero que lo hago con mi ego guardado en una caja fuerte a buen recaudo…como que no.

Es entonces cuando llega un día en el que me doy cuenta de el éxito puede ser la tumba, me voy a morir de éxito, de que ¡me voy a morir de ego! Y total, ¿para qué? ¿Me compensa? ¿Compensa a quienes me rodean? Aquí sí que me trabajo bien el ego, lo doblo según los criterios de la japonesa Marie Kondo y bien plegadito al cajón. Pero admito que esta gestión, me viene como resultado de haberme visto fuera de mí misma, incluso fuera de control por miedo a ver dañado mi ego, ese del que presumo manejar tan bien.

 

No soy perfecta, hace tiempo que lo sé, pero ¡me fastidia admitirlo según en qué aspectos! Me gusta hacer las cosas con buenos resultados, que sean valorados por las personas que me importan, me encanta encontrarme con gente que coincida conmigo en valores. Vamos, que me gusta alimentar mi ego y protegerlo, y como ya he admitido que no soy perfecta, puedo permitirme el lujo de decirlo así, tal cual. Yo soy la principal “culpable” de que mi ego aumente de tamaño  y lo hago de manera consciente e inconsciente. Luego se me va de las manos y ya no me gusta tanto, ahí es donde tiro de abuela materna, que es la persona con mayor capacidad que conozco para reajustar el tamaño de tu ego de un plumazo, te deja como nueva (cosas de la genética de la cuenca del Nalón).

Y si aún así se resiste, siempre me queda mi marido que me hace bajar de las nubes con tan sólo mirarme o mi madre al hacer ver que no sabe realmente a qué narices me dedico. Para ese ego fuera de sí, una buena dosis de realidad y quedo como nueva. Sería ideal que siempre fuese yo la que llegase a esta conclusión por mí misma, pero ya he vivido algún episodio donde mi ego me ha cegado y he llegado a rozar la enfermedad por exceso de trabajo o agotamiento mental. Y sí, esto también son problemas a la hora de gestionar mi ego.

 

No te creas que ha sido fácil sentarme a contarte esto, yo me que las doy de ser una apasionada (qué pesados somos con la pasión, de verdad!) del autoconocimiento y buscadora empedernida de la aplicación de la gestión emocional.

Yo, que escribo post quincenales con recomendaciones y te acerco la teoría a la práctica.

Yo…he de admitir que, como tú y como el resto de mortales, nos encanta alimentar nuestro ego.

 

Imagen: google.com

 

*Artículo de colaboración el blog de Silvia Saucedo, no dejes de seguirla en su blog y en su programa de radio en Radio Guadalquivir 107.5 fm.

 

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El lado oscuro de la coherencia

Hay que ver para cuánto da una comida de Navidad con dos buenas amigas (vosotras ya sabéis quiénes sois…) y una larga y sincera sobremesa. Desde diciembre lleva madurando este post, imáginate la cantidad de vueltas que le he dado al tema y lo que ha supuesto para mí.

Aunque pueda parecer irrelevante, creo que es necesario que te ponga en contexto, por lo que intentaré hacerlo de la forma más breve posible.

 

Estas amigas me conocen desde hace casi 10 años y han vivido conmigo una serie de circunstancias que nos han unido a pesar de vernos muy poquito y de estar una de ellas a más de mil kilómetros. Al grano que ya me lío… Ambas conocen de primera mano mi opinión sobre una persona, opinión que es (bueno era…) compartida y hablada en multitud de ocasiones. Opinión…que de un tiempo a esta parte, ha cambiado por una serie de motivos (esos sí que son irrelevantes).

 

El meollo del post viene a continuación: tras compartir, y casi debatir, este cambio de opinión, soy “acusada” de incoherente, cualidad que me define por excelencia y que llevo por bandera (prometo que no son mis palabras, pero podría hacerlas mías en cualquier momento). Me sorprende la dificultad para explicarme y hacerme entender al respecto, pero no logro convencer a mis acompañantes de que lo opinaba hace 10 años, ha cambiado, al igual que lo he hecho yo, y que tengo todo el derecho del mundo a ejercer libremente dicho cambio. Pues nada, oye! Que soy una incoherente por haber cambiado de opinión.

 

Conste que las sigo queriendo muchísimo a ambas, pero removieron en mí algo que no me gusta en absoluto: la sensación de culpabilidad por cambiar de opinión. Me fui dando un paseo sin prisa por el casco viejo de Oviedo mientra maduraba la idea y nació este post.

 

¿Cómo es posible que en un mundo tan convulso, donde todo cambia tan rápido, donde todo parece caduco a la media hora de haber sido creado… nuestras opiniones tengan que ser inamovibles?

¿Cómo puede ser que nos cueste tanto entendernos y hacer comprender que el cambio es innato al ser humano?

¿Cómo pretendemos fomentar la evolución y desarrollo constante si lo primero que frenamos es el propio derecho a cambiar y al mismo tiempo sancionamos a quien lo hace?

 

De repente, mi apreciada coherencia, tan frecuente en mi vocubulario se volvió más una losa que unas alas. Me imaginé con una esposas doradas, presa del peso de la coherencia como una tremenda limitación que, según con quién me topase, no me permitiría avanzar al ritmo que yo considerase oportuno. Y me ví, te prometo que me ví, muy lejos de esa libertad que había traído siempre consigo la coherencia de la mano.

 

Por un lado, he de admitir que fui la primera en pasar por el trance de traicionarme a mí misma al cambiar de criterio y además, de hacerlo sobre algo que era público y compartido en mi entorno cercano. Resuenan en mi cabeza: “¿Pero qué te pasa? ¿Cómo me ha dado ahora por “esto”? ¿Qué pensarán de mí? ¿Creerán que soy una falsa?¿Incoherente yo?” Buf, qué presión!

Pero más allá de todo esto, surge la sensación de faltar a la verdad, a mi verdad, a pesar de considerar que tengo motivos para cambiar de opinión. Y las tengo, vaya si las tengo! Entonces soy “valiente” y decido ejercer y hacer público mi derecho a cambiar de idea, a hacerla pública y asumir sus consecuencias.

 

Y una vez superadas todas estas trabas internas inherentes al propio cambio (paso de llamarlo zona de confort, que me da mucho hastío…) soy testigo una vez más, y además en carne propia, de las resistencias humanas a la evolución implícita en la propia vida. Mi entorno, el contexto en el que vivo, no me facilita en absoluto esa transformación y más allá de mi propia dificultad, es mi círculo vital el que me dice abiertamente ante cada cambio que soy una incoherente.

 

Sigo pensando, y ahora me gustaría que lo hicieras tú también: ¿nunca has pensado en la incoherencia de alguien por hacer esto mismo? Dime que no has pensado en lo maleable que es una persona determinada por hacer cosas diferentes a las que hacía…hace 10 años. Pues sí, yo también lo he pensado. Y mientras lo hacía, reforzaba mi propia coherencia como estandarte de firmeza de ideas, de ser consecuente con la elecciones tomadas en un momento determinado. Como si las opiniones fuesen un ente inmamovible y al cual debemos aferrarnos como testimonio de vida.

 

Con lo que aquí me tienes, dándole vueltas a la idea que tenía sobre la coherencia, tan usada como maltratada en las definiciones personales, en las pautas de una marca personal estratégica, en el sello de la autenticidad. Y ahora mismo no tengo tan claro que la coherencia, tal cual me la he topado estas navidades entre el turrón, sea la mejor opción.

 

En resumen (modo irónico activado al máximo):

  • Si eres coherente, nunca podrás cambiar de opinión
  • Si eres coherente, te dolerá evolucionar y pensarás que te traicionas
  • Si eres coherente, tu entorno no te permitirá cambiar de idea, así como así (sobre todo cuando la nueva sea opuesta a la suya).
  • Si eres coherente, tu contexto te hará dudar de tu esencia y tu autenticidad.
  • Si eres coherente, no puedes ser flexible y adaptarte, porque te transformas automáticamente en incoherente.
  • Si eres coherente, no gustarás a todos. Pero si eres incoherente…tampoco. Ay, que esto no venía mucho a cuento, pero de paso te lo recuerdo que nunca viene mal.

 

Y viendo lo visto, ya no tengo tan claro si alardear de mi coherencia o no. Me arriesgo a que me veas como una incoherente, quizás me sea más útil para adaptarme a este entorno VUCA, donde todo muta a la velocidad de la luz…

 

Imagen: google.com

 

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Cariño, tengo celos de Twitter…

* Dedicado a una persona excepcional con la que comparto mucho más que una vida: mi marido, Jaime Gayol.

Y de Facebook, de Linkedin, de Instagram, de Pinterest. O de cómo el peso de las redes sociales se puede volver una losa en nuestra contra….

Cuando ya pensaba que mi vida “social” era estable y tenía controlados Facebook y Linkedin como herramienta de trabajo y forma de difusión profesional, va y aparece él: Twitter. Sé que la gran mayoría de vosotros ya le conocíais o incluso sois influencers, pero no es mi caso.

A pesar de tener la cuenta activa hace casi 7 años, era un noviazgo que no había comenzado, simplemente nos habían presentado y ahí había quedado la cosa. Pero en estos últimos meses, la relación parecía que empezaba a tomar forma. Había comenzado a trabajar mi marca personal de manera más intensa y había visto claramente que era algo necesario y muy positivo, diría que casi imprescindible, el saber moverse adecuadamente en esta red.

 

Me encontraba inmersa en conocer su lenguaje, en seguir a los perfiles que me interesaban, en adaptarme a su ritmo y además amoldar mis necesidades a lo que me ofrecía. Pero en realidad, lo que me encontraba era agotada!!! “Da igual” me decía, “no desistas, lo dominarás” Y mientras persistía, tenía claros mis objetivos y quería llegar a un determinado número de tweets al día, de tener cierto número de seguidores y de que mi puntuación de Klout aumentase, me di cuenta de que me estaba perdiendo algo importante: mi vida.

 

Un día cualquiera, después de una larga jornada sin ver a tu familia, sin tener tiempo para tus amigos ni jugar con tu hija, me dispongo a “currarme” el Twitter y oigo a mis espaldas: “Cariño, de verdad, le tengo celos a Twitter”. Y aquella frase de mi marido me rompió por dentro, fue una bofetada de realidad para mí.

 

Aquí es donde empieza realmente la reflexión que vino días después de esa frase lapidaria que marcaría mi relación con Twitter y demás redes sociales: sé que es importante la presencia en la red, pero es más importante aún la presencia en mi vida. Siento contradecir a quienes predican que si no estás es como si no existieras, que no se debe dejar de publicar ni un solo día, a quienes insisten en estar activo y ser visible en la red, en estar pendiente de todo lo que ocurre. Lo siento de veras.

 

Se lo agradezco, de corazón. Creo en la sabiduría y bondad de sus consejos, en la necesidad de crear una imagen profesional estudiada y difundirla a través de las redes, de tener visibilidad y de estar ahí. Pero también necesito hacerlo a mi ritmo, con mis objetivos y según mis necesidades y sobre todo, sin ahogarme ni perderme nada de lo que está fuera la red. Necesito evolucionar en mi marca personal al mismo ritmo que en mi vida profesional, sin dejar a un lado y mimando como se merece mi vida personal, mi familia, mis amigos, mi tiempo…

Necesito sentirme presente en el café de la sobremesa con amigos, en la conversación banal durante la película después de cenar, pintando nubes en el aire con mi hija o hablando con mi madre por teléfono. Necesito estar presente en mi vida y no perderme ni un solo minuto.

 

He llegado a la conclusión de que no necesito 50000 seguidores, que no puedo (ni quiero) publicar al día 100 tweets, de que no tengo por qué ser una influencer… O al menos de momento, ya que ni estoy preparada para conseguirlo ni es necesario en mi realidad actual, ahora mismo es el momento de tomar decisiones respecto a Twitter y a mi vida.

 

Por eso, para los próximos meses me he propuesto estos sencillos objetivos para hacer que todo esto sea más fácil para mí y los que me rodean:

 

  • Restringir el uso de las redes sociales en tiempo y espacio: 5, 10 o 30 minutos, una jornada completa, pero que sea limitado y solamente en unos espacios en concreto (oficina, trabajo, despacho)
  • Dejar los dispositivos móviles en silencio en reuniones sociales, tiempo de ocio y de familia. Desconectar realmente y disfrutar de esos momentos.
  • Fijar unas metas realistas y adaptadas al tipo de vida de cada uno: aunque lleve tiempo, es necesario definir una estrategia y desarrollarla en un plazo determinado, mientras que por ello no suponga una pérdida de contacto con la “realidad física”
  • Aceptar las limitaciones e intentar aprender cada día, intentando que sean cada vez menos, pero sin prisas ni presiones.
  • Disfrutar con lo que se hace, sea el tiempo que sea…

 

Bien, pues ha llegado el momento de empezar a cumplir los propósitos y estar presente en cada momento de mi vida. Porque por si fuera poco, este verano me he abierto una cuenta en Instagram…

Y tú ¿estás presente en la tuya?

 

Fuente: Pixabay.com

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Dicen que ya no soy coach…

Dicen que ya no soy coach, pero se olvidan de que nunca lo fui en realidad. Y digo bien: nunca lo fui y menos ahora con todo lo que sé que implica tener que hacer para ostentar tal mención.

No te quiero aburrir con los títulos ni experiencias profesionales que hacen que sea quien soy a día de hoy, es lo último que me apetece. Además, sé de sobra que tienes otras formas mucho más rápidas de saber sobre mí. Pero lo que sí tengo claro, y creo que es la base de todo, es que soy psicóloga. Y ahí, reside parte del problema y de la solución de lo que te quiero “llorar”.

 

Llevo desde el 2008 formándome y adquiriendo conocimientos en lo que conocemos como coaching, lo que para mí es una herramienta más de las que me ayudan a llegar a las personas y organizaciones con las que trabajo. A ellas y a sus objetivos, sus necesidades, sus circunstancias.

Son 10 años de aprendizajes, asimilando y aplicando conceptos y técnicas que me han permitido dar forma y poner nombre a aquello que estudié en psicología y otros metodologías que llegaron de la mano de diferentes disciplinas. A día de hoy llevo acumuladas más de 500 horas en procesos de coaching (me las sé de memoria porque es habitual que las tengamos registradas, contabilizadas y documentadas).

Tuve la necesidad (generada por el propio contexto y momento) de certificarme por la entidad con la que me formé en mis inicios. Dicho sea de paso, esa primera formación fue determinante en mi decisión de dirigir mis esfuerzos en aplicar y trabajar con esta técnica que tantas alegrías me ha traído todo estos años.

Y de ahí, hacia arriba, como un cohete. Me certifico en su momento, obviamente con la entidad con la que me he formado porque para eso está acreditada por sí misma y forma parte de una asociación que la respalda, compuesta por profesionales formados y acreditados por esa misma entidad (saca tus propias conclusiones). Y me sigo formando, creciendo, ampliando horizontes y mente, o eso creo, o eso intento. Y lo hago en estas y otras técnicas, conozco otras materias, experimento con nuevos métodos. Y me apetece meterme en el lío de “subir” en el nivel de certificaciones, para llegar al TOP de las certificaciones, como que eso me hace ser mejor profesional. Todo me parece poco…

Hasta que me doy cuenta de que lo único que hacen esas certificaciones es darme seguridad cuando no la tenía, cuando me la intentan quitar porque esa inseguridad es la base en la que se sustenta su propia existencia. Y da cierta lástima y al mismo tiempo orgullo, ser consciente de todo ello. Constatar que en estos 10 años, las 500 horas de las que te hablaba antes, han tenido lugar gracias a la confianza que mis clientes y las organizaciones han depositado en mí permitiéndome acercarles los beneficios de la psicología a su día a día. De los resultados obtenidos, de la satisfacción de hacer las cosas con convicción y valores firmes, y no de las certificaciones obtenidas.

 

Estas y otras circunstancias que no vienen a cuento (o quizás sí, pero esto se haría interminable) me han hecho darme cuenta de lo que te decía al inicio: no soy coach, nunca lo fui. Y por lo tanto, no necesito que me renueven cada año el pase para poder seguir siéndolo a cambio de nada.

A parte de mi postura sobre la profesión de coach (si no la conoces, te invito a leer este post) y mi defensa sobre el papel de la psicología en las bases del coaching, se une la de no ser más cómplice de este tipo de certificaciones (al menos, de las que conozco hasta el momento). Un proceso que tiene más de burocrático y de costes que de supervisión profesional, una certificación que tiene más de pegatina de sobre-sorpresa que de seguimiento y mejora continua. Una certificación que serviría para acreditar una capacitación demostrando ante “notario” que las horas en procesos que dices tener en tu poder, son tales. Pero que solamente tendrán validez mientras pagues religiosamente una cuota a cambio, y que en caso contrario, pierdes. Y entonces ahí, la que se pierde soy yo.

Comprendo que si no estás vinculada a una asociación, la misma no dé por válida la certificación que acreditó en su momento. Es lógico: no van a acreditar a alguien que no sostiene su sistema ni forma parte de él.

 

Pero lo que me lleva a contarte todo esto es la siguiente reflexión: si pierdo la certificación que la asociación ha emitido ¿también pierdo la formación, experiencia y conocimientos adquiridos y facilitados por ella? Creo que la propia pregunta se responde a sí misma. ¿Cómo se va a perder lo adquirido y asimilado, lo aplicado y ejercido durante 10 años porque una entidad así lo decida? ¿Por dejar de pagar una cuota? Y ojo, que no estoy en contra de los motivos que llevan a las asociaciones a tomar esa decisión: si no pagas, no eres asociado y pierdes la certificación. Otra cosa es que vea esa decisión coherente con la misión que las hace nacer, que no es otra que la de favorecer el desarrollo y divulgación del coaching como profesión.

¿Perderé entonces mi credibilidad y profesionalidad? Me hago esta pregunta en voz alta porque hoy sé la respuesta y no me da miedo decirla en voz alta, pero hasta no hace mucho, me hicieron dudar…de ello y de mí. Que no te engañen, el respeto y la acreditación siempre han de venir de la mano de los clientes, de los colegas de profesión, de los resultados. En caso contrario, será papel mojado…

 

En fin, que dicen que ya no soy coach, y creo que después de contarte todo esto se reafirma mi idea de que nunca lo fui. Lo que sí soy es una profesional de la psicología, que aplica con el mismo rigor el código deontológico que el coaching como técnica en su día a día. Pero para eso, no hay certificaciones jugosas en el mercado…. de momento.

 

Imagen: Jill Greenberg

 

 

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Autocontrol o cómo no perder de vista el objetivo

¿Cuántas veces has tenido en mente conseguir un resultado y te has perdido por el camino? Es el momento de pararse y analizar cuál es el motivo y cómo llegar a destino.

Cuando te propones algo, cuando tienes claro un objetivo, nos movemos hacia él. Es como una especie de hoja de ruta en la que sabes de dónde partes y hacia dónde vas. Pero en muchas ocasiones, te desvías y, o bien acabas en otro destino, o tomas caminos equivocados.

Esta sensación la tienes al emprender un proyecto profesional, una nueva relación, al tener que cambiar los planes previamente establecidos o en la búsqueda de empleo. Pero no pierdas la calma, veamos el motivo de que esto ocurra y pongámosle solución.

Al iniciar un acción, sea del tipo que sea, te mueve el impulso de querer conseguir con éxito finalizarla. Una veces el éxito será conseguir aquello que te gusta, otras obtener algo que necesitas y otras el simple hecho de acabar lo que comenzaste. Te hablo de concluir una tarea, llamar por teléfono a alguien para dar una mala noticia o finalizar el curso de inglés al que llevabas inscritos 5 años…

Pero entonces, ¿por qué si quieres conseguir estos objetivos, acabas mirando el periódico, discutiendo con la persona que recibe la mala noticia o apuntándote a clases de baile? Porque pierdes de vista tu objetivo.

Y aquí, no me queda otra más que hablarte de Daniel Goleman y de su obra Inteligencia Emocional (1995), y más específicamente del autocontrol. A partir de este momento y, afortunadamente cada día más, empieza a tomar posiciones la importancia de las emociones en el éxito personal y profesional. Respecto a lo que nos concierne, el autocontrol es uno de los elementos básicos a trabajar que propone como forma de ser habilidoso socialmente (junto con el autoconocimento, la motivación y la empatía).

El autocontrol, la gestión y puesta en práctica de las emociones según nuestras necesidades, es lo que hace que tengas siempre presente tu objetivo o que, por el contrario, acabes fomentando una situación que no habías planeado. Si quieres ser un candidato destacado en una entrevista de trabajo, lo quieres ser por tu discurso, tu seguridad, pero a veces lo eres por tu estado de nerviosismo o por quedarte bloqueado.

Lo que necesitas es tener una base importante de conocimiento sobre ti mismo y tus emociones, tanto las aprendidas como las de mayor predisposición biológica. Y partiendo de este conocimiento, controlarlas para utilizar aquellas que te sean beneficiosas y gestionar aquellas que no lo sean tanto. Por ejemplo: un enfado puede parecer poco productivo, pero lo será en situaciones donde no controlemos la palabras o la comunicación no verbal. Sin embargo, puede ser el motor que nos haga salir de situaciones complejas, como puede ser un ataque inesperado por otra persona. Todo dependerá del enfoque que le des al enfado, y de que tengas claro en todo momento qué es lo que quieres conseguir con la energía que te genera esa emoción (no perder de vista el objetivo).

Una vez conoces tus tendencias emocionales, las defines y decides cuáles te resultan productivas y cuáles deseas cambiar (eso lo te lo cuento aquí con más detalle), necesitas empezar a entrenar una parte olvidada de tu organismo: el cerebro. Las emociones se localizan en el sistema límbico, una estructura cerebral que ha cambiado muy poco a lo largo de la evolución. De ahí, su reflejo en el organismo a la hora de que se produzcan: angustia se traduce en presión en el pecho, sudoración, tensión muscular, etc. Y algo que parece negativo en principio, el hecho de que se exteriorice en el organismo y todo el mundo sea consciente de lo que ocurre, es principio del autocontrol: detectar cómo aparecen las emociones y qué síntomas tienen en nuestro organismo. Y a partir de ahí, comienza el entrenamiento emocional.

Vamos a ir poquito a poco, empezando con unas recomendaciones básicas de cómo conocer tu cuerpo y el efecto de las emociones en él:

  • Practica e imagina mentalmente (puedes visualizarlo, oírlo o sentirlo según sea tu sistema representacional) la situación que quieres controlar. Empieza por imaginar la situación completa de manera exitosa y céntrate en cómo te comportas, te sientes, te mueves, te expresas. Esto habrá que repetirlo en muchas ocasiones hasta dar con el mejor de los escenarios posibles, y conseguir automatizar los comportamientos más adecuados.
  • Piensa en 5 situaciones en las que tus emociones te hayan beneficiado y otras 5 en las que necesitas mejorar. Hazlo en términos de definir la situación, el contexto y sobre todo las emociones y sus efectos en ti, pero no olvides los efectos en los demás.
  • Trabaja la distancia emocional: no todo lo que ocurre tiene que ver contigo ni es por ti. A veces, las cosas, simplemente ocurren.
  • Separa la crítica que te hacen de la persona que la realiza, e intenta sacar la parte positiva de mejor que puedes obtener al saber que generas eso en otra persona.
  • Diseña un registro de situaciones importantes que quieras trabajar, donde definas tus pensamientos, emociones y conducta resultante, pero también trabaja los pensamientos y actitudes alternativas que quieres llegar a conseguir.

Y pregúntate: ¿Qué es lo peor que me puede pasar…?

Y nunca, nunca, pierdas de vista tu objetivo. No te desvíes de la ruta que tenías planificada, y es así, que sea de manera consciente.

Imagen: pinterest.com

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Personas con alma

¿Sabes esas personas que destacan entre la multitud y ni siquiera son conscientes? En algunos casos puede que sí lo sean, pero lo hacen de una forma tan especial, con una elegancia tan improvisada que incluso roza a veces la inocencia, lo hacen de una manera tan sutil y gradual que no he tenido más remedio que crear una sección especial para ellas en mi blog.

A partir de hoy, pero sin fecha, ni programación, ni planificación alguna, nace PERSONAS CON ALMA. Y lo hace con la idea de poder traerte de la mano a esas personas ante las cuales he caído rendida, sin conocer el motivo en la mayoría de las ocasiones.

Estas personas, poseen un atractivo tan delicado, a veces ingenioso, otras inteligente, pero siempre interesante. Son personas que desprenden un halo de serenidad de muchos casos, de inquietud de pensamiento y belleza profunda, pero no de la externa (que de esa también hay), sino de la que aumenta con el paso del tiempo y la experiencia.

Son personas que se han vuelto cotidianas en mi calendario y en mi cita diaria con las redes, personas con las que interactúo, intercambio y aprendo. Personas que me inspiran, ayudan y aportan de una manera tan inesperada, que todo esto me ha llevado un tiempo de digestión, pues no es fácil admitir que personas a las que no conoces absolutamente de nada, que llegan a ti (o tú a ellas) de manera casual (causal?), comienzan a tener un papel tan importante en tu vida. Eso, cuesta digerirlo y admitirlo…. Pero una vez hecho, lo menos que puedo hacer por todo lo que han supuesto y suponen a día de hoy, es este pequeño homenaje en forma de espacio en mi blog.

Son personas muy dispares en edad, formación, intereses y procedencia, pero poseen todos esos rasgos comunes que te acabo de contar y que son los que han conseguido que te esté contando esto hoy.

Te las haré llegar cualquier día, a cualquier hora y en cualquier formato, eso dependerá de ellas y no de mí, que para eso es su espacio. Y llegarán como ellas deseen, a través de sus reflexiones, de conversaciones, de sus imágenes, de entrevistas, de sus proyectos y en el formato que ellas decidan. Y te aseguro que muchas de ellas….te sorprenderán (porque a mí me han sorprendido y mira que pensé que ya las tenía “estudiadas”).

Puede que al leer este post sonrías porque eres una de esas personas y ya he picado a tu “puerta digital” para pedirte que te muestres al mundo a través de este nuevo espacio o lo hagas de una forma diferente, de la forma en la que yo te veo. O quizás sonrías sin saber que serás tú la próxima persona a la que pediré que comparta con el mundo lo que yo veo en ti.

Como te dije el viernes, este no es post cualquiera, ni siquiera es un post, sino el inicio de una sección especial como regalo particular para esas almas de las que te hablo y que me hacen mejor persona. Esas almas que consiguen sacar lo mejor de mí o que lo intente sacar, guiada por ellas y su forma de comprender la vida. Esas personas que han llegado para quedarse y para las que no se me ocurre mejor forma de hacerles llegar mi admiración y agradecimiento hacia ellas.

Y tú ¿conoces a personas que generen eso en ti? ¿Las tienes cerca, en tu día a día y te impulsan a crecer? ¿Se lo has dicho o les has hecho llegar lo que producen en ti, el impacto que tienen en tu vida? Yo, ya me las he ingeniado para que lo sepan y que además, tú también las conozcas y puedas disfrutar de estas PERSONAS CON ALMA…

Imagen: Steve Ringman / The Chronicle for Bay to Breakers, San Francisco,1986 .

 

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Eneagrama: el equilibrio de las personalidades

Uno de los tesoros más codiciados y buscados en nuestra sociedad es el equilibrio: entre la vida familiar y profesional, con la pareja, en el grupo de amigos o en los equipos de trabajo. Pero también es necesario plantearnos el equilibrio en nuestra propia personalidad.

Hace casi dos años acudí a un taller solidario en Asturias sobre el Eneagrama de la mano de Cristina Cama, maravillosa profesional y mejor persona. Durante un fin de semana completo indagamos y profundizamos en nuestros rasgos de personalidad, intentando identificarlos dentro de los 9 eneatipos definidos hace miles de años por los sofistas. Y lejos de encontrarme con algo místico y mágico como pensaba, hallé una poderosa herramienta de autoconocimiento e indagación a nivel personal com muchísimas aplicaciones que quiero compartir contigo

En resumen, una vez que el resultado del test inicial te enmarca dentro de un eneatipo, te redirige hacia comportamientos positivos de otro eneatipo complementario al tuyo y al mismo tiempo, da luz sobre los rasgos negativos que desarrollas respecto a otro eneatipo que te “descentra”.

Vamos, que busca la toma de consciencia sobre el equilibrio de tu personalidad. Y me pareció tremendamente interesante además de extrapolarlo a otros aspectos vitales, algo muy habitual en mí…

 

El fin de semana dio para mucho, pero la asimilación de la información y las experiencias adquiridas ha dado para mucho más. Después de días dándole vueltas, y en la búsqueda de mi propio equilibrio interno creo haber encontrado la respuesta a muchos de los equilibrios que tenemos presentes en el día a día y a los cuales no damos la importancia que se merecen.

Por ello, me he propuesto hacer un listado de los que he detectado, dándole también un uso en el desarrollo personal y profesional para poder compartirlo contigo:

 

– Equilibrio en la personalidad: con técnicas como el eneagrama o simplemente a través de ejercicios de autoconimiento, define tu personalidad básica en 5-6 rasgos y busca aquellos rasgos que sean opuestos. Es hora de empezar a ponerse metas en el cambio de actitud y modificar aquellos aspectos que te sean perjudiciales, y para ello puedes usar aquellos comportamientos que tengan que ver con tu “opuesto”, al igual que recomienda en eneagrama. Si tu rasgo es la impaciencia, tu contrario sería la paciencia, la cual tiene comportamientos relacionados con la espera, la reflexión, etc. Con ello conseguirás una guía de conductas alternativas a poner en práctica de manera gradual que dará sus frutos con el paso del tiempo y mucho esfuerzo.

 

– Equilibrio en las parejas: habitualmente las parejas que se mantienen con éxito con el paso del tiempo, lo consiguen porque que se equilibran el uno al otro. Comparten valores vitales básicos pero sus rasgos de personalidad son diferentes, y al mismo tiempo complementarios. Las personas impulsivas, suelen tener parejas reflexivas; las personas emocionales, suelen tener parejas más racionales. Por lo tanto, no busques una pareja igual a tí en personalidad y gustos, sino alguien que te complemente y aporte, que sume en tu vida.

 

– Equilibrio en las amistades: al igual que en la pareja, los grupos de iguales o las relaciones sociales que mantienes tienen aspectos básicos compartidos (gustos, aficiones, valores, etc.), pero cuanto más iguales sean a ti en cuanto a personalidades, más conflictos se generarán (“los polos iguales se repelen”). A pesar de parecer contradictorio, necesitas crear relaciones con personas diferentes a tí, que contribuyan a tu desarrollo y mejora personal y para ello no pueden ser iguales a tí. Relaciónate con personas que añadan con sus historias, gustos, experiencias y conductas diferentes a las tuyas a tu propia historia vital. Genera relaciones con personas de otra cultura, país o idioma, de una profesión distinta a la tuya, esto hará que se tu mundo se amplíe enormemente y con ello, tus posibilidades de cambio.

 

Equilibrio en los grupos de trabajo: con todo lo reflexionado hasta aquí, sería absurdo pensar que los equipos o grupos de trabajo han de estar formados por personalidades análogas. Todo lo contrario: debes formar parte o crear equipos que contengan cuanta más variedad de rasgos de personalidad y actitudes mejor. Con ello conseguirás enriquecer la visión de cada uno de los componentes y poner de manifiesto que otras conductas son posibles. En todo equipo debe haber un líder, un organizador, un mediador, un impulsivo, un optimista…y así hasta completar todos los roles que sean necesarios para el éxito de grupo. Cada uno de los roles cumple su misión, dejando espacio al resto de roles ocupar el suyo, incluso ayudando a que esto ocurra.

 

Qué importante esto del equilibrio, ¿verdad? Qué cerca lo tenemos de manera cotidiana y qué poco valor damos a lo que podemos hacer para encontrar esa deseada estabilidad que se escapa por momentos. Pero recuerda: esta armonía no es permanente, cambia y fluctúa al igual que lo haces tú a lo largo de la vida, por lo tanto no siempre se consigue y debes aprender a convivir con un “desequilibrio tolerable”.

Imagen: pinterest.com